Here come the warm yets: Brian Eno o el infinito

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Cualquier momento es bueno para volver a escuchar Here come the warm yets. Un disco que siempre me trae sensaciones muy especiales. Consigue establecer una especie de burbuja protectora entre mí y el mundo exterior animándome a desarrollar toda mi fuerza creativa. La primera ocasión en que tomé contacto con esta nave espacial estaba estudiando posibilidades para decorar la habitación del piso en que vivía y tengo muy claro que escuchar las guitarras marcianas y los teclados hipnóticos y envolventes de este libérrimo tratado artístico, me hicieron tomar varias decisiones arriesgadas. Pintar toda la habitación de un verde selva que daba una impresión de recogimiento y libertad muy especial y comprar los muebles que me faltaban en centros de rehabilitación para drogadictos, a quienes pedía que los arreglaran y decoraran según un estado de ánimo sin dudas condicionado por las melodías compuestas por Eno.

Here the come the warm yets es una sala repleta de artilugios con los que jugar. Una obra que crea un ambiente mágico desde que los flotantes acordes de “Needle in the camel’s eye” la abren hasta que el turbador tema que lo cierra, finaliza. Existe algo indefinible en este disco. Brian Eno era muy consciente de sus posibilidades como músico desde este primer paso. Se nota en la soltura con la que todas las melodías se despliegan. La naturalidad con la que dialogan con el pasado hippie y freakie sin dejar de mirar hacia el futuro. Pocos han retratado tan bien la incertidumbre respecto al porvenir como el músico suizo. Porque a las normales dudas sobre su desarrollo unió la seguridad y firmeza con que se lo apropió. Ya que el propio Eno, fascinado por los sonidos de los tiempos venideros, terminó por inventarlos, crearlos él mismo. Aunque, eso sí, Here come the warm yets no es tanto un disco que diga adiós a una era interrogándose por la nueva sino una conversación amigable con la cultura pasada a la que conduce con dos o tres acordes de sus secuenciadores varios años adelante de un golpe.

La estructura de las canciones por ejemplo es aún clásica y es inevitable que en ellas aparezcan toques y gemidos del glam rock que hacía furor a principios de los 70 o del elegante y travestido pop practicado por Roxy Music pero al contrario, los sintetizadores y muchos de los acordes y maneras de abordar las canciones son totalmente postmodernos. Tienen puesta la mirada directamente en el siglo XXI. Lo que provoca que estas composiciones sean sumamente atractivas y extrañas pues en algún caso, pareciera que estuviéramos escuchando a unos Grateful Dead electrónicos o que los sintetizadores se hubieran bañado en ácido para llevar a cabo una reinterpretación tecnológica de la era Woodstock (“Some of them are old”) tan cercana de Kraftwerk o Can como de Pink Floyd o Iron Butterfly. Es cierto que el primer disco de Brian Eno no es el primero de The Veltet Underground pero no me atrevería yo a decir que no tuviera tanta influencia como éste en decenas de músicos. Sobre todo, teniendo en cuenta que realizarlo, le abrió a Eno la puerta para colaborar con artistas con los que, de una u otra manera, se encontraba hermanado como es el caso de Robert Fripp (con quien ya había abierto previamente la puerta de los espejos infinitos en No pussyfooting), David Bowie, Harold Budd o David Byrne junto a los que pondría en pie la música de nuestra era.

Al escuchar los sintetizadores de Eno se siente que todo es posible y está por inventar. Se vislumbran años antes de que ocurran, la caída del muro de Berlín, el ocaso de los antiguos movimientos históricos y la introducción de los nuevos. Y también se percibe la inquietud y malestar así como la fascinación hacia las páginas en blanco de la historia. Pues en esencia, Brian Eno hizo de la música una aventura y de cada una de sus canciones, una cacería de nuevas fronteras. Una incursión en el zeitgeist de su época que con unos cuantos acordes de su piano retrató con la misma precisión con la que Ludwig Van Beethoven hizo lo propio con la marcialidad épica de su tiempo.

Here come the warm yets fue el primer y alegre paso de Brian Eno por conquistar los cielos más allá de Roxy Music. Un lúdico artefacto cuyas letras fueron compuestas a través de técnicas experimentales que aportaban desenfado y frescura y restaban trascendencia a las incursiones del genio suizo en el mundo del pop y lo desconocido. Era un disco que basculaba entre la marcianada y la música de arte y ensayo, el dandismo y el activismo artístico, la tradición y la exploración que poseía además una gema de incalculables quilates en su interior llamada “On some faraway beach”. No sé si existen temas más bellos y fascinantes en la historia de la música pop que esta hermosa e incandescente vela que con enorme sutileza Brian Eno prendió y tuvo además la delicadeza de colocar a la mitad de Here come the warm jets, como si no deseara recalcar demasiado su magnificencia y deseara que fuera el oyente quien la descubriera azarosamente sin previas concepciones ni aviso. Pero de lo que estoy convencido es de que mucha gente ha llorado cerca del mar escuchándola. Que ha habido decenas de personas que se han emocionado mientras veían deslizarse las olas y sentían los acordes de esta oda a los territorios de Neptuno corretear por sus oídos como susurros y besos amorosos. Y que si en el fondo de los océanos se descubriera el pasadizo hacia la Atlántida, el tema elegido para acompañar el desfile de los astronautas marinos hacia el viejo mundo submarino sería éste. Una sinfonía que se mece con el tiempo y el viento de una delicadeza sin par en la que la voz principal no aparece sino hasta que ya ha transcurrido más de la mitad de su duración como si su misión fuera acompañar el ritmo que la propia música ha impuesto.

En verdad, siempre es un placer revolcarse en este disco. Tanto es así que prácticamente considero la posibilidad de escucharlo como un premio. Una clara manifestación de que algo habremos debido hacer bien en la vida cuando se nos permite recorrer sus surcos. Porque atravesar muchos de los caminos abiertos por estas melodías, nos proporcionará un gran número de emociones inéditas y muy valiosas. Tanto que tengo claro que la posibilidad de despeñarse por uno de los precipicios abiertos en ellas debería ser más que un peligro a evitar, una aspiración de todo aquel que se considere a sí mismo artista. Shalam

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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