Hombre-animal

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Ayer llegué a la conclusión de que Michael Gira, el líder y guitarrista de Swans, no toca la guitarra sino que la ordeña como si fueran las tetas de una vaca. Michael Gira debe amar la carne porque con su instrumento y la música en general establece una relación estomacal. Pasional. Lo exprime. Lo mastica. Lo divide en trocitos y luego comienza a digerirlo como si estuviera ingiriendo sangre consagrada por hechiceros trashumantes y chamanes diabólicos entre las miradas de rabia y exaltación de la población. Primitivos guerreros que pierden el control de su alma y cuerpo y entran en trance, conforme la ceremonia musical se extiende durante la noche. Para Gira, las cuerdas vocales y de su instrumento son como jirones de piel que pueden estirarse y contraerse a voluntad. Sus canciones son rituales. Ritos catárticos de apareamiento. Pareciera que Michael Gira quisiera follarse a la música. Hacer el amor con los sonidos y retorcerse al compás de sus ritmos. Que quisiera obligar al mundo a convertirse en un delirio y que cada uno de sus oyentes extrajera de su mente las piedras de la locura que guarda escondidas. Gira es un manipulador. Pero no un manipulador de emociones sino de carne. Un  hombre-animal o animal-hombre, que es capaz de escuchar los orgasmos del planeta. Los gemidos de la tierra (“Mother of the world”) cuando se masturba o los Dioses introducen sus prepucios en su centro y empieza a llover de amor en el mundo. En el Amazonas, Tailandia o Malasia. En el corazón de la selva y lo más profundo del océano. En tierra santa y desértica. Entre las empalizadas de ciudades amuralladas. A orillas del mar calmo y bravío.

Pero Michael Gira es también un cazador. Uno de esos antiguos capaz de convertirse también en animal: un bisonte a punto de ser cazado y sufrir heridas debido a los disparos del público. Porque Michael Gira no se impone. Sino que se expone. Ha hecho de la música un ritual. La ha devuelto al sueño primitivo. Se ha convertido en los intestinos del planeta. En los cojones del lobo muerto y sus aullidos antes de exhalar. Michael Gira no es un artista. Es un trueno que se retuerce por el mundo emitiendo bramidos y retorciendo edificios. Su música no es el apocalipsis sino el Génesis. Con Michael Gira, el rock no ha muerto ni morirá sino que ha vuelto a nacer porque en realidad no es un rockero ni un artista. Es la voz del Universo encarnada en un manto de guitarras que se ha propuesto poner patas arriba la realidad a base de martillazos. Las grietas de la catedral. Las sombras de la iglesia y el púlpito. Eso es Michael Gira. Cordero de dios que da vida a los muertos. Vino embrutecido que enloquece al sacerdote y a los soldados que, tras la batalla, cortan la cabeza de los puercos enemigos. La leche que te gusta y la que te disgusta. La sangre de Dios y el diablo juntas. Comprender instintivamente cómo sería el mundo si sus miles de millones de habitantes decidieran masturbarse a la vez. Shalam

ربّ اغْفِر لي وحْدي

Dios es una desesperanza que empieza donde terminan las otras

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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