Incertidumbre

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Hasta finales del siglo XX, las descripciones eran muy importantes en literatura. Hay muchos ríos y casas excelentemente descritas en decenas de novelas. A veces con tanta profusión y riqueza de detalles que cuesta mantener la atención cuando las leemos como al menos a mí me ocurre con algunos textos de Gabriel Miró o Azorín.  Sobre todo, del primero. Obviamente, esto se debe a muchos factores. No tan sólo a uno. Pero parece claro que en una época donde no había televisión, los lectores agradecían que el escritor se recreara narrativamente cuanto más fuera posible en trazar coordenadas de paisajes que jamás conocerían. Los libros eran los ojos del mundo y sus amantes establecían una relación íntima y de agradecimiento con quien les mostraba con la mayor veracidad posible los detalles de su terruño. Por eso al escritor se le atribuían aún ciertos atributos divinos. Eran los lectores quienes corrían tras él y no él tras los lectores como, salvo casos excepcionales, cada vez es más frecuente. Algo que en parte ya había pronosticado Kafka tanto con su actitud vital como con sus relatos. Basta leer por ejemplo “El artista del hambre” en esta clave para corroborarlo.

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El puñetazo de la literatura costumbrista era la descripción. Sin ella, esa combinación de drama, documental y texto histórico no habría podido funcionar. No obstante, los reportajes gráficos de aventuras y expediciones comenzaron a invalidar las descripciones y poner el foco en la anécdota. Los libros de viajes de Bruce Chatwin y Paul Theorux llenos de episodios históricos, aforismos, experiencias personales y pasajes parecidos a artículos periodísticos son fruto en parte de este impulso. La fotografía, el reportaje de National Geographic hizo innecesaria la descripción que, a pesar de estos cambios, aún seguía siendo muy usada en literatura. Actualmente, sin embargo, apenas aparecen descripciones abundantes. Los escritores las evitan. Cuando las hay, suelen ser ágiles y leves. Porque dado que el lector todo lo ve y conoce, lo que interesa es el conflicto interno, el desarrollo de una crisis, la subjetividad, que antes se circunscribía a un lugar en concreto y ahora puede ocurrir en cualquier sitio como ponen de manifiesto los textos de Joao Gilberto Noll, Karinthy Ferenc, Clarice Lispector, Paul Auster o Enrique Vila-Matas continuando esa destrucción descriptiva que ya había comenzado en las obras de Samuel Beckett, Thomas Bernhard, Franz Kafka o Sergio Pitol y probablemente llevó a su cénit Robert Walser con sus microgramas.

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Cuando me encuentro por azar con una gran parte de los lienzos de Ángel Mateo Charris, percibo claramente que el pintor cartagenero ha comprendido intuitivamente hace mucho tiempo el rol de la descripción en la literatura moderna. De hecho, creo que su obra es, en gran medida, una traducción en imágenes de las aventuras experimentadas por los personajes de varios de los escritores citados anteriormente. Lista en la que incluiría también a Antonio Tabucchi, Seth, César Aira, Mario Levrero, Italo Calvino así como los cómics de Roberto Alcazar y Pedrín, las fantasías de un banquero en mitad de una reunión de trabajo o las del agente secreto numero 6 al despertarse en La Villa.

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La música también se vio afectada por el avance de la fotografía y el predominio de la televisión. Basta escuchar atentamente muchas de las composiciones de György Ligety o John Cage. No narran una batalla o una hazaña. No son realistas sino que transmiten sensaciones. Sobre todo, inquietud e incertidumbre. Son excursiones mentales. Viajes interiores. Sirven para explicar cómo se siente un ser humano o acompañar la realización de diversos experimentos sociales pero no para ilustrar una odisea. Su minimalismo no es una opción estética sino metafísica. Es total. Definitivo. Un signo de la desorientación colectiva; de la psicosis universal.

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En su momento, las novelas de Joris-Karl Huysmans y muchos de los textos de Charles Baduleaire eran considerados valiosos porque, además de su calidad literaria, daban cuenta de los lugares prohibidos de la ciudad. Eran una exposición de los infiernos modernos. Pero ahora probablemente lo son más por las apreciaciones subjetivas del poeta y de los narradores utilizados por el novelista que por lo que cuentan. Nos importa más cómo conviven los narradores con lo que describen que aquello que describen. Queremos saber hasta el fondo cómo y cuánto sufren y no tanto por qué. Motivo por el que, por ejemplo, es hoy en día, asimismo, tan sugerente leer a August Strindberg, Arthur Schnitzler o Anton Chéjov.

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La pintura reaccionó mucho antes que la literatura al avance del cine o al menos fue mucho más consciente. De hecho, ciertos lienzos de Mondrian, Miró o Kandinsky no me parecen tanto aventuras creativas como elegantes formas de rendirse ante los poderes de la fotografía. En el expresionismo y Picasso sin embargo no percibo esa bajada de manos sino rebeldía. Picasso por ejemplo destruye la pintura y la devuelve al tiempo del fuego para que la fotografía y el cine no puedan superarla y deban inventarse nuevas formas para seguir su rastro. Eso quien lo comprende muy claramente y no sin cierta frustración es Jean Luc Godard. Muchas de sus películas son inexplicables sin la pintura. Y no digamos ya sin el impresionismo. De hecho, creo que uno de los objetivos secretos de Godard es conseguir que, en caso de que haya una ampliación del Museo del Louvre o de Orsay, muchas de sus películas sean proyectadas en sus paredes no muy lejos de algún lienzo de Monet o Matisse.

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¿Hay vanguardia actualmente en literatura? No lo sé. Pero sí tengo claro que una obra que provocaría rechazo en medio mundo y sería incomprendida sería una plagada de descripciones. Que la descripción es probablemente, a día de hoy, un arma revolucionaria a reivindicar. De hecho, creo que la admiración desmesurada que existe actualmente hacia Mircea Cărtărescu se debe a que el escritor rumano (precisamente por proceder de un país del Este y vivir una infancia sin apenas televisión y publicidad) escribe (y describe) como si se encontrara en el siglo XIX o a principios del XX. Posee ciertas claves de nuestro tiempo pero, en esencia, sus párrafos remiten a varias décadas atrás. Y se permite narrar como muy pocos escritores occidentales pueden hacerlo ya a no ser que se encuentren consagrados. Es una teoría mía que no todos compartirán pero creo que lo que muchos aman en Cărtărescu es precisamente ese estilo perdido. El que sea capaz de narrar sin tener en cuenta el presente. Como si no existiera internetShalam

الله سيحبك يوم رقصك فقط

Dios únicamente te amará el día que bailes

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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