Jerry

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Jerry Lee Lewis era un punk mucho antes que alguien supiera qué era ser punk. Era un hombre arrogante y vicioso convencido de ser el músico más espectacular del mundo. Una bofetada rockera sonando estruendosa en medio de los felices 50. Jerry Lee Lewis no tocaba exactamente el piano. Más bien, lo destrozaba. Lo golpeaba. Lo llenaba de sangre, esperma y alcohol hasta transformarlo en una amplificación de su miembro sexual. No creo exagerar si afirmo que Jerry Lee Lewis se follaba a su piano en cada uno de sus conciertos. Transformaba sus conciertos en orgías. Ceremonias catárticas a mayor honra de los rockers. Se podrían redactar tesis y libros enteros sobre la relación entre Jerry y sus pianos. Estoy seguro de que para él, muchas de sus teclas eran partes del cuerpo de sus amantes. Y su objetivo por tanto, era hacerlos arder. De hecho, el famoso número escénico que lo inmortalizó -la quema de su piano- creo que no tenía tanto que ver con su necesidad de epatar a los espectadores o llamar la atención de su público sino con sus profundas ganas de convertir a su instrumento en una mujer multiorgásmica que no cesara de gemir. Convertir sus actuaciones en frenéticos actos de amor entre él y sus pianos. Demostraciones públicas semejantes a las bodas o los largos besos de la intensidad de la relación que sostenía con un artefacto melódico del que logró extraer todo tipo de sonidos. Consiguiendo que fuera otra parte más de su cuerpo. Un hígado al que llenar de alcohol y patatas fritas, por ejemplo.

Jerry Lee Lewis no era alguien peligroso. Era el peligro. Las personas que se acercaban a él acababan mal. Destrozadas psíquicamente o enganchadas a una droga. Jerry era un dictador. Un gangster del rock. Imponía su condición de estrella por todos los medios a su alcance. Su voz no es portentosa ni destaca por ser especialmente técnica. Su voz da miedo. Es oscura y libidinosa. Escupe esperma en cada estribillo y verso de los que entona. Jerry era un huracán. Cuando aplastaba su piano, entraba en trance. Parecía estar poseído y era capaz de llevar al delirio a quien lo escuchara. Provocar disturbios o frenarlos con tres o cuatro canciones. En realidad, sólo le faltó poner su cadera sobre el teclado y comenzar a penetrarlo para dejar explícito totalmente el tipo de relación que estableció con un instrumento que, en sus manos, parecía un ser vivo. Un animal. Un tonel repleto de óvulos. De hecho, era un músico que, a diferencia de Elvis, no cantaba para enamorar a las jovencitas sino para follarse hasta el último centímetro de su cuerpo. Las canciones de Elvis parecían contentarse con dar un beso en los labios a las adolescentes. La parte seria la ocultaban. Se quedaba tras el telón. Pero en las canciones interpretadas por Jerry, la sexualidad era totalmente explícita. Al fin y al cabo, este tornado nacido en Luisiana era un vendaval. Un dios furioso y lascivo capaz de tocar el piano con el culo, los pies y la lengua y de no dormirse hasta haber satisfecho a las filas de mujeres que lo esperaban a la puerta de los camerinos.

Jerry Lee Lewis es quien con mayor fuerza recogió la antorcha prendida por los bluesmen negros. Quien con más empuje y orgullo levantó el cartel que catalogaba el rock como la música del diablo e hizo todo lo que estuvo en su mano para convertir el estilo en leyenda. Tanto es así que es posible leer sin problemas la relación de Jerry con la música a raíz del pacto fáustico. Aunque muchas veces, no daba la impresión de ser un jovencito que había pactado con el demonio sino el mismísimo señor de las tinieblas. Algo de lo que da fé el que, aunque parezca mentira, a día de hoy aún continúe vivo. Y si deseamos visitarlo y rendirle un homenaje, no debamos vernos obligados por tanto, a acudir a un cementerio sino que baste con encontrar en el listín telefónico la dirección adecuada. Shalam

إِنَّ الْحَدِيدَ بِالْحَدِيدِ يُفَلُّ

Cuando todo el mundo está loco, estar cuerdo es una locura

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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