Julian Cope: ese iluminado

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¿Es Julian Cope un genio? Pues claro que sí. En cada uno de sus discos, cualquier cosa puede suceder. Cualquier sonido puede aparecer como un conjuro profético que viene del más allá, de un rincón del cerebro de irónicos dioses que ríen conforme las pop-punk-sinfonías japonesas y germánicas de este alucinado clown se despliegan por las correas de un tiempo esquivo que se desdobla continuamente en cientos de acordes espectrales y arcaicos. Solos de guitarra sorpresivos y míticos que consiguen hacer del rock un rito, convertir sus discos en lo más parecido a contemplar un amanecer, un anochecer o participar en una orgía amorosa y transformar al oyente en un creyente. Un feligrés enamorado de Cristo, Dionisos o cualquier divinidad pagana. Escucho ahora por ejemplo “The death & resurrection show”, el último tema de esa locomotora rugosa que es Dark orgasm, y siento que soy atravesado por un rayo que conjuga a partes iguales la psicodelia de los 60 -ecos de Iron Butterfly resuenan por toda esta oda reptante-, garage, blues marciano, krautrock y el punk más nihilista. Algo que sólo se explica teniendo en cuenta que el poliédrico personaje se acerca a la música más como un mago o un brujo, un iluminado astral que como un rockero. Y que su fascinación, o más bien abdución por las culturas megalíticas y ancestrales o el tarot, se puede calificar de cualquier forma menos de frívola. Es absolutamente esencial para comprender la personalidad de este guerrero celta del rock  que hace años que ha trascendido su propia leyenda para transformarse en un gurú que destila verdad y vida a cada paso que da. En cada uno de los aullidos y palabras con las que riega como si fuera un brujo, alucinados discos que siempre se arriesgan a ir varios pasos más allá de aquello que proponen.

Julian Cope es un anarquista. Y también un gnóstico. Un señor que va por libre. Un mutante que no desea convertirse en otro ser distinto a él. Un salvaje letrado que gracias a su mística unión con el cosmos, a que ha cortado y reconstruido el cordón umbilical que lo une con la tierra cientos de veces, sabe adelantarse, prever e intuir las temporadas de lluvia y de sol sin necesidad de mirar el telediario. Con tan sólo vislumbrar un pedazo del cielo o escuchar el canto de un pájaro. Pues se encuentra en comunión con la naturaleza. Es casi más hongo que ser humano. Tiene la piel del color del peyote. Se crió bebiendo cucharadas de una marmita ácida. Se lava el pelo con ayahuasca. Y cada vez que navega a través de los mares, las sirenas lo esperan ensayando narcóticos desarrollos instrumentales de Popol Vuh y dadaístas recreaciones sonoras a lo Zappa que mezclan sin complejos con riffs de guitarra a lo Van Halen, muros sónicos de Napalm Death y los extremos sonidos -parecidos a los mugidos de búfalos- que extrae de este instrumento Ted Nugent.

Escuchando los últimos discos de Cope, plenos de fuerza y espontaneidad, rocosos y frenéticos, plenamente gozosos y llenos de ariscas genialidades, casi una metralleta de ácido lisérgico, se percibe y siente que este ciervo galáctico se encuentra en paz. Que le basta echar un vistazo hacia dentro para recibir del Universo la dieta animal y sonora que necesita para crear, continuar fornicando con la tierra a través de obras que son bombas terroristas contra el encorsetado rock actual. Contra las modas y las tendencias. Son alegatos político-sexuales a través de los que se impone una visión extraterrena de la existencia en la que caben tanto opiniones incendiarias sobre el feminismo, la miseria norteamericana, el activismo y la reiterada crisis de conciencia occidental, como  invocaciones a dioses megalíticos, nórdicos y célticos y visiones espectrales de la época neardental o la medieval. Delirios de fortaleza rockera y estallidos de imaginación pasajera por medio de los que vuela libremente hacia confines imaginarios e históricos: tierra babilónica, paisajes mesopotámicos, desiertos de águilas y halcones, guaridas de hechiceros, pirámides egipcias, templos consagrados a diosas griegas, espíritus del fuego y del agua que lavan el alma de quienes acaban con sus vidas suicidándose y refugios consagrados a iconos dorados, insólitas deidades que poseen rasgos de casi todas las culturas conocidas y bailan al ritmo de rituales ancestrales. Esos ritmos antiguos que persigue Julian Cope a través de lacerantes guitarrazos, odas extraviadas y violentas percursiones construyendo una obra que cada vez se parece mas a un viaje chamánico. Una excursión realizada por druidas en busca del alma del ser humano en la que el rock es mera excusa. Hilo de Ariadna del que tirar para no sentirnos perdido cuando abordamos lo desconocido.

Discos como Queen Elizabeth son auténticas salvajadas ambient. Exploraciones telúricas de culturas ancestrales que se atreven a intentar ir un paso más allá de lo conseguido por Bowie y Eno en Low y Heroes y que preludiaban los más intensos y hermosos logros de bandas como Third Eye foundation o Godspeed you! black emperor. Esta obra en concreto podría servir tanto de banda sonora a un relato de terror o un ritual de brujería como para ilustrar sensorialmente lo que significó la huida del pueblo judío de Egipto, su éxodo a través del desierto y la teofanía del Sinaí, el nacimiento de las ciudades en el Oriente próximo y la creación de varios de los dioses del panteón politeísta primitivo. Una bestialidad que no es que contraste sino que se complementa perfectamente con los exabruptos nihilistas, los bramidos punks de aliento épico y bíblico que aparecen en Citizen Cain’d, Dark Orgasm, Revolutionary Suicide, las sardónicas exploraciones sonoras que realizara con Brain Donor y varias de las obras maestras que nos legó en los ochenta y noventa, Fried, 20 mothers,Peggy Suicide. Discos, sí, que no eran perfectos ni falta que hacía porque lo que importaba era la esencia, la magia megalítica que atravesaba la poesía musical de un Cope que combinaba los personajes de juglar y bufón carnavalizando sus ingentes dotes musicales para ofrecernos una versión atemporal de lo que un artista debe ser: un monstruo peligroso e inclasificable odiado y temido por los políticos, un disidente de sí mismo y de su público deseoso de poder caminar no importa por qué parajes y rutas siempre y cuando sean desconocidas. Llenas de imágenes y paisajes fronterizos para el alma con las que canalizar el ansia y deseo de nuevas experiencias.

Para algunos -no desde luego para mí- la carrera de Bowie acabó con Scary Monsters. Casi 15 años después de sus titubeantes comienzos. La grandeza de la de Julian Cope es que 35 años después de su notable debut con  The Teardrop Explodes, sin casi reconocimiento público, ha continuado creando una obra viva y esponjosa, destructiva y violenta, puro sexo sucio y cósmico, que no parece tener fin como su imaginación. Los pasadizos laberínticos de un cerebro esquizoide que ha demostrado que mirando de frente a la locura, atravesando todos los límites que nuestro ego y la sociedad nos impone es como con seguridad podemos trascender y provocar envidia a los dioses. Hacerlos sentir que ni en sus más delirantes sueños podrán llegar a ser como nosotros. Al menos, desde luego que no como Julian Cope. Esa cabra rayada que de tanto balar a destiempo y a su aire, viajar sin maestro ni catecismo hacia lo desconocido, ha terminado por iluminarse. Alumbrar los territorios que atraviesa colgado a una guitarra como si fuera un hambriento eremita condenado a encontrar en los rugidos de su vientre la verdad o morir sin dejar rastro. Shalam

كُنْ ذكورا إذا كُنْت كذوبا

 Ningún árbol crece hasta el cielo

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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