Julio

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¿Quién disfruta con las canciones de Julio Iglesia? Supongo que muchas personas lo hacen pero no al menos yo. Sí, algunas me gustan y de tanto en tanto, he tatareado varias. Pero básicamente, considero que la mayor obra compuesta jamás por el artista español es su propia vida. Creo de hecho, que los discos de Julio son un mero adorno para los distintos capítulos de su existencia. La mayoría son carne de festival de Benidorm, de programa de variedades, tarde de playa, noche de blanco satén, cena romántica y día de cumpleaños o de comunión. Pero por alguna razón, funcionan. Tiene éxito. Son incluso magnéticos. Y esa razón no es otra que Julio. Por ello, creo que lo realmente importante en su trayectoria, es que haya continuado grabando música. No los disco en sí mismos. Al fin y al cabo, Julio Iglesias es como un paquete de Marlboro o un Ferrari. No importan las circunstancias que esté atravesando la persona que fuma esa marca o conduce ese coche (ya sea un divorcio o el quiebre de una empresa) que, en esencia, puede ser considerado un triunfador. Una ecuación aplicable a los discos del artista madrileño. No importa lo mediocres que sean. Lo que importa es que en ellos Julio pone la voz. Que en su portada aparece por lo general, Julio sonriendo con un moreno espectacular y un traje impecable. Sólo por eso, ya son una medalla para quien los escuche. Un broche de oro a la existencia. Un carnet de triunfador. Pienso, de hecho, en varios iconos que identifiquen a España e inmediatamente, vienen a mi mente el toro de Osborne, Paco Martínez Soria, el Marca, el Real Madrid y sí, Julio Iglesias. Algo que supo retratar perfectamente Bigas Luna en su excesiva y kitsch Huevos de oro.

En realidad, Julio es un cantante notable. Pero no hubiera pasado de ser un músico melódico más de no ser por su atractivo físico y, sobre todo, el halo legendario construido en torno a su figura. Algo en absoluto casual. Alfredo Fraile, su manager, reveló recientemente en una divertida biografía, muchas de las claves que convirtieron a Julio en un patrimonio universal del mundo de la música. Una de ellas fue el trabajo. A partir de los 50 años, Julio se dedicó en cierto modo a vivir de las rentas. Fue canalizando sus esfuerzos y rentabilizando los beneficios. En cierto modo, como he dicho antes, ya no era tan importante dar pasos hacia delante sino no darlos en falso. Su mito estaba construido y era prácticamente imposible imaginar una localidad de costa o una playa española sin su música. Pero durante su juventud, trabajó como una bestia. No decía que no a una gala por más lejano que fuera el lugar al que lo invitaran. Y era capaz de sonreír y despuntar elegancia frente a públicos inhóspitos. En algún caso, agresivos. Julio Iglesias era un seductor pero como la mayoría de ellos, un hombre inseguro. Uno de los grandes méritos de Fraile fue convertir a ese galán inmaduro, que no terminaba de creer en sí mismo, en un playboy redomado. El sueño húmedo de cientos mujeres del mundo que lo perseguían allí por donde fuera sin importarles si cantaba más o menos. Excitadas porque el dios del Mediterráneo se encontraba frente a ellas sin prestar excesiva atención -repito- a la calidad de un cancionero que siendo sinceros, interpretado por un hombre bajito y rechoncho, no hubiera pasado de servir como distracción para amenizar guateques.

El mito Julio Iglesias es realmente fascinante. Probablemente mucho más que la persona y el cantante. Julio nació en la era franquista. Y su destino era ser portero del Real Madrid. Estaba destinado por tanto a vivir entre “caspa”. A ser un icono del fascismo famoso por permitirse alguna juerga de tanto en tanto y su gancho entre las mujeres. En esencia, su destino era levantar trofeos. Atajar goles. Contar con varios dedos las Copas de Europa ganadas y darse un remojón en Cibeles de tanto en tanto, por cada liga consquistada. Ser, sí, un tuerto, un privilegiado del régimen fascista. Pero un aparatoso accidente de coche, lo empujó al mundo de la música. Obviamente, Julio no las tenía todas consigo. Estaba en cierto modo, traumatizado. Y desde el principio, comprendió perfectamente que o triunfaba en el festival de Benidorm y plazas similares, o podía acabar su vida lamentando sus oportunidades perdidas. En una barra de bar, contando, decadente, sus batallas. Por ello, hubo que realizar un tremendo esfuerzo psicológico con él. Un inmenso trabajo publicitario. Transformar a un hombre indudablemente atractivo en un dios del amor. Obviamente, a esto colaboraron los apetitos sexuales de Julio. Alguien que sufría cuando dormía solo. Era incapaz de ser fiel durante mucho tiempo. Y necesitaba de la mirada femenina para valorarse a sí mismo. Entender cuál era su lugar.

Alfredo Fraile sabía no obstante, que la presa más codiciada por las mujeres es la más difícil. Y por supuesto que no se opuso a que Julio se casara con Isabel Preisler. Una mujer tan deliciosa como inteligente que se convirtió para miles de féminas en la barrera que sortear para acostarse con su icono. Preisler dio a Julio tres hijos pero, sobre todo,  aportó un encanto un “aura” que ya nunca se fue de su vida. De hecho, el divorcio con ella no hizo más que avivarlo. Porque Fraile se encontraba detrás y no desperdiciaba una oportunidad. Apostó entonces todo a convertir a Julio en un cantante bohemio. Acrecentar su imagen de truhán y soñador. Su imagen de mujeriego impenitente que no podía controlarse ante una mirada bonita. Y lo obligó a seguir grabando discos y girando por el mundo, transformando a Julio en patrimonio de Latinoamérica e incluso de los Estados Unidos de América. Algo inaudito para los españoles de la época. De hecho, si alguien puede dudar de la grandeza de Julio, no tiene más que preguntarse cómo es que fue capaz de triunfar en la tierra de Sinatra. Codearse con absoluto desparpajo con Diana Ross, Michael Jackson, Stevie Wonder o Kirk Douglas. Eso sólo lo puede hacer alguien muy bien asesorado y con los cojones bien puestos. Un Fausto ibérico absolutamente focalizado en alcanzar el éxito. Capaz de alternar con la mafia, presidentes del gobierno y empresarios multimillonarios y hacerles sentir que los privilegiados eran ellos por estar ante él, sin por ello hacerlos sentir incómodos. De hecho, ese el gran triunfo de Julio. No sus discos ni su voz ni por supuesto, su música. La sensación de que podía haberle hecho al amor a decenas de mujeres y sus novios no sólo no se hubieran enojado, sino que le hubieran agradecido el favor.

En fin, Julio Iglesias es una botella de champagne. Un coche de lujo. El caballo ganador. Marbella, Benidorm, Miami. Un yate. Un casino. El gol. Nadie como él representa en España, la palabra victoria. La duda shakesperiana entre ganar y ganar.  Y por ello, está resultando un tanto triste verlo envejecer. Porque logró hacernos creer que no era un ser de este mundo. Y que éramos privilegiados por encontrarnos con él, pagar cantidades desorbitadas por una entrada a uno de sus conciertos u observarlo hablar sobre lo divino y lo humano en cualquiera de sus escasas entrevistas. De todas formas, el mito creado por Julio ha sido tan grande que estoy seguro de que el día de que se mire al espejo y ya no se guste a sí mismo, acabará sin dudarlo con su vida para que lo recordemos de la única manera que él desea que lo hagamos: cantando sobre decepciones, la vida y el amor con un impecable traje negro. Un negro que sobre sus hombros no es negro de luto sino de triunfo. Porque el nombre de Julio no se escribe con J sino con V de victoria. Shalam

إِذَا طَالَتِ الطَّرِيقُ كَثُرَ الْكَذِبُ

Lo más fácil que existe es hablar mal de los demás. Lo más difícil, conocernos a nosotros mismos.

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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