Karlhein

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La obra de Karlhein Stockhausen es una totalitaria e incomparable exploración de sonidos tan amplia, ambiciosa y extensa que resulta casi inabarcable.

Stockhausen fue el Fausto de la música del siglo XX. Incluso en sus composiciones más mecánicas, imbuidas de un profundo espíritu tecnológico, se sentía latir un espíritu diabólico detrás de cada nota. El alma alemana atravesando los infiernos del rigor, la lógica y la marcialidad.

Stockhausen era un mago de la distorsión. Pero, eso sí, en sus manos, la distorsión no era el caos sino un orden. Un mandato. Una ley.

Stockhausen hizo de la vanguardia un arte total. No una huida ni una fuga sino una confrontación. Una batalla entre el hombre y la música. Una combate entre el sonido y los espectros del arte. Una invocación mortuoria. Una invitación a que los espíritus de las tinieblas, perdidos en los confines del Hades, bailasen con los vivos en sombrías melodías e incursiones sonoras por el cosmos y las fronteras del Averno.

Nadie ha creado coros tan sombríos y terroríficos como Stockhausen. Como nadie ha recorrido tan amplios espectros y abismos sonoros durante el pasado siglo. Porque Stockhausen era un filósofo experimentando con la música. Cada una de las notas que escribía en sus partituras era un aforismo. Un intento de desentrañar el sentido de la vida. De alcanzar la inmortalidad absoluta a través de la innovación y la destrucción y transformar los desastres de la Segunda Guerra Mundial en novedosas fronteras sonoras y mentales. Desafíos absolutos.

karlheinz_stockhausen_japan_1977-1130x750Existe -ya lo he dicho- un instinto fáustico muy acusado en la música de Karlhein Stockhausen. Un impulso de gobernar, recrearlo todo, alcanzando las cotas más amplias del sonido. Pero también existe un amplio impulso oriental, casi zen. Ocurre que, finalmente, Stockhausen es alemán e incluso en sus composiciones más minimalistas, casi sintoístas, se puede adivinar su origen. Una concepción adusta de la música. Se siente que aún perdura en su arte la voluntad totalitaria de Wagner pero, eso sí, desestructurada en medio de océanos de compases disformes y agrias caricias instrumentales. De la misma forma que se vislumbra el amplio alma del romanticismo alemán perviviendo en medio de temporales serialistas, sobrias rupturas orquestales y continuas experimentaciones tecnológicas.

Stockhausen compone a veces como si fuera un ángel y otras, como si se tratara de un demonio. Y en la mayoría de las ocasiones, lo hace como si fuera ambos. En su música, late un profundo espíritu de rebeldía aunado con cierta santidad.

Stockhausen es el ángel que apunta con sus dedos de fuego a dios, acusándolo de guardar demasiados tesoros musicales en su seno. Pero es también un monje implorando en un viejo monasterio. Prometeo y Zeus al mismo tiempo. En ocasiones, se lo percibe en lucha constante, enfrentando una guerra por disipar las nieblas de la ignorancia. Y en otras, en calma, alumbrando, ofreciendo lecciones que parecen secretos divinos. Rumores, poderes, palabras que únicamente deberían conocer los dioses pero que él expresa y maneja con absoluta naturalidad.

mf_stockhausen_sonntagauslicht_licht-bilder_232620102_01Stockhausen, eso sí, no era un nostálgico. Era un músico de presentes e instantes que no captaba a retazos sino totalitariamente. Puede que algunas de sus obras recuerden a lienzos de Mondrian barnizados con ciertas capas psicodélicas o a borrosos paisajes de Friedrich disolviéndose, desapareciendo lentamente. Puede que otras parezcan impresionistas acercamientos al arte minimalista. Un cruce germano entre las exploraciones dadaistas de Zappa y las rupturas sonoras de Varèse en medio de un precipicio pero, en realidad, el paisaje que retrata Stockhausen es mucho más amplio. Porque siendo un músico que aspiraba al absoluto siempre terminaba por atravesar este plano de la realidad. Retratar volcanes, soles y lunas, adentrándose en el inconsciente humano y planetario. Describía, por ejemplo, personajes, situaciones y sonidos dentro de un amplio espectro simbólico. Casi alquímico. Porque, en realidad, era un cabalista para el que la ciencia ficción y la tecnología tenían un interés más astral que real y para el que la música era un medio y no un fin. El lenguaje ideal para penetrar y adentrarse en verdades y mundos más profundos. Explorar el cosmos y escuchar las resonancias que nuestros actos en este mundo tienen en otros.

Ciertamente, Stockhausen era un profundo mitólogo. Un trágico. El espíritu de la juventud humana negándose a ser vencido en medio de temporales y tempestades aniquiladoras. Y la rebeldía angélica, celeste como vía para la evolución, la transformación y la metamorfosis continua.

karlheinzEn fin, no creo equivocarme si afirmo que tanto las composiciones minimalistas, coloridas y rupturistas como las exploraciones siderales, óperas atonales, ruidistas, esquizoides y absorbentes de Stockhausen no respondían tanto a un deseo de certificar una crisis como a un deseo de alcanzar todos los matices de la expresión humana musical. A un absoluto deseo de imponerse al Universo. Eran el reflejo del viaje continuo, eterno llevado a cabo por el espíritu y la materia en esta realidad.

Una ruta llena, eso sí, de tropiezos, dudas, dificultades y recovecos ante los que el arte del genio alemán reaccionaba o bien plegándose en sinfonías espectrales llenas de alucinadas voces que conjuraban fantasmas, o bien por medio de saltos vertiginosos que anunciaban rupturas y desgarros o bien incluso retozando en medio de maravillosas, fantásticas sinuosidades musicales a través de las que permitía que los muertos penetraran en esta realidad. Consiguiendo, sí, pellizcar el alma de los vivos y describir un paisaje dominado por arpías. Monstruosidades que emergen como sirenas en medio de ese mar voluble musical que es la obra de este genio germánico capaz de transformar toda la filosofía griega en un amplio poema faústico donde escuchar las lamentaciones de titanes y cíclopes. Y de convertir las creencias de la humanidad en jirones, ruedas de sonido recorriendo cielos destrozados por los fuegos y la noche. La rabia, las bombas y el odio. Shalam

إِذَا أَرَادَ اللَّهُ هَلاَكَ النَّمْلَةِ أَنْبَتَ لَهَا جَنَاحَيْنِ

Los hombres pacientes nunca son vencidos

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Regateo.

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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