Kilmister

0

Lemmy era unos calzoncillos sucios que a veces apestaban. Un acorazado. Cientos de aviones soltando bombas en media Europa enfangando el océano de metralla. Un pirata con principios. Un anarquista que decide matar de un balazo a los aristócratas y evita torturarlos. Ante todo, por él. Para no tener que volver a verles más el rostro y librarse de ellos cuanto antes. Cuando Lemmy cantaba, el suelo de las ciudades crujía. Su mirada bastaba para levantar a hordas furiosas a la rebelión y al robo. O al menos invocar el crimen, ya que Lemmy era un tipo peligroso. Un inconformista y un ácrata. Un señor capaz de dialogar con el diablo sin apenas traslucir congoja o sentimiento alguno y de tratar con la misma dignidad a un paria que a un adolescente o a un colega. Porque Lemmy era la honestidad. La violentad honestidad, sí, pero la honestidad al fin y al cabo. La roca sentimental. Separarse de los padres devorando carne cruda y  aprender a esculpirse una leyenda con el nombre. Entre brumas de semen, orgasmos en callejones o discotecas de barrio,  odio y  amor al placer. Deseos de destruir todas las fábricas.

Lemmy era el conde de Lautreamont del rock and roll. Un vanguardista al revés. Destruía el arte insistiendo en repetir una y otra vez los mismos tres acordes. Al más alto volumen posible, claro. Y sin necesidad de rebuscadas metáforas. Elevando su voz de fumador bronco entre unas guitarras que parecían librar una batalla, estar lamiendo sangre o hacer bailar a los muertos. Riffs que ahondaban en las melodías y sobre todo, actitudes punks de Jerry Lee Lewis o Elvis Presley para destruir totalmente el mundo. Conseguir que las mentes se pusieran en blanco. Expandir el nihilismo del dharma a su alrededor. La dicha de ser feliz reconociéndose uno más. Masa. O un eterno inadaptado e inmaduro. Hay discos de Motorhead que no sólo son puñetazos de adrenalina, constantes golpes de boxeo a la pared, también son viajes de ácido. LSD mezclado con popper. Y hacen reflexionar. Probablemente, porque Motorhead no eran únicamente la guerra. Eran sobre todo el paisaje después de la batalla. Tran cruel como el que hubo durante el combate. Los jinetes del apocalipsis cortando cabezas y almas de quienes murieron y peleando duramente con ellos para que accedan al infierno. Las manos de un demonio agarrando de los pelos a un condenado delante de un charco de sangre, obligándole a reconocer sus faltas y pecados. Y en ocasiones, premiándole por ellas.

Con Lemmy no muere una época sino el rock, puesto que nadie podrá descuartizarlo como él. Llevarlo al límite. Convertirlo definitivamente en cadáver y resucitarlo a su antojo. Porque Motorhead, sí, no tocaban o interpretaban música. Motorhead hacían rock que no es lo mismo que hacer música. Algo que únicamente Lemmy supo explicar con dos o tres gruñidos o una partida a la tragaperras. Visceralidad. Manteniéndose parado en la misma postura durante la hora y pico que duraban sus conciertos. Lemmy, sí, era el cáncer del postureo y la burguesía. La destrucción de todas las clases sociales. Hasta la baja.  Bastaba que abriera la boca para que saltaran por los aires los políticos y bancos y pensáramos que era mejor vivir salvajes en los campos que hacinados en una ciudad. Con él, no se va un icono. Ni tampoco un mito. Se va un colega. El amigo de todos. Aquel rebelde de la escuela con un corazón de oro que sí que consiguió lo que todos en algún momento de nuestra vida nos planteamos: dar por culo eternamente al sistema y contribuir a quebrar algunos de sus muros. Divirtiéndonos si es posible. ¡Salve al corsario allá en los cielos! Shalam

أُمُّ الْجَبَانِ لاَ تَفْرَحُ وَلاَ تَحْزَنُ

                   No es lo mismo hablar de toros que estar en el ruedo

encabezado_averia

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

Deja un deseo