La cabra de Algezares

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Para mí, cada obra de arte es un símbolo. El reflejo de una carencia o una forma universal. La mayoría de las acuarelas de Yves Klein me parecen menstruaciones. Las performances de Joseph Beuys, maneras a través de las que esquivar el suicidio. Evitar pegarse un tiro. Las grabados  y lienzos de Paul Klee, los rasguños de un niño herido. Y las canciones de Crudo Pimento, como muchas de las de John Zorn, exorcismos. Arterias rotas. Rugidos y exploraciones sonoras a través de las que explorar el miedo. Evitar ser absorbidos por el demonio, un extraterrestre o la propia música. Desesperados intentos de sacarse un espíritu triste del cuerpo. Resistir ante los conjuros de las hechiceras. Las pócimas hirviendo en las despensas de las santeras, curanderas y gitanas. De hecho, Fania Helvete se parece más a una banda sonora de Dario Argento, o al menos no desentonaría empaquetado junto al vídeo de una de esas retorcidas obras del Giallo, que a un disco de rock al uso. Y casi que lo disfruto más, interpretándolo como si fuera una tirada de tarot realizada en un carromato tirado por bueyes que como obra musical. Como un conjuro creado para vencer el mal de ojo que como colección de canciones. Por más que si tuviera que describirlo musicalmente, podría utilizar muchos calificativos. Nunca, eso sí, y a mucha honra, exactos -¿quién cojones quiere serlo?- del todo: un intento de fusionar a Tom Waits, el blues rural, el fandango marciano, la copla canalla, un poco de chatarra y el afrocaribe murciano con los gritos de sacerdotes negros, el silencio culpable de los conventos y las madres mías de las parteras cuando nace un niño y descubren que alguien le ha puesto el crucifijo al revés. Una bestialidad absolutamente loable que sabe a tierra y miseria y, repito, a exorcismo. A ruido lunático para espantar los malos espíritus.Tanto es así que Raúl Frutos más que cantar parece que ladra. Saca voces de su estómago como un perro apaleado debido a una enfermedad desconocida. Y que Inma Gómez lo acompaña no tanto por su desempeño como instrumentista sino por un oscuro azar: por disponer de algún extraño poder, un conjuro o ungüento en sus manos que protegiera a su compañero de una bruja enferma que se lo quisiera llevar al otro mundo. De las miradas de las bestias que acuden a apoderarse de su alma en los conciertos.

En fin. Crudo Pimento es puro Mondo Brutto. Un grupo, como el fanzine, para mecánicos, cuyos conciertos por lo que puedo intuir, probablemente se disfruten más en gasolinas que en salas de conciertos. En una carretera comarcal o algún tugurio que en un festival. Pescando en una chalupa o cualquier barcaza que en un avión o un crucero. Y conduciendo en un seiscientos que desde luego en un coche nuevo.  Música que nunca debiera grabarse en Cd pues nació para ser escuchada en casette. Enrollarse de tanto en tanto. O en uno de esos días en que se nos va habitualmente la conexión de internet para reaparecer, resurgir como los berridos de un toro loco que creyéramos haber matado. Uno de esos zombies que hay que rematar no una sino decenas de veces. Tal vez, vuelvo a insistir, porque su música es más de aparecidos, hecha para muertos que para vivos. Parece uno de esos cómics antiguos de Drácula o El hombre enmascarado leídos en patios donde niños comían bocadillos de mantequilla y azúcar, sobrasada y jamón mientras en la televisión se escuchaban varias de las voces que aparecen en el disco. Programas paranormales que lógicamente son los emisarios adecuados para captar las ondas espirituales de estos berridos musicales que dialogan tanto con Captain Beefheart, la baraja española, los ojos desfigurados de Robert Johnson y las venas por donde se metía droga Camarón.

Música que es en definitiva un ritual de vudú. Comprendida y escuchada por intelectuales blancos y europeos pero que sólo terminará de expandirse totalmente cuando sea bailada por un grupo de negros celebrando la recogida de la cosecha, dentro de un prostíbulo lleno de marineros o en un poblado gitano. Demostrando que el rock es música hecha para espantar el miedo. Que no nos pegue el capataz, el viejo hijoputa blanco que nos persigue con el látigo y sacar del fondo del cuerpo los malos espíritus. Y que el origen del rock probablemente se encuentre en los antiguos rituales chamánicos celebrados en el África negra como el del flamenco en las reuniones alrededor del fuego y veneradas pitonisas. Que el rock es música para caminar en la chabola, y acompañar a los condenados a morir en la cárcel.  Y, en concreto, los discos de Crudo Pimento son el camino de Santiago hecho con el pie desnudo. Sangrando y riendo. Exactamente lo que hacían, según Caro Baroja, las brujas de los poblados vascos cuando menstruaban. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

Detrás de la mala suerte, viene la buena

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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