La colina punk

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¿Qué resta para que la banda sonora de un videojuego aparezca en las listas de los mejores discos del año o sea considerada un clásico por músicos ajenos al territorio byte? Es difícil dar una respuesta a esta cuestión pero creo que, al menos a día de hoy en que los videojuegos no han sido considerados todavía un arte mayor a gran escala y se los sigue encajonando en el apartado lúdico de la industria del entretenimiento, está lejos de ocurrir. Para empezar porque al menos en sus orígenes la mayoría de este tipo de discos no solían ser grabados con instrumentos orgánicos. Estaban demasiado constreñidos al mundo de los sintetizadores y al trabajo en solitario de un músico (parecido a un programador) en su propia habitación. Algo que, a pesar de que ha ido poco a poco variando hasta el punto de implicar a orquestas enteras en determinados proyectos, aún sigue sin calar en el público en general. Y no termina de convertirse en usual -a no ser que hablemos de superproducciones- como para socavar prejuicios y provocar fisuras en los oídos de los tradicionales melómanos.

¿Quién por ejemplo asistiría a un concierto al aire libre dado por un habitual compositor de videojuegos? ¿Casan el alcohol, las drogas y el sexo con la atenta escucha en directo de una de las míticas OST de Castlevania o Mario Bros? ¿Merecería la pena la experiencia? La respuesta es que muy probablemente no aunque pienso que no sería muy distinta a la ofrecida por muchos djs, grupos de techno o músicos del cariz de, por ejemplo, Lindstrom que suelen ser publicitados y aparecer en horas punta de los tradicionales festivales contemporáneos. Por más que si ese mismo concierto se llevara a cabo en un teatro donde se realizaran proyecciones de los gráficos de los juegos y hasta se repartieran unas gafas 3D para provocar una mayor inmersión en la propuesta, estoy convencido de que la experiencia sería muy satisfactoria. Tanto que si, de uno u otro modo, aún no se ha institucionalizado creo que se debe a la disociación que existe entre los compulsivos consumidores de videojuegos y los habituales melómanos.

Para un gamer, la melodía no es un fin en sí mismo sino un aliciente más y un amante de la música ya tiene bastante con Schubert, Schumann, Miles Davis, Beethoven, Frank Zappa, Beach Boys u Orbital como para internarse en un mundo que, a pesar de su cada vez mayor exposición, continúa siendo un tanto underground. Coto de caza de seres con un pie más allá del inmediato futuro, enganchados a una afición que permite vislumbrar entre sombras y a lo lejos el triunfo de ideologías opuestas sometidos a procesos contradictorios y continuas crisis como es el caso del anarcocapitalismo, el solipsismo, el hipercapitalismo o ese individualismo extremo que nos conduce directamente al Apocalipsis global. Un arte creado a mayor honra de la diversión y el ocio que permite entrever, sentir y casi que masticar unos cuantos trozos del caótico revoltijo político y social actual mientras se juega delante de una pantalla con mayor intensidad que casi cualquier otro.

En realidad, debo confesar que disfruto con que la gran mayoría de ost de los videojuegos sean desconocidas para el gran público. Creo incluso que es un hecho positivo porque incrementa la creatividad de los músicos puesto que el anonimato les permite afrontar todo tipo de riesgos y concebir sus composiciones como aventuras. Tanto es así que me basta curiosear unos cuantos minutos en las novedades que van apareciendo constantemente para, en cierto modo, encontrar la peligrosidad y evanescencia que hace décadas encontraba en el techno o el rock. Sentir de nuevo lo que supone crear por el placer de crear sin buscar tanto el reconocimiento o encontrarse sometido al constante escrutinio crítico.

Creo además que gran parte de las bandas sonoras de los videojuegos actuales se encuentran a medio camino de lo poético y lo punk y en cualquier caso, están definiendo y sintetizando mejor (como en su momento hicieron los filmes Giallo) los constantes cambios, tránsitos y puntos de fuga y ebullición del globalismo que cualquiera de los estilos tradicionales musicales. Porque, en gran medida, son un reflejo de la cultura del usar y el tirar. De la importancia del plástico y el metal. De la tarjeta de crédito e internet. Son uno de los géneros artísticos que con mayor lucidez están logrando plasmar lo intrascendente que es nuestro sentido actual de la historia y la existencia. El poco sentido que tiene hacer caso del ser humano de hoy en día. Tanto de sus luchas y reivindicaciones como de sus vicios. Poniendo de manifiesto que lo mejor que se puede hacer es profundizar irónicamente en las pasiones decadentes de una época pasajera de la que dentro de unos siglos tal vez nadie se acuerde o tal vez sí, pero que en cualquier caso se encuentra condenada antes o después a desaparecer. Y quién sabe si a no dejar rastro alguno. Shalam

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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