la cuna

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Algún día, aunque para ello tengamos que huir de la civilización y habitar pueblos perdidos en medio de los bosques y montañas, probablemente nos olvidemos de comparar discos entre sí, listas, revistas o debates y, sin la urgencia del presente, volvamos a escuchar la historia del pop buscando señales, huellas, símbolos. Aquello a lo que cósmicamente, los creadores se referían. Dediquemos a cada disco el tiempo que se merece y nos merecemos. No importa que sean meses, un año o un lustro. Leamos la música como visualizamos un lienzo. Atentos a las sensaciones. Al inconsciente. Al más allá. Y probablemente, acertemos más. Penetremos con mayor hondura en los misterios de las obras de arte, dejándonos envolver por ellas, atentos a su mensaje cifrado y oculto. Probablemente el verdadero. Pues, al fin y al cabo, nacieron para aniquilar, trascender el tiempo. Ser eternas. No para ser despojadas de su aliento en el segundero diario. El reloj de los muertos y caídos. Con el paso de los años, por ejemplo, la música de The Cure y a medida que el grupo ha salido del foco de atención moderna y nos vamos olvidando de los nombres de los productores de sus discos, cuándo fueron editados o qué músico sustituyó a quién, va desvelando su mensaje y contenido secretos. En un principio, para mí no fueron más que un esquivo y ralo soundtrack sobre el hastío moderno. Luego, un palacio de mariposas venenosas que de tanto en tanto picaban mi piel. Pero no fue hasta que viví en Buenos Aires que los hice míos, convirtiéndose en un surco desdoblado que dialogaba con una ciudad que rugía de impotencia como un monstruo herido. Recuerdo ver a mi amigo Julio diciéndome que se quería matar mientras sonaba una canción de The Cure sobre tarántulas o gatos áridos, que se introducía en sus venas como la heroína y le liberaba de su torturada mente mientras la noche más aguda y aniquiladora se cernía sobre inhóspitas calles en las que una borracha tatareaba cantinelas de Charly García ante la mirada silenciosa de los lobos, y sentir que, sí, el grupo de Robert Smith eran la locura. Pero también la cura para la locura. Eran la angustia. La viva angustia. La daga de la tortura. Y la medicina para la sangre que brotaba de nuestra piel. Una marabunta de hormigas que rodeaban nuestro cuerpo y mordían cuando menos lo esperábamos. Eran el sonido de la esquizofrenia y la extrañeza. Dioses ocultos que se aparecían sin complejos entre las sombras de las páginas de La casa de hojas, HeliogábaloSandman, La naranja mecánica, un texto nihilista de Georges Bataille e imágenes quietas de un film de David Lynch. Caricaturas grotescas que retrataban con fidelidad un mundo abocado a la destrucción.

Sin embargo, muchos años después de aquellas intensas vivencias en aquella furiosa, tenebrosa ciudad, al revisar la obra de The Cure sin prisas, aislado, encerrado en  la minúscula habitación donde escribo Los puercos, su obra se me revela como un sueño. Una nublada banda sonora en la que gozamos del privilegio de asistir a los delirios oníricos de un adolescente, un niño, un ser trasnochado y libre a lo largo de toda su existencia. O al menos durante varias semanas. A veces tiene pesadillas y otras orgasmos con el Universo. Y muchas veces delirios o miedos. Pero siempre está en trance. Siendo por tanto lógico que a lo largo de esta travesía por la ventisca, aparezcan imágenes de reyes destronados que deliran al encontrarse perdidos en bosques. Jardineros que persiguen con sus hachas a jabalíes enfurecidos. Enanos que gozan revolcándose entre los copos de nieve que rodean ríos helados, mientras sus amos hacen el amor rabiosos bajo árboles cuyas ramas se extienden firmes para estrangularlos. Tarántulas que gozan relamiéndose con el hígado de los bebés. O viejos caballeros que buscan a su enamorada en un castillo durante siglos sin hallar más que el eco de su voz y el rechinar constante de una armadura.

Creo, sí, que Robert Smith no ha vivido. Ha soñado. Estoy seguro que ese anciano adolescente nunca ha abierto los ojos. Los ha tenido siempre cerrados y ha sido en trance que ha escrito su música. Que es un intento de traducir cada uno de sus sueños que, en su caso, viene a ser como relatar la vida diaria de cada uno de nosotros. Porque lo que ha encontrado en el “otro mundo” son nuestros rostros. Nuestra realidad partida en mil trozos tal y como la presenta en canciones que son nanas. Palacios destruidos. Aquellos sonajeros cuyos cascabeles hacía sonar nuestra madre cuando llorábamos. Los globos y bombillas de colores con rostros de payasos y animales situados a los lados de una cuna. Cantinelas que muchos marineros han escuchado antes de morir.  Al igual que cientos de niños que no querían despertar. Deseaban continuar en el regazo de las sábanas recordando viejas historias de elefantes y rinocerontes que cruzaban los ríos de Marte y se apareaban frente a estrellas de miedo. Entre perros salvajes que maman con rabia y satisfacción de las tetas del planeta. Casas que son un hervidero de sexo, brujas y vudú y furia esquizofrénica.

Algún día, estoy seguro, un hombre pálido y solitario se encerrará en una habitación sin muebles absolutamente pintada de blanco y escuchará durante días enteros, semanas, meses, cada una de las canciones de The Cure sin descanso y será feliz. Porque habrá soñado. Acorralado las olas de un río a través de los márgenes del tiempo. La brisa de las hojas. El rastro de los gavilanes muertos. Los corazones que besan. Los dioses airados. Y las líneas de fuga de su reflejo en los espejos. Los pasillos del inconsciente donde Morfeo corta el cuello de animales sin piedad. Al fin y al cabo, perseguir la dicha no ha de ser una experiencia pasajera, ese zapping diabólico, sino profundizar en el territorio conocido para darnos cuenta de que nos es totalmente desconocido. Ajeno. Como un sueño. Esa travesía diaria por los delirios divinos en la que todos somos extranjeros. Shalam

كُنْ ذكورا إذا كُنْت كذوبا

Quien monta un tigre corre el riesgo de no poder bajarse nunca

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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