La enormidad

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Cada vez que contemplo alguna de las óperas protagonizadas por Luciano Pavarotti décadas atrás, siento que me encuentro ante un enorme acontecimiento. Que estoy frente al Orson Welles de este género musical. El tenor italiano tenía esa virtud. Su presencia escénica era impresionante, y le bastaban un solo gesto y una breve modulación de su portentosa voz para trascender, llenar el escenario y atraer todas las miradas. Pavarotti siempre se imponía a los personajes que interpretaba. No importa cuan mítico o difícil fuera el papel que debía representar. Él siempre lo hacía suyo, lo engrandecía y ahondaba en nuevas dimensiones de su carácter con asombrosa naturalidad. Para Pavarotti, sí, el escenario era prácticamente el patio de su casa. Un lugar donde recrearse, divertirse y jugar. Ser aplaudido y reconocido. De hecho, no recuerdo haberlo visto intimidado ni una sola vez. Su carácter arrollador desbordaba cualquier límite. Superaba cualquier obstáculo. Creo además, que consiguió hacer de cada una de sus apariciones en el escenario, un festín pantagruélico. Una impresionante comilona de sensaciones. Porque a Pavarotti no sólo se lo escuchaba cantar. Se lo olía y sentía en su totalidad. En cada una de sus apariciones, el vientre del arte comenzaba a rugir y el estómago de la ópera a moverse. Hay quienes dicen que sobreactuaba y probablemente tengan razón. Pero su talento era tan inmenso que, más allá de sus excesos, tenía la capacidad de hacer totalmente creíble, humano y comprensible a un personaje con una sonrisa, un gesto de enojo o un simple alzamiento de brazos.

Había algo shakesperiano y majestuoso en Pavarotti. Una original manera de mezclar lo trágico y lo cómico profundamente italiana. Y una intensa forma de sentir el arte que no puede enseñarse en ninguna escuela. Se nace con ella o no. Y él en concreto, absorbió de su padre. Un panadero de origen humilde, con voz de tenor, y aficionado a la ópera, a quien puedo imaginar escuchando o cantando un sin fin de arias mientras trabajaba, al descansar o al festejar algún suceso. Consiguiendo que este noble arte empapara los huesos de Luciano y se introdujera en su sangre como si fuera su lengua materna. Sobre un escenario, de hecho, a Pavarotti siempre le sentía suelto, liberado. Conceptos que cuesta años de dura disciplina aprender en la escuela, él ya los tenía completamente integrados. Y debido a ello, podía concentrarse, focalizar toda su energía en otros aspectos mucho más sutiles, al alcance de tan sólo unos pocos, que obviamente, provocaban que cada una de sus intervenciones fuera un monumento artístico. Podría pensarse, por otra parte, que su obesidad podría haberle perjudicado o restarle atractivo. Pero no fue así. Pavarotti tenía tanta confianza en sí mismo, estaba tan seguro de su valor, que aprovechó sus kilos de más para engrandecer y hacer más sólidos sus personajes. Tal vez lamentara en la intimidad no tener un físico más agraciado pero su talento era tan grande que consiguió hacer de este posible defecto, una virtud. Pues su amplio cuerpo, le permitía ocupar, llenar más escenario. Y como, en el fondo, era un hedonista, una persona cuyo acercamiento al arte era instintivo y placentero, consiguió hacer de su obesidad, un atributo consustancial de sus performances. Haciendo de su monumental aspecto, un ingrediente esencial para delimitar el carácter de sus personajes.

Puede, sí, que Plácido Domingo haya sido mucho más regular que él. Que a fuerza de constancia, metódico trabajo y pasión, lo superara. Pero creo que, a pesar de su impresionante desempeño, el español no ha podido alcanzar los momentos álgidos del italiano. Más que nada, porque Pavarotti era un Obelix de la ópera. Parecía haber caído en una marmita musical a los pocos días de haber nacido. Una mirada suya tenía la capacidad de remover la historia de este género. Provocar un terremoto musical. Haciendo un símil futbolístico, era el Romario de los tenores. Con poco trabajo, podía alcanzar extraordinarias cotas. Destrozar una representación por indisciplinado o su tendencia a la megalomanía. Provocar escándalos por cualquier capricho. Hacer el ridículo, mezclándose con las estrellas del pop y el rock. E irritar a los puristas por su voluntad de popularizar, comercializar y casi vulgarizar la ópera. Pero cuando se encontraba inspirado, tenía su noche, o trabajaba intensamente, una sonrisa suya o un simple arqueo de cejas podía provocar un temblor. Emocionar como sólo los grandes artistas pueden hacerlo. En realidad, no es que Pavarotti no se ajustara a los cánones, sino que tenía tan interiorizadas las reglas y normas operísticas, las comprendía tan instintivamente, que superaba, ampliaba y magnificaba cada partitura prácticamente sin esfuerzo.  Por el mero hecho de interpretarla y prestarle su atención. De hecho, por lo general, era capaz de destacar por encima del libretto, el compositor o la tramoya. Pues era un animal escénico. Basta contemplar su interpretación en Rigoletto del conde de Mantua para constatarlo. Su aparición es absolutamente arrolladora. Al verlo, no sabemos si nos encontramos frente a un emperador romano, el mismísimo Dionisos o un histriónico dictador. Pavarotti le pone el punto justo al personaje de picardía y majestuosidad. Y se simbiotiza totalmente con él, aportándole todo tipo de matices que consiguen que su aparente monstruosidad se torne, con el paso de los minutos, tremendamente humana, y que cada una de sus apariciones se grabe en la memoria.

En cualquier caso, si por algo se recuerda a este genio, es por su voz. Una voz de trazo firme, que lo envolvía todo. Varonil y llena de potencia, capaz de transmitir las más ignotas pasiones, destrozar muros y convocar huracanes, de una calidez sobrehumana. La voz de un gigante dotado de un talento y una técnica inverosímiles cuyos ecos llenaban cualquier vacío y se quedaban retumbando en los oídos de manera imperativa y delicada. Como si perteneciera a un dios del Olimpo y no a un ser humano. O el mismísimo Zeus hubiera decidido conceder uno de sus dones  y atributos a un mortal. Razón por la que cuando murió, el mundo de la ópera tembló y durante varios días, el más intenso negro envolvió los escenarios, y supongo que tanto Verdi como Puccini y Donizetti derramaron una lágrima allí donde estuvieran. Al fin y al cabo, Pavarotti era la música italiana. Un señor que entonó los himnos románticos, con la jovial sorna de un bon vivant procedente del Barroco y la elegancia de un caballero renacentista. E interpretó cada uno de sus papeles, como si fuera la última vez que se subiera a un escenario. Fue, en definitiva, un artista total  y absoluto. Shalam

اِبْنُ آدَمَ يُرْبَطُ مِنْ لِسَانِهِ وَالثَّوْرَ مِنْ قُرُونِهِ

Para tener mucho éxito, hay que tener enemigos

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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