La oreja rota

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El disco realizado por Tuxedomoon y Cult with no name, Blue velvet revisited, para ilustrar las imágenes del documental filmado por el alemán Peter Braatz sobre el mítico film de David Lynch, Terciopelo azul, es un melancólico lienzo de una hermosura inquietante. Es una arriesgada exploración por los recuerdos de una película maliciosa y salvaje. Una obra en la que se llevaba a cabo un perverso retrato de una época -la era Reagan- que intentaba rememorar los oropeles de la década dorada de EUA -los 50-: un armonioso resplandor consumista que, en cierto modo, hizo olvidar que el país norteamericano había sido forjado con los brazos de reos, malhechores, piratas, presos y violadores similares a los que aparecían en esta acuarela oscura que combinaba con maestría los relatos infantiles y alquímicos con los cruentos.

Es un tópico calificar a las imágenes filmadas por Lynch con el adjetivo de oníricas. Lo que no se suele indicar es por qué ocurre esto que, a mi entender, tiene mucho que ver con el hecho de que ruede en muchas ocasiones como si fuera un director de cine mudo y, sobre todo, con la tremenda libertad con la que lo hace. Pues a veces enfoca las escenas como si fueran lienzos expresionistas o surreales o incluso como si formaran parte de un cortometraje de animación.

Lynch transgrede constantemente límites porque permite que su conciencia fluya y no se asusta ni de los abismos ni de los agujeros negros o monstruos que aparecen cuando cierra sus ojos. Más que nada, porque los considera elementos complementarios de la belleza y la bondad. Una prueba de que la vida es tal vez mucho más hermosa gracias a que existe la bestia que por ella misma. De hecho, es a esa capacidad de equilibrar los opuestos a la que achaco el que Lynch haya sido el artista que más veces me ha hecho llorar al contemplar sus obras. Películas que demuestran que las uñas más excitantes no son las limpias sino las untadas en flujos corporales.

En realidad, me gusta visualizar Terciopelo azul como si se tratara de un homenaje a Luis Buñuel que no necesitaba referirse al artista aragonés expresamente. Creo que porque su trama central se iniciaba con una oreja rota. Un oído descuartizado que era intercambiable perfectamente con el ojo abierto por la cuchilla ensangrentada en El perro andaluz. Al fin y al cabo, la película penetraba en el inconsciente de una época y país, mostrando sus secretos de forma suave y salvaje. 

A este respecto, lo mejor de la obra creada por Tuxedomoon y Cult with no name para homenajear a este maravilloso film es que vuela en completa libertad. Se encuentra a la altura de sus imágenes turbias y es capaz de hacer olvidar a la magnífica banda sonora de Badalamenti. Es más, ahonda en la sensación de nostalgia y melancolía que transmitían algunos de sus brumosos fotogramas e incide en la desazón sentida por los personajes a través de pasajes atmosféricos y tristes.

Blue velvet revisited es un disco que se encuentra lleno de acordes huidizos y disonantes encerrados dentro de una nebulosa ambiental muy compacta. Es una obra apagada que parece una mezcla extraña entre la cocaína y la marihuana. Una sorda sinfonía tan suave como los pliegues del cabello de Isabella Rossellini y su piel. Es, en definitiva, un grito ahogado ideal para acompañar las tersas, angustiosas y vibrantes imágenes de un documental que intenta ilustrar sensorialmente cómo se rodó ese milagrosa obra: un vaso de agua lleno de insectos y turbios polvos de los que emergían fangosos gusanos y alucinadas mariposas. Shalam

ربّ اغْفِر لي وحْدي

Un cerdo, no importa el lugar al que vaya, siempre encuentra porquería

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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