La tormenta

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Beethoven fue un hombre torturado. Un águila orgulloso que volaba a través de la niebla con maestría. Algo que se puede percibir en su música. Todas sus composiciones son tristes y avanzan a golpes de timón. El músico alemán parece un marinero ebrio que conduce un barco fantasma a un lugar que sólo él conoce. Atraviesa tempestades y se detiene en islotes o puertos según un plan previamente establecido que no comparte con nadie. Beethoven fue uno de los primeros artistas en vislumbrar los poderes del ruido. En sus sinfonías siempre hay pequeñas tormentas. Sonidos estruendosos convertidos en himnos a la noche. Y las teclas agudas del piano no cesan de rememorar, hacer alusiones a las graves y oscuras. Beethoven es un Prometeo romántico. Trajo la inspiración y el genio al encorsetado mundo de la música clásica. A golpes de temperamento y rabietas viscerales, transformó sus sinfonías en profecías.

Mozart era Apolo. La primavera. Un duendecillo que no cesaba de reír y componer genialidades. Daba a luz obras maestras con la misma facilidad con la que respiraba. Y trazaba sinfonías y óperas parecidas al cuerpo de gráciles muchachas en las que la melodía llegaba a límites armónicos nunca antes vistos. Sin embargo, Beethoven era Dionisos. Un músico que anunciaba el invierno. Un fauno pesado y grosero, antipático y reconcentrado en sí mismo, cuyas obras siempre provocaban rupturas. Se imponían al oyente con la fuerza de un martillo, presagiando futuros tormentos. Las composiciones de Mozart podían ser bailadas a coro por varios niños en las plazas de Europa. Las de Beethoven por contra, anunciaban tragedias. Soledad. Y los grupos de personas que se unían a bailarlas, generalmente lo hacían con máscaras de animales en sus rostros. Los triunfos que auguraban las obras de Beethoven eran tan totales y desmesurados que no sólo es que fueran utópicos sino que eran el preludio de una segura derrota. De un futuro desencanto.

Mozart orinaba música. Beethoven la vomitaba. Mozart la transcribía. Beethoven la golpeaba. Su obra, de hecho, parece un airado combate en contra de los dioses. Una furiosa venganza contra la historia y el mundo. Cuanto más alegres son sus composiciones, más miedo me producen. Más desosiego y ansiedad. Porque Beethoven es un trágico. No ríe nunca. Ni tan siquiera cuando toma una copa de vino. Y se toma la vida con tanta seriedad que hace que siempre que escuche una de sus obras me sitúe a unos metros de distancia del lugar donde emerge el sonido. Exactamente, Beethoven impacta. Aturde tanto con su alegría como con su odio. Se impone. Es un ave vengativa. Napoleón. Un dictador obsesivo. Un ángel destructor enfadado con los hombres por urdir un plan para matar a dios. Un error fatal porque, tal y como dejan traslucir sus obras, sólo en compañía de los dioses el arte alcanzaría estatura divina y el hombre podría atisbar el ruido que hubo en los cielos el día que se creó el mundo. Shalam

إِذَا وَقَعَ الْجَمَلُ كَثُرَتِ السَّكَاكِينُ

La duda es la escuela de la verdad

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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