Lagartos negros

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Después de la tempestad viene la calma. O la reflexión. Y a veces, una brisa ligera y suave que continúa expandiendo el polvo y hojas esparcidos por el viento. Charlie Parker fue un torbellino. Un huracán. Y John Coltrane, Albert Ayler o Dizzy Gillespie explosiones. Dinamita terrorista en medio de una de las calles centrales de Nueva York. O un suburbio. Gritos de esclavos huyendo de látigos y pistolas con saxofones heridos. El tango de los desheredados. Ácidos contrabajos y platillos ardiendo en incendios musicales parecidos a rituales de vudú. Orgiástico sexo que borraba los contornos del rostro de dios. Haciéndolo humano. Transformándolo en una gallina sacrificada sobre un rascacielos o un instrumento herido exigiendo respeto. En fin, tras la guerra, la batalla que mantuvieron los despojos del mundo occidental, convertidos ahora en tigres rabiosos contra el rostro rígido de los sacerdotes, quedó el vacío. Un terreno desértico del que apenas brotaban hongos, esporas o semillas que devolvieran la épica y, sobre todo, la emoción al be bop. Fueran capaces de mutar con el tiempo y mantener la esencia. El rugido de la vanguardia y el sabor de lo añejo en el crisol posmoderno. Soportando el peso del muro de la tradición con respeto y orgullo y sano atrevimiento, conduciéndolo a nuevas vertientes esquizoides y nocturnas, ideales para describir y enfrentar la fumigadora global.

Lounge Lizards, el grupo de Marc Ribot, Arto Lindsay y, sobre todo, de John Lurie fue una de esas escasas pistolas llenas de balas viejas, rotas, crecidas en los suburbios, entre los estertores de la música pop o las deformaciones del rock, con un ojo puesto en el futuro y otro en la tradición, capaces de sostener las llamas encendidas de la destrucción durante una década, los 80, que fue su época. Un territorio de laca y rimel de labios, y teclados engolados y envolventes, que contribuyeron a oscurecer, devolviéndole peligro y rebeldía. Y, sobre todo, locura. Porque de la mente de Lurie únicamente podía surgir eso: esquizofrenia. Creaciones absolutamente geniales que dialogaban con el vacío. Podían ser la banda sonora de cualquiera de las primeras películas de Francis Ford Coppola, Martin Scorsese o Brian de Palma y casi que terminaron siéndolo de las de Jim Jarmush o Gus Van Sant. Y desde luego, que a nadie le hubiera extrañado que aparecieran entre medias de un film de David Lynch, pues había una esencia secreta en ellas que guardaba el sabor del vino añejo, los salones de cabaret y las sesiones de heroína y música en los clubs de hipsters, pero al mismo tiempo, les permitía deslizarse por los toboganes del futuro. Dialogar silenciosamente con la música industrial y sobre todo, la paleta funk de ritmos afrocaribeños que invadía la canción pop con actitud punk. Planteando dudas e interrogantes irresolubles mientras quebraban los ritmos del pasado en un be bop elástico y mutante, e irresistiblemente auténtico, que lo mismo traducía al jazz las experimentaciones musicales de Talking Heads que rescataba un pedazo de los labios de Lous Armstrong en cantinelas blues que parecían haber sido compuestas en una taberna de New Orleans. O en medio de un cruce de caminos. Sobre una escalera mecánica situada en un centro de comercial destruido desde la que lo mismo pudiera contemplarse un paisaje desértico interrumpido por el trotar de unos camellos como el rincón exacto en el que Robert Johnson firmó su pacto con el demonio. Pues eso eran los discos de Lounge Lizards: un lienzo sin marco que lo encerrara que lo mismo se perdía en las exploraciones celestes, reflejando el alma quebrada del hippismo, que retrataba a un vagabundo recogiendo unas monedas del suelo sucio de un bar. Tenía el sabor de una hamburguesa o perrito caliente como de un curry místico.

Exactamente, Lounge Lizards eran el mestizaje perfecto entre las experimentaciones abstractas de Tuxedomooon y la barriga de Charlie Parker. El jazz cósmico y el barrial. Los dientes de Ornette Coleman y el temor infundido por la experimentación tecnológica. Un cruce de cables violento y funk a medio camino entre el cuelgue ácido y los vaivenes frenéticos del music-hall. Un cabaret psicótico. Una novela negra posmoderna. Esa en el que el detective y el criminal son la misma persona. Y lo que hubiera sido Tin Machine de haber tenido David Bowie quince años menos cuando se embarcó en aquel proyecto y en vez de ejecutar rock, hubiera decidido profundizar en el be bop. Actualizarlo sin hacer perder su esencia. En cualquier caso, eso sí, dudo que incluso un genio de tal calibre como Bowie hubiera alcanzado con sus saxofón las fronteras transitadas por Lurie. Alguien que tanto en Voice of Chunk, No pain for cakes Lounge Lizards, voló muy, muy, muy lejos. Casi que me atrevo a decir que, transformando en un pájaro, penetró dentro del cuerpo de la Virgen y le hizo un hijo. Siendo en gran medida el sonido que consiguió extraer de su instrumento en aquellos discos, reflejo de su orgasmo divino. Testimonio de sus reveladores, ancestrales y eternos coitos en cuyo transcurso lo mismo aparecían rostros de violentos negros del Bronx, un gangster cerrando un acuerdo en los estibadores de un puerto, cocaína adulterada o la chapa metálica de un coche antiguo y elegante. Shalam

إِذَا أَرَادَ اللَّهُ هَلاَكَ النَّمْلَةِ أَنْبَتَ لَهَا جَنَاحَيْنِ

¿Qué sentido tiene correr cuando estamos en la carretera equivocada?

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Regateo.

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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