Las violentas flores

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La consagración de la primavera, de Igor Stravinsky es una de esas obras de las que apenas se puede decir nada. De las que ya está todo dicho. Y no me extraña en absoluto porque es una maravilla. La primera vez que la escuché, estaba leyendo un cómic de Corto Maltés -tal vez Fábula de Venecia– y el salón en que me encontraba, se transformó en una especie de lujosa habitación asiática en la que los lienzos más terrenales se convertían en espejos dimensionales, los techos y paredes en tapices por los que se movían tigres y geishas y condes furiosos y los suelos se cubrían con alfombras repletas de ornamentos orientales que me alejaban de esta realidad. Parecía que había fumado opio por el mero hecho de poner aquel disco con una sugerente portada recortada de una obra de Matisse e incluso que Hugo Pratt había diseñado su cómic pensando en ser acompañado por esa música que parecía proceder de un círculo del infierno. Pero de un infierno misericordioso que permitía que los troncos calcinados de los árboles florecieran y los sentimientos de ira y codicia de los avariciosos fueran transformándose en generosidad no sin una previa lucha titánica contra Mefistófeles y los guardianes de un territorio helado que iba siendo alumbrado por el sol conforme los asesinos emergían purificados de allá.

No importa cuántas veces se escuche, el misterio de la obra de Stravinsky pervive. Creo, de hecho, que La consagración de la primavera explica a Picasso mejor que cualquier catedrático. Y por extensión, a todo el cubismo. Es una mariposa musical que consigue que los sonidos converjan, se transformen en colores. Un arco iris asesino que conectaba la modernidad con la antigüedad. Hacía emerger los rituales primitivos dentro de la sociedad industrial y convocaba fantasías en ciudades cuya imaginación comenzaba a ser aniquilada por las tuercas y máquinas. La consagración de la primavera es un alud de imaginación. Una montaña mágica capaz de morder y acariciar al mismo tiempo. El tiempo cósmico y eterno adentrándose en el siglo XX. Sacrificios de víctimas arrojadas en el interior de pirámides aztecas confundiéndose con los gritos de los muertos ejecutados en ritos paganos occidentales. Un alegato por la desnudez del alma y la animalidad del ser humano. Un tratado de antropología convertido en un cuento musical que no desencajaría en Las 1001 noches o en cualquiera recopilación de mitos oriental u occidental. Stravinsky consiguió colocar ruidos de submarinos y ejércitos a las primeras luces del amanecer. Al cambio de estaciones. Seduciendo a través de una partitura en la que las asonancias y movimientos cortantes eran ágiles. Se desplazaban con una soltura y naturalidad casi divinas. De hecho, hay momentos en que uno tiene la impresión que, en vez de ser una obra compuesta en una época concreta,La consagración ha sido forjada en el mismo momento de la creación. Como algunos compases de la obra de Wagner. Pero el anillo de Stravinsky no es totalitario sino fugaz. Es un ave que no cesa de moverse en círculos o a ráfagas provocando emoción. Y expectación. La sensación de estar mirando o mejor, escuchando el mundo, como lo haría dios. Provocando más alegría que marcialidad o más dicha que respeto porque, ante todo, la obra de Stravinsky cumple lo que promete: es una danza. Un baile fugaz en un tierra desierta alumbrado por los fuegos del universo. Una metáfora del asombro y la perplejidad convertida en música milagrosa.

Todavía me resulta increíble lo conseguido por Stravinsky en esta obra. Lograr que el lenguaje musical avanzase varias décadas o siglos sin dejar de sonar intemporal. Inmortal. Clásico y mítico. Transformar la violencia en belleza y el horror en cultura. Hallar a Eurídice en el infierno y proceder a su destrucción para que la primavera no alcanzara únicamente el corazón de Orfeo sino el de todos los seres humanos. Hacer comprender mediante sonidos o los ritmos de un ballet onírico y perturbador que la belleza es instantánea. Y por ello es siempre moderna. Porque es fugaz. Un hilo de risa divina que cobra únicamente su sentido total cuando perece. Pues la muerte es únicamente una metamorfosis. Una transformación más dentro de la danza de la realidad. Como el arte. Y, desde luego, la música. Estados transitorios que revelan que hasta el camino más llano y seguro es en el fondo un abismo. Shalam

 نَّمَا يَتَفَاضَلُ النَّاسُ بِأَعْمَالِهِم

 Es difícil bajarse cuando uno se encuentra sobre el lomo de un tigre

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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