Lo popular

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Llevo tan dentro a la revista Popular 1 -el parto impuro de Bertha M. Yebra y Martin J. Louis- que me cuesta escribir de ella. De hecho, no resta demasiado para que cuando quiera precisar el número de años que llevo comprándola -con un paréntesis, eso sí, de siete u ocho- utilice el número 30. Algo que me sorprende porque Popular 1 es un “forever fifteen”infinito. La eterna adolescencia. Reeditar años después idénticas sensaciones a las de las primeras masturbaciones. Es porno negro. Brujería rockera. Observar Historias de O a través de las rejas de la cocina para no ser descubiertos por nuestros padres. La primera ocasión en que nos colgamos una camiseta negra de un grupo de rock y cruzamos “el umbral”. Es una revista que parece escrita por amateurs en el mejor sentido del término. Fans que más que juzgar o diseccionar a los músicos, ante todo les agradecen todos aquellos momentos mágicos que les han regalado. Nunca se sitúan por encima de los artistas. Y de hecho, hablan con tanto amor de la música, que resulta extraño leer sus artículos pues lo lógico sería que entraran a un sótano, un local de ensayo y con rabia y pasión, la lengua mordida por los labios, se consagraran a componer un disco incendiario. La banda sonora de El cazador grabada en su integridad en un refugio nuclear varias décadas después de la aparición de la obra maestra de Michael Cimino. El piano roto de Jerry Lee Lewis cayendo sobre la guitarra de Jimi Hendrix enredada en la vagina de una performer introduciendo serpientes en su útero. Porque Popular 1 es la actitud. Un combate de boxeo mítico en blanco y negro. John Huston rodando su mejor film con Ronnie James Dio y Klaus Meine como actores secundarios. O principales. Tony Soprano sobándose el vientre antes de pegarle un tiro a un capullo. Unos oídos destrozados de tanta música. La chaqueta de Nicholas Gage en Corazón Salvaje. Una botella de whisky bebida en dos tragos. Mötley Crue orinando en la boca de Ozzy Osbourne. Muñequitos de El Santo mezclados con caretas de Godzilla y Freddy Krueger en una habitación infectada de discos. Los calzoncillos sucios de Lemmy Kilmister. Un tocadiscos destrozado y un póster con el rostro de David Bowie sonriendo a los Stones y a Dylan. Pero también a Morphine, Robert de Niro, Marah y una actriz porno. Ya que Popular 1 es un sentimiento. Instinto. Se siente o no se siente. Se tiene o no se tiene. Por lo que sus lectores se resumen en dos bandos: fanáticos, cómplices que participan de los secretos de una alucinada secta o en personas que la odian. O no la entienden. No son capaces de comprender los guitarrazos que soltaba cada No me Judas Satanás, carta del Correo y todas y cada una de las contestaciones de César Martín en el Apéndice, o directamente mueven el culo con Radiohead, Pet Shop Boys y Muse y por tanto no tienen nada que hacer entre sus páginas. Un experimentado marinero que derriba intelectuales, hipsters y gafapastas con la misma naturalidad que se sube a una mesa y arma una orgía en cuanto se escucha un tema de Rainbow o Kiss. Básicamente, porque pocos de los que han escrito en sus páginas aspiraban a hacer una tesis o poseían demasiados buenos recuerdos de sus colegios. Tenían un pacto con el diablo, habían entregado a su alma al rock y esto era suficiente para transmitir esos batacazos energéticos que pega el Popu al estómago cada vez que lo leemos. Transmitir ganas de vivir y proporcionar entretenimiento del bueno durante unas horas durante las que se borra absolutamente todo lo que nos rodea y preocupa.

Resulta obvio que sin César Martín, la revista perdería su alma. Correría el riesgo de desaparecer. Lo habitual al fin y al cabo, al comprarla, es comenzarla por el final. Disfrutando con los comentarios de César sobre Van Halen, una película olvidada, la grabación de un concierto de Charlie Parker recién aparecida, o las distopías y perversiones sexuales del público en general. Y gozar de ellos, mientras se camina por las calles y se corre el riesgo de tropezarse con alguien. Porque César es adictivo. No es sano. Es como un disco de los primeros Stooges: una raya de heroína introduciéndose en la sangre. No importa lo que ocurra en nuestra vida. Qué escritor estemos leyendo o en qué relación amorosa nos encontremos inmersos. La hora de César al mes es sagrada. Un desahogo de diversión entre tanta podredumbre. Respiración asistida. Un escape sin el cual la realidad no sería soportable. Y una explosión de complicidad casi fraternal. Pues afortunadamente no es un periodista. Y mucho menos, un crítico. Es un salvaje. Un apasionado que ha conseguido, sin perder su intimidad ni su cordura, siendo fiel a sí mismo y ácido cuando correspondía o la situación lo demandaba, casi que convertirse en el colega (imaginario) de todos los que leemos. Un ser humano repleto de bajezas y rarezas que hace olvidar con su talento. Esos escritos repletos de inteligencia que han conseguido que casi disfrute más con ellos que con los discos o grupos a los que aluden. Son para mí, joyas humorísticas imprevisibles. Sketches de comedia negra. Talk shows. Ramalazos de Stand up comedy mezclados con deliciosas idas de olla, mala uva punk e ironía festiva. Textos de referencia precisamente porque han sido escritos sin ánimo alguno de perdurar. Como quien charla con un amigo íntimo en un bar o fuma un cigarrillo después de dos semanas aguantando el mono. Transmitiendo una sensación inexplicable de paz. Y buen rollo. Como si formáramos parte del rodaje de un film mítico de Scorsese o Tarantino. O contempláramos el concierto de una gran banda de rock desde el backstage. Porque como hace varios días un amigo me comentaba, Popular 1 es un camerino. Un lugar no tanto de privilegio para asistir a un concierto sino para sudarlo y, sobre todo, bailarlo y comentarlo. Conseguir que se produzca la comunión que todos los compradores de la revista sentimos al abrir esas páginas donde toda locura es permitida y desde luego que no existen las hipotecas o el paro. Ni El país, los telediarios, los políticos o la censura. Porque la única regla consiste en que todo, absolutamente todo está permitido. Un aquelarre vicioso en una mansión perdida donde sobrevuelan los espíritus de Sid Vicious, Freddie Mercury o Bon Scott. Pero también late la actualidad. Porque para Popular 1, el rock no es únicamente una leyenda, un relato mítico incontestable y perdurable sino que continúa vivo. Es presente. Y durante los años de desanimo y abandono, casi oficial defunción de la criatura de Poison Ivy y Elvis Presley o la epidemia de la música electrónica, han seguido buceando en busca de grupos que recojan el testigo de los grandes y escribiendo con mayor intensidad  si cabe que antes, con una actitud kamikaze realmente loable.

Popular 1 es promesa de éxtasis. De orgía. La constatación de que la pérdida de tiempo es una ganancia. Es la manifestación de que la cultura no puede ser nunca preocupación u ostentación. Ha de ser siempre celebración. Es un baúl donde las mallas de Paul Stanley, las gafas de Elton John y las teclas rotas del piano donde Tom Waits grabó alguno de sus discos, se encuentran a buen resguardo. Y también una trenza de Perry Farrel, un autógrafo de Jimmy Page o una mirada tensa de Glenn Danzing. La ilusión de Eddie Veder, una sierra ensangrentada perteneciente a Blackie Lawless y la ropa interior de Wendy O Williams. Un disparate. Encerrarse a vivir en un hotel durante semanas, meses sin intención alguna de salir al mundo al exterior ni que entre un rayo de sol, a ver vídeos ininterrumpidamente de nuestros artistas favoritos, olvidándonos casi de comer. Un delirante sueño de David Lynch hecho realidad. Un virus. Un ácido corrosivo de tal calibre que hay días en los que, tras leer un Apéndice, alguna carta dedicada a narrar cualquier perversión sexual o recordar las Líneas Ácidas, no puedo evitar preguntarme cómo es que se vende en kioscos. Es posible acceder a ella con facilidad. Porque mucho más normal, teniendo en cuenta sus contenidos, las risas que nos pegamos al leerla, me parecería que fuera vendida en el mercado negro. Que hubiera que luchar para obtenerla como si fuera droga. Pues no es tan habitual encontrar en el día a día, objetos que nos hagan sentirnos tan felices. En los que se hable con absoluta claridad, sin pretensiones o ánimos de acceder a un prestigioso puesto en alguna institución de esta decadente sociedad. Convirtiéndose por tanto -y desde luego que sin pretenderlo- en un pasquín que transmite un ideal de justicia con reglas no escritas. El fin del colegio. Una medalla recibida por haber sido expulsados de alguna institución educativa. Afirmar con placer el derecho a no evolucionar. O hacerlo a nuestro ritmo. Dejándonos llevar por la fantasía. Cientos de canciones que nos hacen sentir vivos. O por el orgullo de vivir en una caverna y no querer ver la luz. Porque en la Popular 1 no hay ni justificaciones. Ni competitividad. Hay goce. Orgasmo. O directamente, no lo hay. Se siente o no se siente. Como la versión de un clásico blues entonada por Keith Richards encima de un árbol o la mirada a los cielos de Al Pacino antes de rodar una escena.

A lo largo de mi vida, he encontrado mucha gente que se preguntaba cómo es que la Popular 1 seguía existiendo. Los que continuamos leyéndola y todavía nos emocionamos al adentrarnos en sus páginas, nos hacemos otra pregunta: cómo es que pueden sobrevivir, aguantar el día a día, quienes no la conocen. Pensamos que gran parte de la depresión de las personas que nos rodean y del mundo musical actual, se debe a que no se aproximan al rock con la actitud adecuada. Es decir; no leen habitualmente la revista y por tanto, se ahogan en las opiniones de críticos y periodistas que únicamente provocan sociofobía y enfermedades mentales. Y sabemos que aunque no podamos tener aparentemente mucho en común con alguien, bastará con que nos muestre la revista o haga una mención a ella, para que sintamos una extraña sensación de alegría recorriendo el cuerpo. Un sentimiento de complicidad. El regreso al alcohol. Un riff de Lynyrd Skynird recorriendo el vientre. Y que sin mucha justificación aparente, lo invitemos a tomar algo. A charlar. Y le contemos anécdotas relacionadas con la revista o directamente le abramos nuestro corazón, como si estuviéramos ante un hermano. Algo no muy sorprendente porque la revista, insisto, es un sábado. Una fiesta. Contemplar un episodio de El equipo A y otro de Mazinger Z mientras se escucha un disco de The Replacements. En definitiva, un paseo por un psiquiátrico donde se reproducen continuamente canciones de Alice Cooper y no reside ningún paciente. Únicamente un médico ajustado en una bata blanca de cabeza monstruosa. Un minotauro misterioso, que sonriéndonos, nos invita a quedarnos en el laberinto. No buscar ninguna salida -mandar a la mierda a Adriana- y acompañarlo a follarse al mundo entero mientras se escuchan procedentes desde los más diversos lugares, los clásicos incontestables del rock. Del presente y el pasado. Y aparecen ninfómanas, seres retraídos, inadaptados, masturbadores compulsivos, apasionados guitarristas, adolescentes perdidos rodeándole y jaleando cada uno de sus bailes. Frenéticas danzas que traen consigo la libertad y el vicio. La locura. Y, sobre todo, inmensas ganas de gritar lo gozoso que es estar vivo. Shalam

اِبْنُ آدَمَ يُرْبَطُ مِنْ لِسَانِهِ وَالثَّوْرَ مِنْ قُرُونِهِ

   Un esclavo dormido puede estar soñando con la libertad

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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