Los niños

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Llevo escuchando durante más de un año el magnético Lost in dream de The War on drugs como si fuera un bálsamo que pudiera rejuvenecer mi alma y se hubiera colado por casualidad en mi dieta musical. No obstante, a pesar de disfrutar de muchas de sus canciones, no he llegado a hacerlo mío hasta hace varias semanas. Cuando el reencuentro con un amigo de infancia y una conversación surreal con su padre aquejado de alzheimer provocaron que, días después, mientras caminaba por muchos de los lugares donde hace varias décadas fui inmensamente feliz, mi corazón se conmocionara como el de un niño al escuchar las límpidas guitarras con que se abre “Under the pressure”.

Lo cierto es que Lost in dream es un disco que, al contrario de la inmensa mayoría de los que adoro, es optimista y transmite paz. Busca más la concordia que certificar la destrucción. Por lo que es inevitable que me transporte a esos días (que ya no volverán) en los que el padre de mi amigo montaba en bicicleta por carreteras medio desiertas, entre playas, rocas e islas, donde decenas de niños participábamos casi salvajemente en juegos que eran una  prueba fehaciente de que es posible conseguir gozar en este mundo y es absolutamente cierto el dicho que afirma dios disfruta con las sonrisas de los infantes.

Por eso, desde hace varias semanas, Lost in dream es un disco que me pertenece y con el que me identifico. Una obra atípica que recuerda levemente tanto a The Del Fuegos, Dire Straits como a The Eagles aunque lo cierto es que trasciende sus influencias y las conduce a un lugar muy personal y secreto.

En realidad, Lost in dream es un revival con sentido. La cara amable de lo que desde hace tiempo sospechamos que probablemente sea una horripilante pesadilla: el sueño americano. Tal vez su epílogo. Una obra fuera de tiempo que podría haber sido creada en los años 70 pues bebe tanto de las odas hippies como de los compases folkies de The Band o el Neil Young más lírico. Aunque, no obstante, tampoco termina de desentonar en el mundo indie. Eso sí, dentro de un compartimento especial porque es capaz de conjugar a la Creedance Clearwater Revival y el Springteen de Darkness con unas cuantas referencias de country y nuevo folk americano. Por más que su producción remite a los 80, como denotan los traqueteos de la batería eléctrica y esos teclados que dan un aire de sofisticada sencillez retro a cada tema que permite diferencia a War on drugs de todos esos innumerables grupos envueltos en ese cajón de sastre que es la etiqueta “americana” actualmente.

Seré sincero. Muchas veces creo que este disco no existe porque sus surcos son un oasis. Son capaces de cambiar un estado de ánimo repentinamente. En realidad, desde su mismo título, Lost in dream no engaña. Es una invitación a perderse en los sueños y los mejores recuerdos. Un ruego porque la libertad no se corrompa más, las Universidades en vez de ser cárceles se conviertan en canalizadores de ilusión y el rock vuelva a ser sinónimo de juventud, rebeldía, inspiración y creatividad y no el absurdo fósil en el que progresivamente se ha ido convirtiendo.

Lost in dream, sí, es una rememoración amable -sin teorías conspiranoicas- de los tiempos de Woodstock y aquella época en la que un hombre y una mujer se conocían en las praderas o un bar y no en internet. Un disco parecido a un caballo negro y libre atravesando una gigantesca montaña y a una camisa de cuadros caída en medio de una granja.

En fin, creo que Lost in dreams es un western. Una de esas películas con apariencia de inocencia de John Ford o Howard Hawks que, con el paso de los minutos, descubrimos no sólo que son sumamente complejas e inteligentes sino, ante todo, humanas. Es decir, que es arte que no ha perdido el pie con la realidad y los problemas de la humanidad.

Creo, sí, que Lost in dream podría ser la banda sonora perfecta tanto de una película sobre el nacimiento y apogeo de una familia norteamericana dirigida por Terrence Malick como de determinadas escenas mágicas de Los Soprano o Breaking Bad. Que David Lynch podría haber sustituido las hermosas cantinelas de Roy Orbison en Blue Velvet por cualquiera de los temas aparecidos aquí y su obra hubiera mantenido su magnetismo y que, en definitiva, es la colección de canciones ideal para rememorar un género –la road movie– que ya nunca volverá.

En cualquier caso, tengo muy claro que si tuviera de nuevo quince años desearía intensamente desvirgarme escuchando estas canciones que conducen la música norteamericana al lugar al que Chris Isaak ha soñado guiarla durante toda su carrera. Porque es una obra llena de murmullos angelicales que, al poco de comenzar a sonar, nos llevan de la mano a esas fiestas donde todo era posible y la sexualidad era aún un pozo secreto por descubrir. Shalam

القافِلة تسير والكِلاب تنْبح

El vino fermenta, la estupidez no

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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