Low

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Low es la esfinge de los discos de música pop, o mejor dicho, de los inclasificables. Los sutiles y enigmáticos. Aquellos que cuando, mirándolos directamente al rostro, les hacemos varias preguntas, se vuelven de costado y, sonrientes, nos remiten a nosotros otras tantas cuestiones cuya solución jamás hallaremos. Porque es imposible de encontrar totalmente. Como el significado de la mayoría de los sueños. Y por supuesto Low.Un album que ni el mismo Ulises sería capaz de desentrañar si se enfrentara a un gigante de un solo ojo o a una bruja de cuyos acertijos y hechizos tuviera que liberarse para continuar navegando. Surcando mares revueltos y en calma o paisajes fríos, helados como las abstractas composiciones de esta creación expresionista y minimalista al mismo tiempo. Esta joya etérea tan difícil de definir a no ser con metáforas. Palabras que no se encuentran en el diccionario y sentimientos que la mayoría de los seres humanos apenas han entrevisto. Acaso únicamente algunos artistas, aventureros, ciertos drogadictos y maniáticos hacinados en manicomios. Manadas de depresivos. Los primeros aventureros en llegar a la Antártida, los Polos, zonas pantanosas rodeadas de maderas secas, más propias del planeta Marte, en donde se pasean vigilantes reptiles y galápagos. Serpientes cuyo rostro semeja el de antiguas emperatrices egipcias. Un dinosaurio sin cabeza de cuya sangre brota el agua de la inmortalidad.

Cuando Low fue escrito o más bien bebido o disuelto en un elixir árabe, David Bowie era casi un muerto viviente. Un vampiro castrado en los huesos que, eso sí, se encontraba más vivo que nunca creativamente. Como si consciente de que podía expirar en cualquier momento, hubiera extraído fuerzas del más allá para darlo todo artísticamente. Visitar amplios y ancianos mundos antes de morir. O como si su diálogo constante con las parcas e hilanderas del destino, con el riesgo más febril, le permitiera alcanzar el entendimiento de nuevos lenguajes. Lenguas habladas en el desierto y ya perdidas o de las que únicamente se tiene conocimiento en países inexistentes y planetas fuera de la vía láctea. Low, digámoslo así, es un disco de heroína. Y de ácido. Una travesía  por la decadencia y melancolía grabada en un castillo francés desde cuyas almenas se oteaba el hundimiento del mundo contemporáneo. Se contemplaba el dolor sufrido por los europeos y japoneses tras las guerras atómicas y se escuchaba el vigilante latido de los ciudadanos acuartelados por la Guerra Fría. Atrapados en un muro detrás del que se sentía la opresión, las asfixia y los aires de la incertidumbre.

Low, sí, es hambre y terror. Líquido para extirpar la cabeza a los suicidas. Un fresco donde los payasos no hacen reír sino que muestran sus rostros aterrorizados. Huyendo de un monstruo que parecía perseguir en aquellos instantes a David Bowie obligándole a retorcerse, exprimir al límite su alma para extraer aliento de su tristeza y desesperación. Low es una máquina de matar almas. Y de crear misterios constantes. Low es sin dudas uno de los discos del siglo XXX. Una de las pocas sinfonías musicales que Scott Walker hubiera deseado dar a luz y pueden mirar de tú a tú sin complejos a esos fantasmagóricos discos llamados Tilt, Drift o esa ópera crepuscular ya directamente compuesta para los oídos del público del siglo XXXI que es Bish Bosch. Low es la literatura de Thomas Pynchon hecha música mezclada con retazos de poemas perdidos de Rainer Maria Rilke, versos de Paul Valéry y gastadas, épicas postales de la novela alemana de entreguerras. Pero también es krautrock y mucho más y menos que el krautrock. Es una sinfonía sideral en la que los teclados suenan como guitarras y los fondos de las baterías programadas como aspas de helicópteros. Una marcianada inenarrable que bien podría haber sido entonada por las sirenas que obligaron a Ulises a atarse a un mástil.

Low. Sí. Low. Low es Brian Eno joven, curioso y esquizofrénico. Loco universitario convencido de que masturbarse musicalmente era la mejor manera de hacer el amor con las divinidades antiguas y venideras. Y con cualquier animal o símbolo. Porque Low es un disco con el que las focas podrían bailar. Con el que hasta los pingüinos podrían asustarse. Una enormidad que a veces parece un funeral, otras una misa celebrada en una catedral románica y en ocasiones una inmersión en un túnel del que nunca jamás volveremos a salir y donde nunca contemplaremos una luz. La grieta en el cuerpo de un herido de la que no sale sangre. Una mirada al futuro profética que no necesita palabra alguna para sugerir el rostro de la eternidad. La llamada de las bestias sin dientes. Y de los mamuts enterrados en montañas de sal. Algo lógico. PorqueLow es una locura. Pura Psicosis y alienación. Una raya de cocaína compartida con Iggy Pop. Un fraseo de saxofón robado a John Coltrane e interpretado sin pensar demasiado, a la primera, por Carlos Alomar a la guitarra. El sonido de viejas farfisas atravesando salones art deco frente a la mirada de prostitutas delgadas. Un rito, un desafío infinito en un laberinto en el que David Bowie termina por ser siempre sacrificado por el minotauro frente a un sin de reflejos de sí mismo.

Low son estepas y campos nevados. Un disco que justifica toda una vida. Que da sentido a cualquier estilo y siglo. Una locura que nadie podrá explicar jamás con las palabras. Violencia y distorsión pero sobre todo, fragilidad. Debilidad. Low es un disco sin humor. Ideal para matarse. Estrellarse. Clavarse un puñal en las venas y sobrevolar los cielos como un ángel. Puesto que sí, Low es el paraíso de cualquier drogadicto. Flores marchitas y cenizas cayendo en el abismo. Una raya de cocaína inacabable extendida por solitarios campos. Un eterno paisaje desértico repleto de jeringuillas para inyectarse profunda, muy profundamente las texturas, paisajes y sonidos de una creación interminable construida para destruir la realidad -y al mismo tiempo ampliarla fragmento a fragmento sin cesar- de una vez y para siempre y jamás. Una muestra de lo que los seres humanos son capaces de realizar, las cotas que pueden alcanzar, cuando han perdido toda la esperanza. Shalam

عِنْد الشدائِد يُعْرف الإخْوان

              No existen reglas en el desierto

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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