Lunas

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El primer disco de Sugarcubes, Life’s too good, continúa brillando a pesar del paso del tiempo. Tal vez porque fue una creación compuesta por un grupo de muchachos islandeses obsesionados por el arte que consiguieron juntar amateurismo y profesionalidad, frialdad y pasión en un disco tan racional como sentimental. Una deliciosa máquina experimental que mezclaba pop y post punk vanguardista, abriendo hondas grietas y caminos en la música contemporánea. Life’s too good es un disco muy emocional. A pesar de estar muy meditado y bien producido, hay una enorme espontaneidad en cada una de sus canciones. Por lo que, a veces, parece que estamos asistiendo a un ensayo en el que, a partir de unas coordenadas claras, los músicos improvisan, aportando detalles y matices sonoros que no estaban previstos. Cuando Sugarcubes grabaron el disco, funcionaban más como un colectivo que como un grupo y se nota. Porque las guitarras son muy parecidas a pinceles y las canciones son similares a lienzos abstractos. Bjork, al contrario que en sus barrocos y decorativos últimos trabajos, se ponía al servicio de las canciones. No cantaba como lo hace ahora, como la soprano de creaciones cubistas realizadas a mayor gloria de su ego, sino que lo hacía con descaro y atrevimiento. Con una calidez juvenil que aportaba humanidad a canciones que por lo general, nunca se desarrollaban previsiblemente. Y además, jugaba y adaptaba sus registros a la intrigante y magnética voz de Einar  Örn,  con quien formaba un dúo frío y caluroso al mismo tiempo, que aportaba riesgo y locura a composiciones construidas como mecanos. Vibrantes melodías que se hacían y rehacían constantemente en medio de cortantes, incendiarias guitarras y desarrollos instrumentales abiertos a secretas dimensiones.

Life’s too good es una de esas obras para las que se creó la palabra arty. Una fusión cool, muy bien conseguida y equilibrada de distintos conceptos y estilos. El disco suena a veces (escasas, eso sí) a punk. Es agresivo y corrosivo. Una muestra de arte bruto llevada a cabo en una misteriosa isla. Pero también, puede escucharse como una lectura alucinada del pop de Manchester, o como una personal interpretación de la música indie. Sugarcubes parecían además, una estilizada, sofisticada versión europea de The B-52’s. Pero mientras la banda norteamericana remitía al arte popular y de serie B, a las películas de ciencia ficción y de John Waters, Sugarcubes lo hacía a Gunter Grass, Georges Bataille y al expresionismo. Las sinfonías marítimas y nocturnas compuestas en el norte de Europa, el free-jazz y los delirios de la pintura figurativa. Un mar de influencias (entre ellas, cabe citar el cabaret y los musicales) que cristalizaban en pop etéreo, aguerrido e indomable. Música utópica y quebradiza, volátil y con aires “marcianos”, ideal tanto para perderse por los paisajes de ensueño islandeses como para asistir a una performance o romper de un ataque de angustia una habitación. Shalam

إِنَّهُ لأَشْبَهُ بِهِ مِنَ التَّمْرَةِ بِالتَّمْرَةِ

Grandes riquezas, gran esclavitud

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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