Madrid

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El mítico primer disco de Burning, Madrid, era un artefacto realmente peligroso. Casi suicida. Emitía rabia, descaro y atrevimiento por todos sus poros. Deseos de destrozar costumbres, romper leyes y transgredir normas y prohibiciones. Era más un grito, un rugido, un zarpazo que un disco convencional. Madrid es un LP que bordea el filo de la navaja. Un aullido que podía haber terminado con todos sus compositores en la cárcel. Pues es un retrato de un sin fin de perdedores y seres impotentes que se niegan a aceptar a su destino y prefieren golpear antes que permanecer pasivos. Es casi una loa a la violencia, la rebeldía. Un lascivo homenaje a los asesinos. Y también, una obra nocturna. Maldita. Un homenaje castizo y nihilista a las fuerzas telúricas y destructivas, emergiendo insolente en medio de una España todavía sometida por la sombra del general Franco y la censura. Madrid me recuerda a Bilbao y Caniche. A esas obras corrosivas, espontáneas, telúricas y depresivas compuestas por Bigas Luna al principio de su trayectoria. Es un disco que huele a semen revuelto con tripas de carne. A revista pornográfica, talleres de automóviles, gasolineras y hormigón. A la desidia de las calles desiertas en domingo y a un texto de Francisco Umbral pasado de vueltas. Y sobre todo, a soledad. La soledad e incomprensión experimentada por decenas de miles de jóvenes españoles durante los setenta, pudiendo expresarse al fin como les viniera en gana.

En Madrid, los componentes de Burning parecían perros a los que después de muchos años, les habían quitado el collar y permitido correr salvajes por los campos. De hecho, mas que tocar instrumentos parecía que ladraban y que en vez de seducir al oyente, deseaban violarlo. Madrid es violencia. Un disco que por sí solo justifica el rock español. “Lujuria” es casi una masturbación sonora. “Jim Dinamita” una persecución sexual. Y “Sin tiempo para vivir”, una travesía callejera que no ha perdido vigencia. Un medio tiempo que rememora algunas de las odas de Lou Reed con descaro. Es un retrato generacional prácticamente involuntario. El grito de impotencia de jóvenes que oteaban con desconfianza la democracia y hacían de la apatía y el febril egoísmo sus barricadas. Una tétrica y nostálgica canción sobre el aislamiento que realmente perturba y provoca tristeza al escucharla. Pues es una feroz anticipación del fracaso y el derrumbe de los sueños de libertad, en la que se puede vislumbrar el descontento actual, realizada con talento y clase inusuales y casi con urgencia. Como si grabarla fuera una cuestión de vida o muerte para la mayoría de los integrantes de Burning.

En cualquier caso, ante todo, Madrid huele a clásico por los cuatro costados porque se encuentra lleno de buenas canciones. Es un disco que refleja un ambiente desgarrador hecho con talento, clase y desparpajo. Rock stoniano con ciertos toques de dandysmo y energía glam que recoge la atmósfera de un momento único. Mezcla el ambiente del barrio y los distritos obreros con el salvajismo individual y combina con absoluta naturalidad, posos anárquicos y divertidos con cientos de lamentos solitarios. Logrando además traducir de una manera muy personal a la realidad española, las marcianadas de Bowie y New York Dolls. En fin, realmente se siente que Madrid es un disco hecho por amor y necesidad. Algo que se percibe en cada uno de sus surcos y ha hecho que haya sobrevivido al tiempo, convirtiéndolo en un inusual, transgresor retrato sociológico de una era. Banda sonora de la transición y estos tiempos confusos. Porque lo que allí decían Burning, al fin y al cabo, se encuentra hoy en día absolutamente vigente. Es plena actualidad: que la abstención y la insumisión son dinamita contra el poder corrupto. Shalam

إِنَّهُ لَيَعْلَمُ مِنْ أَيْنَ تُؤْكَلُ الْكَتِفُ

El secreto del éxito es la honestidad. Si puedes evitarla, está hecho

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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