Edificios derruidos

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Creo que los cinco primeros discos de Manic Street Preachers son sin dudas de los mejores del rock británico de los 90. Manic se merendaban en 10 minutos a la mayoría de ídolos del brit-pop. Porque sus referencias eran el trueno y el ruido. No querían conquistar las radios sino el cielo y los infiernos. Por eso cada una de sus obras parecía tanto una batalla política como mitológica. Eran lanzas que planeaban por las alturas y, a su vez, describían las desigualdades de la sociedad británica; de ese capitalismo frente al que la mayoría de las ocasiones tan sólo quedaba el berrinche y el grito.

Ciertamente, los primeros discos de Manic Street Preachers no eran optimistas. Eran más bien gritos de resistencia. Berridos de ahogado. A pesar de la fuerza que transmitían, en cierto sentido, se encontraban grabados desde los estertores del mundo civilizado. Eran reconocimientos de la derrota de la humanidad. Parecían haber sido escritos en edificios destruidos. Tras la caída de una bomba. En medio de escenarios desiertos. Y esa era precisamente su mérito. El de ser un grito de desesperación, un aullido de cólera ante una sociedad deshumanizada y perdida pero, a la vez, poseer un sonido (las producciones de cada uno de estos discos merecen un capítulo aparte) que, sí, -como acabo de subrayar- parecía haber sido grabado en un refugio nuclear, un vertedero de basura o en medio de una guerra pero que, a la vez, poseía determinados elementos melodramáticos y arreglos orquestales que insuflaban aire a las canciones. Y las hacían elevarse por encima del suelo. Dotándolas de una sensibilidad especial que les permitía conectar perfectamente con una juventud que, dos décadas después del punk, necesitaba algo más que insultos, golpes directos a la frente, puñetazos y el nihilismo consustancial a todas esas canciones frenéticas que hicieron estallar las calles de Londres a finales de los años 70.

Necesitaba rock, sí, velocidad, sí, golpes frontales, sí, pero también reflexiones viscerales y canciones cuyas letras fueran mucho más que insultos. Describieran con desprecio la supuestamente maravillosa sociedad del bienestar. El final del «siglo del yo», como rezaba el fabuloso e inquietante documental creativo de Adam Curtis.  El sonido de los discos de Manic Street Preachers era intenso y peligroso.  Transmitía inquietud y, aunque eran una banda procedente de Gales, daba cuenta perfectamente de la desintegración social de Inglaterra durante la era Blair con mayor contundencia y eficacia que Radiohead, a pesar de que los laureles se los llevó la banda de Thom Yorke con su Ok Computer. Tal vez porque Radiohead eran completamente escépticos y, a pesar de parecer estar componiendo en un edificio en trance de derrumbarse, Manic Street Preachers sí que transmitían deseos de luchar. De Resistir. Creían en el activismo político y si caían en el hedonismo era para oponerse a la automatización de la vida laboral y personal.

Manic Street Preachers recordaban a The Clash y Buzzcocks pero también en ciertos momentos a T-Rex y a los grupos travestidos de los 70. Había algo en ellos absolutamente grande. Aspiraban a todo y si no terminaron de conquistar el cielo fue tal vez por la misteriosa desaparición de su guitarrista, Richey Edwards. Una pérdida muy importante que transformó tanto las vidas de los componentes del grupo como su sonido y estética. Lo cual no fue obstáculo para que dejaran una serie de canciones que parecen haber sido escritas ayer mismo. No han envejecido. De hecho, esa es precisamente una de las características de su música que más me fascina. Que suena actual. La rabia que desprende continúa vigente. Tanto como la de discos como Too fast for love, Coocked and Loaded o Appetite for destruction con los que tiene muchas más similitudes de los que podría pensarse en un principio. Sobre todo, esa mentalidad suicida y visceral que convierte cada canción en un rodaja de odio, una gota de sangre, una violación sonora y un aullido animal. Un antídoto contra el aburguesamiento.

Los discos esenciales de Manic son -repito- los cinco primeros. Para empezar porque no están circunscritos a una época en concreto sino que trascienden el momento en que fueron grabados. Probablemente porque detrás de la furia y acidez que transmitían en primera instancia, existían gloriosas composiciones. Muchas de las canciones más vertiginosas de Manic podían transmutarse perfectamente en baladas emotivas y muchos de sus medios tiempos tendían, a su vez, a convertirse en rabiosos himnos rockeros capaces de hacer mover los pies de miles de jóvenes sin ningún problema. Porque, aunque el ruido de cada una de sus producciones pudiera ocultar este hecho, no cabe duda de que eran excelentes compositores. Y a quien lo dude, le animo a hacer este prueba: imaginar al Bowie de los 70 entonando muchos de sus himnos. Algo realmente delicioso que, de seguro, hubiera puesto en el disparadero el inmenso caudal creativo de esos cinco discos.

Cada uno de ellos es, efectivamente, un poco diferente del otro y marca una evolución ascendente, una progresión absolutamente encomiable que, eso sí, llegados a un límite se estancó en la mediocridad.

Seré sincero. Lo que vino después de This is my truth Tell Me Yours -a excepción de algunas canciones sueltas- prácticamente no me interesa. Pero esos primeros cinco discos me parecen realmente explosivos. Bombas de nitrógeno. Pocos grupos supieron mezclar el punk y el glam con la épica de manera tan personal. Con tanta intensidad. Hasta el punto de ser capaces de convertir cada segundo de escucha de sus discos en incendiario. Puesto que, en definitiva, aquellos muchachos intentaban sin cinismo ni timidez devolver el fuego del rock a sus orígenes. Cuando se pensaba que aquella diabólica música podía revolucionar las costumbres sociales y transformar las conciencias. Esto es; cuando se sentía que no era tan sólo un escudo para soportar las desavenencias de la vida cotidiana sino un arma cargada de lirismo, vida y metralla con la que disparar contra todo tipo de injusticias. Shalam

لا توجد عقبات مستحيلة. لا يوجد سوى الإرادة القوية والضعيفة

No hay obstáculos imposibles; sólo hay voluntades fuertes y débiles

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Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen:….me lo he tatuado en mi puto culo………
    2ºimagen:…..quien es quien?…..son lo mismo…….las alambradas y el puño negro x…….
    3ºimagen:…..todo mi brazo hasta el hombro esta lleno de pulseras metalicas…….jajajjj……in-visible…..
    4ºimagen:…..puerto rico y españa………en directo, en el pecho…….
    5ºimagen:…..las «tres gracias»….frente-perfil izq y perfil dech……jajajjj
    6ºimagen:..recien salidos del sanatorio del doctor amarcord…una piedra en la cabeza……baja de ahi ahora mismo…….
    PD1:….https://www.youtube.com/watch?v=xWmqebma-wI…amarcord….1973……
    PD2:…el solo de organo va que ni pintao para la situacion actual de tu zona…..mar negro dos….vaya birria!!!!……….

  2. Alejandro Hermosilla on

    1) Yo diría en el puto pecho. 2) Foto de grupo indie que no les favorece. 3) Foto de grupo escapado de los 70 y caído en un manicomio que tampoco les favorece. Imitando a los Dolls. 4) Rosa en funeral. Baile fúnebre. 5) Barrilete cósmico. Homenaje a Francis Bacon. 6) En busca de Pinkf Floyd mientras se huye de Pink Floyd. PD: enorme filme que debo volver a ver algún día. Mar Menor y negro. Puro petróleo. ¿Qué se puede decir a eso?

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