Manowar o la guerra

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Por razones que ya daré a conocer a su tiempo, he dejado de escribir por el momento Ruido y estoy concentrado en la escritura de una novela corta. No quiero hablar demasiado sobre este libro aunque sí creo pertinente indicar cuál está siendo la banda de rock más escuchada mientras lo urdo: Manowar. Sí. El grupo de salvajes venidos a este mundo para redimir a las tropas del metal y al ser humano en general. Una banda que desde que salió a la venta su primer disco a principio de los 80, se diferenció del resto por la ropa que sus integrantes vestían -parecían una tribu primitiva antigua o guerreros nórdicos- además de, claro, su particular forma de interpretar el heavy metal. Desde el título de su primera obra, “Himnos de batallas”, Manowar dejaban claro sus intenciones. Su arte no era para los débiles sino para los valientes. Ellos venían a luchar en este planeta. A traer un mensaje de verdad a la tierra. Y su destino era vencer o morir. No había colores intermedios en su filosofía. Sólo el blanco y el negro. Porque ellos eran guerreros. Bestias que componían canciones como quien talla espadas, escudos o cinturones y las interpretaban como si estuvieran entablando un duelo a muerte frente a los soldados de otra tribu.

La música de Manowar era potente como el acero. Afilada como una cuchilla. Sus discos eran espadas. Escudos capaces de derribar la resistencia del oyente a través de su empuje, su ostentosa fuerza. Y desde luego, no dejaban indiferente a nadie. Se los amaba -lo cual significa rendirse ante ellos- o se los odiaba. Justo es decir que se enfrentaron con muy duros contrincantes en la batalla por ser considerados el grupo más duro del metal, los más sagrados descendientes de Odin: los grupos de trash-metal surgidos de los extrarradios de las ciudades industriales norteamericanas. Para conseguir, por tanto, su objetivo tuvieron que delimitar con mayor claridad tanto sus objetivos como el territorio en el que desarrollarían su arte. Como no podían tocar más rápido de lo que lo hacían pues esto hubiera supuesto perder gran parte del lirismo de su música y su componente épico, decidieron subir el volumen de los amplificadores en sus conciertos al nivel más alto permitido. Y, desde luego, si alguna vez tuvieron dudas respecto a si los atuendos de guerreros que vestían eran los más adecuados para transmitir su propuesta estética, quedaron abolidas totalmente desde el momento en que surgió el primer disco de Metallica. Momento en el que Manowar comprendieron que debían imponerse visualmente al público. Hablar con voz lo más alta posible. Y mostrarle lo importante que era luchar, creer en uno mismo y ser fuertes en las sociedades modernas. Sociedades que, desde determinado punto de vista, no se encontraban muy lejos de aquellas primitivas, míticas, arcaicas a las que Manowar hacían referencia en las portadas de sus discos, sus vestimentas y sus letras. De hecho, el rascacielos, el coche metálico o el arma de fuego podían ser comparables a la espada, el palacio o un caballo. Tras todos estos símbolos se escondía mucha sangre derramada y, en última instancia, el deseo por parte de sus creadores y propietarios de fecundar a cuantas más mujeres fuera posible.

Los norteamericanos eran por tanto salvajes, bárbaros, animales, a los que había que golpear duro a través de las canciones. Pues su alma estaba hecha de metal, su corazón de hierro y únicamente les estaba permitido llorar, emocionarse, si se les atizaba con dureza o se les llevaba a un límite extremo sensorial. Y a esto se dedicaron los integrantes de Manowar en discos que son rocas resistentes a todo empuje y se imponen a golpe de espada y motor. Son metales tallados en piedra y acero entre los que resuenan las voces de Orson Welles o Christopher Lee, las de innumerables guerreros enfrascados en batallas y casi que se puede disfrutar del sabor del buen vino servido en la aldea tras la victoria en la guerra El perfume de un tiempo sin piedad que no es en absoluto, ajeno al nuestro.

 Más que músicos, Manowar eran combatientes, supervivientes en un mundo cruel. Forjaron un estilo que llegó a su más alta cota expresiva en sus imprescindibles Fighting the world y Kings of Metal y de paso, consiguieron actualizar el mensaje que se escondía en los cómics de Conan. Pues, al fin y al cabo, procedían  de EUA. Una tierra donde los motivos por los que el personaje creado por Robert. E. Howard surgió, todavía continúan existiendo y reproduciéndose a todos los niveles. Como pusieron de manifiesto estos monstruos del metal cuya mera existencia estaba aludiendo, desde el principio, a la violencia de una sociedad -la norteamericana- donde únicamente sobrevivían los más fuertes y la más sagrada verdad era la de las armas. Y solamente quienes fueran capaces de manejarlas, defendiéndose y atacando a los enemigos, sobrevivirían en un mundo aparentemente pacífico, democrático y construido sobre todo tipo de buenos principios pero, en realidad, muy insolidario, y tan peligroso para los hombres de buena voluntad, como lo había sido el de la era Hiboria para los contemporáneos del guerrero de Cimmeria. Shalam

 ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

El dragón inmóvil en las aguas profundas se convierte en presa de los cangrejos

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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