Master

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Master of Puppets es un disco perfecto. La banda sonora ideal para ilustrar la vida en las sociedades post-industriales. Los miembros de Metallica crearon un enorme monstruo lleno de matices y sensibilidad. Un viaje a varias velocidades por una autopista donde la desesperación y la oscuridad eran iluminadas por pausas, pasajes reflexivos y lúcidas metáforas en medio del caos. Master es un disco muy equilibrado. Un lienzo lleno de expresiones de furia y amor que conviven armónicamente. Metallica supieron captar el descontento creciente en medio de la inmensa ola consumista. Retrataron con dos o tres violentos riffs el sentimiento de orfandad de cientos de jóvenes, obligados a trabajar y sobrevivir como bestias en las grandes ciudades para los que el sueño americano no era más que una palabra hueca. Un sin fin de coches de lujo en los que probablemente nunca llegarían a subirse. No obstante, Master no es un disco agresivo. No hay tanta violencia aquí como en los dos primeros discos de la banda porque, ante todo, es un disco maduro. Ni pesimista ni optimista, traza las coordenadas musicales del metal del futuro con tanta arrogancia como conciencia. En Master, sí, Metallica no están reaccionando contra el mundo. Están por primera vez describiéndolo. Dueños de sí mismos y de sus pasiones, ofrecen una visión entre telúrica y rebelde del capitalismo que, de no ser por su deriva posterior, hubiera podido servir perfectamente de sintonía y punta de lanza a cualquier movimiento antiglobalizador. De hecho, Master está lleno de guiños contra la manipulación y a favor de los excluidos y rebeldes, y no falta tampoco aquí la alusión a H.P. Lovecraft y ese mundo de terror que tan bien identificaba el mundo sin alma capitalista. La destrucción de las raíces de la tierra por el beneficio económico.

Master es un disco laico. Ninguno de los ecos de sus canciones resuenan en medio de una catedral como lo hacen los de Black Sabbath. Las guitarras y voces no remiten a las fantásticas obras de espada y brujería como ocurre en los discos de Dio. Y desde luego, ninguna de sus canciones puede ser bailada ni tatareada. Porque Master es un disco anti-glam, surgido de un mundo en el que dios murió hace mucho tiempo, y fue sustituido por el dinero. Una sociedad en la que unos pantalones rotos eran una forma de expresión juvenil mucho más valorada y entendida que cualquier verso surgido de un libro clásico. Y por ello, lo que resuena al escucharlo es el vacío. La impotencia. El ruido de un motor perdido en medio de un inmenso rascacielos. La sensación de gritar contra nadie y sin finalidad alguna. En definitiva, sí, Master es puro presente. El último aullido del metal antes de ser enjaulado por la MTV. Una extraña continuación de las salvajadas de The Stooges y el punk nacida en la era de los videojuegos. Una clase magistral sobre el trash metal, que lo mismo podría haber sido impartida en la calle o la Universidad. Un disco que sonará igual de fresco en el 2030 que cuando surgió, capaz de sacar de las catacumbas una expresión musical parecida a una bomba atómica contra Wall Street. Shalam

أُحِبُّكَ يَا نَافِعِي وَلَوْ كُنْتَ عَدُوِّي

Se puede confiar en las malas personas. No cambian nunca.

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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