MBV

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MBV es un disco introvertido capaz de hacer estallar los cerrados muros de una habitación. Es una prisión. Un viaje mental. Música que quisiera continuar siendo polvo de galaxias, hilo delgado de cometa y tierra roja de Marte o Venus. Un disco implosivo. Una obra que niega insistentemente el pasado y el futuro y sólo acepta el presente. Es una píldora disolviéndose lentamente en el hígado. Un ácido que va poco a poco haciendo aparecer imágenes ante el oyente de jaulas, salas cubiertas con techos de metal o camas de hierro donde agónicos pacientes meditan sobre su ocaso.

Mbv es una instalación de arte contemporáneo. El ruido cerebral procedente de una sociedad drogada. Más una propuesta que una acción. Más la insinuación de un final que un posible comienzo. Un disco sobre la sociedad cerrada, la angustia y la soledad total. Una obra que dura menos de un hora, aunque podría extenderse por siglos porque niega el tiempo. Lo expande, concentra y lo arroja fuera de sí como si fuera una pompa de jabón o una burbuja. De hecho, los guitarrazos parecen trozos de cristal y las voces, chapoteos de insectos en un acuario sin agua lleno de peces muertos. Y todas las canciones en su conjunto, un réquiem de Occidente. Una enorme masa de aire condensado.

Mbv es música para autómatas. Ciencia ficción del rock. Canciones abstractas que condensan un sinfín de deseos no logrados. La líbido muerta occidental. Es un disco que explica cómo será el mundo tras el capitalismo. Un lienzo compuesto con el color de las menstruaciones de las mujeres del futuro. Es el púrpura y azul que aparece en cientos de sueños oblicuos, un paseo vertiginoso por el laberinto sin salida en el que se encuentra la música actual y un grito ahogado que pretende destruir sus muros.

MBV es una aspiradora. La psicosis llevada a su extremo. Una casa tan limpia y hermética que daña. La hélice de un avión estallando en el aire. Un altavoz obstruido del que, después de varios días, emerge sonido. Una obra llena de ruidosas melodías que no existen más que en la cabeza de Kevin Shields. Un disco compuesto en el umbral entre la vida y la muerte que se encuentra en ningún lugar concreto,  como un satélite extraviado. De hecho, podría perfectamente haber sido urdido en otro sistema solar o lunar. Ser el semen de algún astronauta perdido o las venas del mayor Tom abriéndose lentamente al ser transportado en una cápsula espacial hacia algún remoto planeta. Shalam

أََبْخَلُ مِنْ كَلْبٍ عَلَى جِيفَةٍ

Más tacaño que los cerdos ante la mierda

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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