Meat loaf

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Michael Lee (más conocido por su nombre artístico Meat Loaf) siempre se ha considerado a sí mismo un intérprete. Y no seré yo quien le contradiga. De hecho, creo que para valorar su verdadera dimensión como cantante, para saber quién es realmente, no basta con escuchar sus discos. Es necesario verlo moverse en un escenario.

Hay algo absolutamente teatral pero también profundamente bestial en sus movimientos y en su forma de sentir y sufrir las canciones. Lee no canta. Da golpes de boxeo. Se pelea con sus fantasmas. Lucha contra su pasado. Realiza confesiones públicas. Baila como poseso.

Es bien sabido que su padre era alcohólico, que su infancia tuvo algo de infernal (sus compañeros de escuela se burlaban constantemente de su aspecto físico) y creo que por momentos el escenario ha sido para él una barra de bar donde vomitar, bailar, cantar y compartir con la gente sus fantasmas. Esa es la clave de la fascinación que produce. El que, por más sobreactuado que parezca, siempre es auténtico, real. Siempre transmite dolor, confusión, alegría, sufrimiento. Nunca interpreta a nadie. Su pose es, por así decirlo, sincera y brutal. Cuando lo veo cantar, tengo la sensación de que moriría si alguien le quitara el micrófono. Un poco como el niño al que le quitan su juguete favorito.

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Es imposible, por supuesto, explicar el éxito de Meat Loaf sin referirse a su mano derecha: el recién fallecido Jim Steinman. Ambos formaron una pareja con tanta enjundia como la de Jagger o Richards. Por más que sus colaboraciones fueron mucho más discontinuas. Digamos que Lee era el búfalo. El pedazo de carne. Y Steinman la limonada. La sensibilidad. Lee cantaba como un toro. Se comía cada palabra. Era una fastuosa reencarnación de los antiguos rockeros. Transformaba el blues en un balón de fútbol y llevaba tan dentro el soul que parecía recién salido de una granja. Encontrarse poseído por el espíritu negro. Y, por otra parte, Steinman era el esteta. El melódico. Lo mismo tocaba una nota que hacía pensar en una canción de Olivia Newton John o Cher que en una de West Side Story. Steinman parecía a veces un compositor de bandas sonoras de fantasía y dibujos animados. Un creador de baladas y melodías azucaradas que no obstante, se adaptaba perfectamente al rock más callejero. Era posible imaginarlo haciendo tanto un soundtrack de Conan o He-Man como de una nueva versión de Calles de fuego o Grease. Y, por supuesto, también de El mago de Oz.

Lee era el whisky y Steinman la bebida de complemento. El primero era el hígado maltrecho y el segundo, el riñón de un adolescente sano y soñador que, de tanto en tanto, fuma un cigarro y se va de fiesta. El uno y el otro se complementaban perfectamente como Dionisos y Apolo.

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Meat Loaf, como banda, como concepto, ha sido uno de los grupos más originales y distintos que ha habido en el mundo del rock. No sé si ni tan siquiera Queen llegó a sus cotas de teatralidad kitsch. Algunos de sus discos parecen óperas-rock fantásticas. Ensoñaciones rockeras parecidas a delirios megalómanos de una panda de moteros. Pesadillas salidas de un cuarto plagado de adolescentes ególatras deseosos de ser estrellas. Musicales callejeros. Melodramas que remiten tanto a los filmes de Douglas Sirk como a las teleseries protagonizadas por adolescentes inadaptados que gastan su escaso dinero o bien en discos de Elvis o en cómics de Marvel. Películas imposibles por las que lo mismo pueden desfilar los más disformes freakies como monstruos abigarrados e invencibles del estilo del que Richard Corben dibujó para su portada y acostumbraba a presentar en sus cómics.

En realidad, si el mundo fuera un lugar ideal, cualquier adaptación fílmica de las aventuras de El motorista fantasma debería presentarse con la banda sonora de algún viejo disco de Meat Loaf. Y probablemente en alguna película de John Waters debería haberse colado alguna de sus canciones. Porque Meat, desde luego, no era normal. Gran parte de su obra parece una secreta continuación o una bifurcación del Rocky Horror Picture Show en cuya adaptación fílmica tuvo Lee una aparición estelar a tono con su vida y posterior carrera artística. Una explosión artística y comercial que, obviamente, teniendo en cuenta sus antecedentes familiares y personales, le produjo en ocasiones más problemas (cayó en el alcoholismo y una profunda depresión tras casi perder la voz) que goce.

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En realidad, el sonido de sus más logrados discos junto a Jim Steinmann es muy difícil de definir. Sobre todo, obviamente, el de Bat out of hell. Por un lado, es compacto como un tonel. Denso y envolvente pero increíblemente sólido. De hecho, las notas parecen por momentos tocar el suelo, logrando que las guitarras, el bajo y la batería huelan a hamburguesa, vino barato, sudor, tocino, bar y sexo sucio. Pero en sus momentos más mágicos, en combinación con el piano, los sintetizadores o el saxofón, se elevan como rayos de sol o angelicales rezos eclesiásticos. Mérito en gran medida de la magnífica y tantísimas veces loada producción de Todd rundgren. Alguien con el oído lo suficientemente fino y sensible como para dotar de suavidad y altura a cualquier composición del grupo pero también lo suficientemente salvaje como para permitir que toda la bilis de Lee y su banda estallara convirtiendo la rabia en un alarido monstruoso tremendamente fascinante para adolescentes como para adultos enamorados profundamente del magnetismo fantasioso del rock.

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Se suelen despachar con mucha alegría como mediocres o fallidos los discos de Meat Loaf sin una presencia acusada de Steinmann, pero creo sinceramente que es una equivocación. Una de esas afirmaciones rellenas de vaguedad. Creo que todos tenemos claro que las dos primeras partes de Bat out of hell son hitos. Cimas. Megalomanía fantástica de lujo. Pero el resto no son en absoluto desechables. Al fin y al cabo, incluso afónico y con sus cualidades vocales diluidas (como en Dead Ringer) ahí está Lee. Alguien al que se le podrá acusar de todo (por supuesto, también de hortera) pero no de no poseer una inmensa personalidad. De no imprimir sentimiento a cada canción que interpreta. De hecho, su voz llena con tanta rotundidad el espacio sonoro que por momentos da igual lo que cante.

En cualquier caso, yo disfruto muchísimo tanto de trallazos macarras como Bad Attitude, de obras con un irresistible halo creepy como es el caso de Welcome to the Neighbour hood o de un disco con un sonido FM tan marcado Blind Before I stop. Una obra masacrada que a mí siempre me pone de buen humor. Me basta despertarme y escuchar su producción tan exageradamente ochentera y varias de esas melodías compuestas pensando en reventar los charts (no lo consiguieron) y ser puestas a todo volumen en un descapotable para sentir que por supuesto que la vida tiene sentido. ¿Cómo no va a tenerla si hay alguien capaz de grabar un tema como «Getting away with Murder» que no desentonaría como banda sonora de Mad Max III, El coche fantástico o Corrupción en Miami?

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En suma, Meat Loaf son una anomalía absoluta en el mundo del rock que, al mismo tiempo, representa perfectamente este estilo. Por un lado, son casi una parodia irónica de sus más sobados tópicos y, por otra parte, son su magnificación. Una exageración megalómana de sus características. Y es eso precisamente lo que tal vez los llevó al éxito. El hecho de mostrar en escena, sin miedo al ridículo, el exagerado aspecto de las fantasías rock.

Puede que muchos artistas intentaran ocultarlas o atenuarlas pero, en gran medida, la mayoría deseaban ser gigantes. Y, mismamente, el público no necesitaba cotidianeidad en el escenario sino Dioses. Un doble juego y ritual que Meat Loaf entendieron perfectamente y teatralizaron de manera puramente instintiva. Sin intelectualización alguna. A base de sudor, guitarrazos sucios y melodías angelicales que lo mismo podían escucharse en el teatro o una discoteca que en un bar salvaje de Texas. ¡Puro espíritu norteamericano! Shalam

الإنسان ليس تعيسًا طالما أنه ليس ظالمًا

El hombre no es infeliz mientras no es injusto

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Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen:….»cacho carne» y su camisa con chorreras a la tarta al whisky………..
    2ºimagen:….»cacho carne» insistiendo en las chorreras…..
    3ºimagen:…..bueno, pues aqui estamos los dos…uno desafia y al otro se la «suda»……..
    4ºimagen:..comercio colorao.(compre el lp en su momento y lamentablemente fue un puff para mi..) sonrisa..
    5ºimagen:…..crujen los nudillos, jajajjjj….y llevo unos pelos de patti smith que no puedo con ellos…….
    6ºimagen:……mi voz no existe, no es significativa…..(si se es cantante esa es una condicion…)
    7º imagen:….comercio azul……

    • Alejandro Hermosilla on

      1) Horror bufo. 2) Operación Triunfo edición 1983 3) A veces, momentáneamente, alcanzo cierta satisfacción. 4) Tenía muy claro que no te gustaría este disco. Caricatura: rock y dinosaurios. Planeta salvaje 5) El malo de Twin Peaks cuando aún tenía cara de bueno y no había sido poseído 6) Canto en el infierno. 7) El Joker contra los vampiros celestes

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