Metal box

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Metal box es una siniestra homilía sobre la música industrial. La crónica de un desastre, de una incineración. Un disco que negaba el futuro pero ha sobrevolado el tiempo. Hay algo muy desagradable en Metal box. John Lydon no canta. Escupe. Levita. Parece hablar en sueños y estar empeñado en cargarse las corrosivas melodías con su voz. No acompaña los temas sino que los destroza. Los hace caer por un barranco sonoro. Pero paradójicamente, es así que consigue darles realce. Porque Metal box es uno de esos discos que aspira a la destrucción. No es música sino ruido y no se encuentra formado por canciones sino por aspas, dolorosas sierras, máquinas nihilistas. En realidad, a Metal Box hay que valorarlo por los caminos que abre más que por su capacidad de hacer gozar. De hecho, no es un disco hedonista sino masoquista. Una obra que ahonda en el sinsentido y el sufrimiento. La áspera vida de los barrios ingleses. Pero lo hace de manera tan tortuosa como experimental. Mezclando el kautrock con el punk y el reggae infeccioso con experimentaciones vanguardistas. En realidad, Metal Box es un disco áspero. Uno de esos que anuncia el más crudo invierno y que destroza tímpanos no por el estruendo que hace sino por la crudeza con la que se refiere al suicidio capitalista y a la ausencia de esperanza. Es una cuchilla afilada. La marca que hace el asesino en la garganta de la víctima mientras le cuenta una historia con voz histriónica y pausada.

Hablar de Metal box y no hacerlo de la guitarra de Keith Levene y del bajo de Jah Wobble es prácticamente imposible. Porque más que impulsar melodías, Levene construye texturas y atmósferas. Parece que no toca la guitarra sino que la desflora. Que compone canciones con cuerdas rotas o apoyando su instrumento sobre altavoces estruendosos. Y que se encuentra más interesado en los ecos que en los riffs que extrae de un instrumento que convierte en papel de aluminio y al que hace vibrar como si fuera a ser inmediatamente destruido en una fábrica. Y por otra parte, Wobble transforma el bajo en el elemento central del disco. Lo convierte en el ejecutor central de toda clase de ritmos esquizoides y psicóticos. Un asesino musical que entra y sale de las canciones a su antojo transformándolas en pesadas maquinarias. Hits de fuego llenos de incendiarios guiños al funk y la música disco de los 70 ideales tanto para ejercer de banda sonora de un ritual chamánico en las islas jamaicanas como para secundar la caída de un edificio.

Metal box era un presagio. El anuncio de que en las ciudades modernas no habría parques. Un disco dirigido no tanto a las clases obreras y desclasadas sino a los futuros supervivientes de un mundo apocalíptico. Era el soundtrack perfecto de Mad Max y la zombificación actual. Una obra que ponía música a los sonidos que emergían del cerebro de los consumidores en un supermercado y que creo que trascendió el post-punk. De hecho, es una obra clásica porque no hay mejor banda sonora para testimoniar la autodestrucción cotidiana. El asco y repulsión que producen los políticos y la gran mentira del ecologismo. Metal box era un vómito, sí, pero un vómito reflexivo que ponía de manifiesto que la ira de los punks era, ante todo, un acto de lucidez. Un manifiesto visionario. Una profecía. Responsabilidad social. Shalam

إِنَّ الْجِيَادَ نَضَّاحَةٌ بِالْمَاءِ

Quien no tiene enemigos, tampoco suele tener amigos

 

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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