Monstruos

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Muchos de los fans de Bowie hubieran deseado que el último disco que grabara fuera Scary monsters. Probablemente porque tiene fama de ser su canto del cisne como artista radical y vanguardista. Una afirmación con la que en absoluto estoy de acuerdo (ahí está Outside) pero puedo entender. Scary Monsters es un disco visionario. Una acuarela abstracta sobre el mundo posmoderno. Es pura cocaína. Una obra que describe la vida contemporánea con una lucidez aterradora. Las guitarras son esenciales en Scary Monsters. Carlos Alomar y Robert Fripp tocan sus instrumentos como si fueran soldados de una guerrilla. Consiguen que el sonido cruja y crean tortuosas e inquietantes estructuras rítmicas que además de ser absolutamente contundentes, tomarían amplia relevancia en la música popular una década después. Scary monsters es una obra violenta y depresiva. Un relato de Lovecraft convertido en disco. Un retrato decadente y esquizoide de la monstruosidad y la fealdad.  La banda sonora de la vida de cientos de sujetos enfermos: yonkis, zombies o aprensivas adolescentes. Bowie cantaba como una araña en el disco. Parecía moverse entre las sombras con alegría. Diagnosticando enfermedades y catástrofes con discreción. Ya no era ese cadáver que había dado luz a Low. Ahora era un vampiro renacido, divertido de poder bailar durante las noches y ofrecer su punto de vista espectral sobre la realidad.

Scary monsters no suena desolador. Tampoco exactamente experimental. Conjuga perfectamente riesgo y comercialidad. Es la mezcla perfecta entre el glam rock y el post-punk. Es el disco que hubieran querido grabar Bauhaus a finales de los 70 y Ministry a mediados de los 90. Una obra que describía perfectamente el individualismo y el nihilismo contemporáneos y sobrevolaba los estertores del punk con elegancia y cinismo. Cierto aire profético. Aunque, ante todo, Scary monsters será recordado por “Ashes to ashes”. Una de las mejores canciones pop compuestas jamás. Un agudo análisis sobre el final del sueño hippie y la conquista del espacio. Una sugestiva bomba sideral que era un reflejo evanescente de una sociedad distópica cuyo video marcó una época. Era el reflejo especular de una sociedad seducida peligrosamente por el ocaso, los abismos y las catástrofes. Fascinada por su propia final. Shalam

إِنَّ الطُّيُورَ عَلَي أَشْكَالِهَا تَقَعُ

Dichas que se pierden son desdichas más grandes

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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