Motor en las cavernas: Badmotorfinger

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Badmotorfinger no es un disco sino una piedra rodando por un desfiladero infinito. El rugido de un dinosaurio que vuelve a la vida tras miles de años enterrado. La cacería con lanzas y flechas de un mamut blanco realizada por un grupo de vikingos que se adentran en la nieve y los hielos sin más abrigo que unas cuantas tiras de pieles. Lo que suena en los oídos de Alan Moore antes de dormirse y despertarse. Un muro de cemento imposible de destruir por más bombas que se le arrojen. Aunque lo empujen una manada de bulldozers y tractores.Badmotorfinger es una bestialidad. Una fuerza de la naturaleza. Un combate a muerte entre un oso y una ballena, un tiburón y un Dios nórdico. Sonido concentrado con la fuerza de un conjuro. Arpones clavándose en una morsa que llora de rabia. Un mundo en el que no hay piedad para los débiles y no hay descanso para los valientes. Donde cada persona tiene que luchar con sus manos por echarse un pedazo de carne cruda a la boca.

Tengo la impresión de que cuando grabaron Badmotorfinger, Soundgarden no eran músicos. Se convirtieron en guerreros. Establecieron una batalla con el viento. Quisieron desafiar al trueno. Se tomaron cada canción como si fuera una oración sagrada antes del combate. Como si tuvieran que atravesar con sus lanzas un sol negro. Acabar con un eclipse para que volviera a llover, salir el sol y la tribu pudiera aparearse. Soundgarden eran animales. Fieras que sabían que mordían el hueso de la música o acabarían olvidados. Pidiendo limosna, tocando viejos blues orgánicos en un prostíbulo regentado por una pandilla de hijos de puta y mediocres. Y desde luego que destrozaron el esqueleto. Lo estamparon contra el suelo mientras una manada de simios los alentaban y los dioses sonreían de orgullo en los cielos. No hay pausas enBadmotorfinger. Todo allí es natural y sabe a tierra. La banda parece una motocicleta de piedra. Un peñasco que rueda por las colinas y montes y salta por los desfiladeros con la agilidad y fuerza de un venado. Ese puñado de acero es el ruido que hacen los demonios al emerger del infierno pero también los eructos divinos tras el vino de un combate. Es la locura de la guerra. La del gladiador que embiste contra un grupo de tigres y rivales sin miedo a la derrota. Y la del poeta que sale desnudo a los montes y se atreve a quemar sus malditos versos de una vez.

Lo confieso. La potencia de Badmotorfinger es tan gigantesca, nos encontramos ante una montaña tan demoledora que ningunas de las otras cavernas en que Soundgarden se sumergió -ni siquiera Superunknown– ha conseguido llenarme lo suficiente como para querer vivir allí varias veces en un año. Salvaje, puede que sea ésta sea la palabra adecuada para definir esta calzada de hierro. O tal vez ninguna. Porque, al fin y al cabo, como queda claro desde el primer impacto, (esa visceral jaula de hormigón llamadada “Rusty Cage”), es un pedazo de bramidos que es mejor experimentar en el estómago que analizar. Un océano de vida que invita a nadar y sumergirse en lejanos horizontes que honra y resucita el espíritu de todos aquellos que murieron combatiendo. No se rindieron. Continuaron luchando por derribar un violento muro de sangre que Soundgarden traspasaron en este disco de una vez y para siempre con sus lanzas de fuego. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

Sólo los peces muertos siguen la corriente

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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