Mott

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Mott es sin dudas mi disco favorito de Mott The Hoople. La banda británica venía lanzada después del éxito de All the young dudes. Bowie los había convertido en leyendas vivas tras haber estado a punto de disolverse. Se encontraban en la cima del mundo y en plena madurez creativa. Cuando grabaron el álbum, el glam todavía hacia furor en Inglaterra y todo grupo de rock que aspirara a la trascendencia debía marcarse su LP conceptual. Mott reúne a mi entender lo mejor de ambos mundos. No se extiende tanto como Tommy o las interminables obras del rock sinfónico y refleja con suma maestría tanto la diversión de la androginia sexual como su decadencia.

Creo que, además de sus magníficas composiciones, lo que hace relevante a Mott es la sutileza con la que  intuye la caída de las ilusiones rockeras. Es de de hecho un disco que, a pesar de la imagen festiva que aparentemente transmite, apunta en el fondo al ocaso. Basta escuchar la lánguida y épica “Hymm for the dudes” para constatarlo. A lo lejos de esa monumental oda lírica ya se intuye la aparición en el futuro de la absorbente tristeza de Low o Dog man Star. Los míticos discos de Bowie y Suede. Y tras el resto de canciones puede sentirse también el futuro hastío burgués que predomina en This is hardcore de Pulp o las fantasmagóricas fantasías del On Earth As It Is In Heaven de Angel.

Ian Hunter y sus compinches lograron algo muy difícil. Condensar varios movimientos y explicar una época sin dejar de ser ellos mismos. En Mott hay restos todavía del lirismo hard rockero de sus primeras obras pero ahora no tanto como primer y único recurso de combate sino más bien como un arma con la que transmitir sentimientos. Ser contundentes y golpear duro cuando es necesario y no siempre y en toda ocasión. Por supuesto, también hay momentos divertidos que remiten al rock galáctico, a las fiestas de quinceañeras y a las borracheras en los pubs de Londres pero con cierto distanciamiento por parte de unos músicos cuya manera de acercarse al placer o darse la mano con las olas carnvalescas y travestidas poco tenía que ver con por ejemplo la de Sweet. De hecho, hay algo oscuro en Moot the Hoople. Un halo depresivo que recorre muchas de sus grabaciones -ya sea por el abuso de drogas, por la nostalgia del hippismo o por otra causas- que creo que les confiere ese toque imperdurable que la gran mayoría poseen. Sobre todo, porque ese ramillete de maravillosas canciones llenas de melancolía parecen apuntar a un futuro fin de fiesta. Describen el apagón del porvenir, la destrucción del presente, y no tanto viejos territorios perdidos.

En fin, por si esto fuera poco, en Mott encontramos también aullidos marcianos que parecen extraídos de Aladdin sane o Ziggy Stardust. Obviamente, su contacto con Bowie los marcó. Y hay momentos en los que parece que estamos escuchando la continuación de las obras de arte citadas o incluso una extensión de las mismas. Estoy seguro de hecho que si el camaleón no hubiera sido tan inquieto y creativo, alguno de sus discos de mitad de los 70 habría ahondado en los caminos abiertos por esta gema sonora a reivindicar por su capacidad de unir alegría y tristeza; risas y llantos; poesía, atrevimiento y descaro. La maestría con la que, sin traicionar los mandamientos sexuales de Marc Bolan y el resto de compinches de generación, planeó por encima de ellos logrando crear el único y definitivo disco de rock progresivo de la era glam. Una obra que mezclaba deliciosamente la épica travesti y el lírismo sinfónico; la mística del espacio y la de la calle; la del dormitorio y la de las estrellas; y que continúa dejándose escuchar como el primer día. Shalam

يتكون الوجود اللطيف من عدم التفكير في أي شيء

La existencia más placentera consiste en no reflexionar nada

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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