Música negra

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Hoy he contemplado una actuación de Solomon Burke en televisión. Se nota que era un predicador porque no cantaba; transmitía amor. Rezaba. No buscaba el aplauso ni se exhibía porque en el fondo lo que deseaba era abrazar a su audiencia. Masticaba la canción que entonaba como si de ello dependiera la salvación de su pueblo. Y, a pesar de su obesidad, era un hombre elegante. Digno. El padre de todos. Poseía majestuosidad. Grandeza. De ser yo el encargado de llevar a cabo una versión blaxploitation de El padrino, no hubiera dudado en elegirlo a él para el papel de Vito Corleone. Puedo de hecho imaginarlo perfectamente ordenando ajusticiar a quien tocara a los suyos.

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Hace varios días también me dejó noqueado otra impresionante actuación. En este caso, el mítico concierto de Etta James en Montreux de 1975. El torrente de voz de esa mujer era increíble. Creo que igualaba y por momentos superaba al de Janis Joplin. No quiero ni pensar lo que hubiera ocurrido de haber coincidido ambas en un escenario. Probablemente un Apocalipsis. Una “revelación”. Etta desde luego no hubiera desperdiciado la oportunidad de haber transformado el espectáculo en un tablado salvaje. Sólo hay que verla moverse para darse cuenta lo dentro que llevaba el blues. Sus bailes parecen zarpazos de tigre. Rituales de liberación de un animal enjaulado. El rock era su forma de vida. Una experiencia. Una forma de respirar. De hacer el amor con el Universo. De hecho, eso es lo que parece durante todo el concierto. Que Etta James está deslizándose (lenta, compulsiva y desgarradoramente) en los brazos de un espíritu divino que va lentamente haciéndola suya.

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Resulta muy sintomático que alguien como Little Richard haya muerto en tiempos de pandemia. El era (y representaba) todo lo contrario a este mundo robótico lleno de vigilantes y censores que tenemos encima. Un grano en el culo para los curas laicos del mundo globalizado: políticamente incorrecto, sexualmente obsceno, egótico, osado, espontáneo, talentoso, carnal. Era, sí, una fruta exótica que se inventó el glam cuando Bolan y Bowie todavía mamaban de la teta de sus madres e insufló vida y aliento a Prince cuando balbuceaba en la cuna. Su talento está fuera de toda duda. Era una batidora musical. Puro desparpajo. Un cocktail exótico y efectivo que levantaba la líbido a los muertos. La adrenalina y energía sexual que corrían por su cuerpo eran tan apabullantes que muchas veces se veía obligado a tocar de pie. Donde él aparecía, siempre había diversión. Sonrisas y fiesta. Y, sobre todo, condones. Shalam

تكشف الرقصات عن الألغاز

Los bailes revelan misterios

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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