Mutations

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Mutations es un disco mágico. Un puñado de canciones en las que Beck se atrevió a unir el folk norteamericano con los flujos psicodélicos de Syd Barrett, dando lugar a una onírica creación que bien podía ser la sintonía de la alucinada Carnivale, un viaje al desierto en busca de peyote y paz o una excursión por tierras exóticas sin más pretensión que el disfrute. Beck, sí, se adentró en el fondo del lejano país de las maravillas, saliendo de allí rejuvenecido y habiendo encontrado acaso por primera vez su verdadera voz. Tanto es así que pienso que en ningún otro album, conformó frescos más sencillos y surreales y a la vez tan honestos como en éste. Odas que parecían haberle sido dictadas al oído por un Lewis Carrol infectado de ácido pero aún lo suficientemente consciente para escribir en línea recta los versos de estos poemas que el trovador norteamericano entonaba en ocasiones como si fuera un sabio anciano y en otras, como si se acabara de despertar, estuviera resacoso o a punto de caer exhausto a la cama. Siempre, eso sí, con la suficiente empatía y entrega como para hacer absolutamente creíbles las sensaciones que narraba en canciones parecidas a viajes submarinos, corridos tropicales o poemas dadaístas, cuyas melodías se clavaban en los oídos de los oyentes con la naturalidad con la que lo hacen las algas y granos de arena en los bañistas.

Mutations transmitía también una extraña sensación de paz. Como si Beck hubiera encontrado el secreto de la felicidad. Se encontrara tranquilo y contento en su pellejo sin importarle estar solo o en pareja y mucho menos el ruido del mundo a su alrededor. Lo que provoca que, a pesar de la contenida, curiosa, e inquietante experimentación que lo atraviesa de principio a fin, sea un disco ante todo, calmo. Un manantial de tranquilidad. Un oasis en los territorios de la música popular capaz de apaciguar al ansioso o paralizar la mano del suicida. Un lago que posee además cierto espíritu hindú procedente tal vez de los sitares con que hace acompañar alguna canción, el cuelgue amoroso que dejan en el alma muchos viajes de ácido cuando finalizan o probablemente, las profundas meditaciones y precisas reflexiones que realizara tras haber alcanzado el reconocimiento crítico y mediático con Odelay. Aunque por supuesto queMutations tenía también su faz curiosa y gamberra. De hecho, Beck, un cantautor posmoderno al fin y al cabo, parecía jugar a reinterpretar la música de varios personajes a los que posiblemente admirara. Se colgaba de los temas como un Dylan irónico y fresco, alejado de toda neurosis, interpretándolos como un Bowie incisivo y sincero sin cinismo o un cantautor folk de los años 50 originario de Nebraska o New Orleans que protagonizara un episodio de La dimensión desconocida en el que, por causas del misterioso azar, diera un salto temporal que lo situara en la caótica y cosmopolita Nueva York de los 90. Y a veces hasta bailaba -como era el caso de Tropicalia– como si fuera un bluesman negro empapado en marihuana y los efluvios de la samba rock, tras un reparador viaje al país brasileño. Consiguiendo componer un fresco vitalista y meditativo que abría puentes continuos con la tradición y el futuro y no caía ni en el infame escepticismo o el insano optimismo. Respiraba e insuflaba vida. Y oteaba con descaro e ironía y suma tranquilidad el horizonte.

Mutations es una golosina. Un disco que agranda el espíritu y lo contrae sin aspavientos, cuyos temas encajarían perfectamente en muchas de las creaciones de The Byrds. Una pequeña prueba de lo que puede suceder cuando se compone sin presiones, con el alma relajada, y la vista puesta en uno mismo. Una preciosa muestra de talento capaz de exorcizar cualquier demonio. Un cruce entre una oración espiritual pronunciada en el desierto y una canción compuesta en pleno viaje espiritual a las estrellas. Las consecuencias de haber crecido escuchando con el oído izquierdo a David Bowie susurrando la cuenta atrás con que eclosiona “Space Oddity” y con el derecho, a Petee Seeger y Woody Guthrie elevando la voz orgullosos al entonar los estribillos de “This land is your land” y “We shall overcome”. Shalam

الاِنْسان عدو ما يجْهل

                        La sal no es atacada por las hormigas

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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