No other

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El paso del tiempo acostumbra a poner las cosas en su lugar. A pesar del desembolso económico de su compañía y la magia que desprendía, No other pasó desapercibido cuando se publicó. Gene Clark no poseía el carisma público de figuras como Neil Young y Bob Dylan y en 1974 el folk psicodélico y el country se encontraban arrumbados frente al rock sinfónico, el desparpajo glam y la sensibilidad nihilista que iba a eclosionar en el punk años después. Clark era un cantautor situado en medio de ninguna parte. Parafraseando el título del mítico disco de The Byrds, se hallaba probablemente en la quinta dimensión. Esa que transitan los músicos visionarios y solitarios con alma de poetas malditos capaces de llevarnos de viaje por praderas, habitaciones íntimas y el espacio exterior con ayuda tan sólo de su voz y unos pocos acordes.

No sé si la comparación es exacta. Supongo que tal vez sea un poco burda y oportunista, pero Clark era un verso suelto. Un músico de una sensibilidad extrema y una intensa personalidad que podría perfectamente pasar por el hermano cuerdo de Syd Barrett o un primo lejano de Nick Drake y Gram Parsons. Alguien que había conocido la gloria muy temprano y había contribuido a convertir el pop en un arte caleidoscópico y sensual indefinible durante la marea de los 60, pero debido a la riqueza de su mundo interior y sus crisis personales, evitó las multitudes, le dio la espalda al éxito masivo y se convirtió en un ángel caído. Buscó refugio en las drogas y la música intentando exprimir su talento sin presiones ni ataduras. Con la mayor libertad posible. Algo que pone de manifiesto No other. Una joya parecida a un chocolate místico que grabó, eso sí, con una enorme cantidad de inmejorables músicos de sesión cuya presencia apenas se percibe. Puesto que Clark poseía el don de convertir cualquier canción en un conjuro. Una confesión. Un diálogo secreto. Un lamento íntimo que no obstante trascendía su propia experiencia personal hasta convertirse en universal por su capacidad de retratar el cambio de época, la inquietud de los adolescentes, el desamor y el constante rodar de las ilusiones y anhelos con talante recóndito y cósmico.

En realidad, poco se puede decir de No other más que es una obra maestra a la que tal vez no haya favorecido del todo esa equívoca (pero meritoria) portada con aires modernistas e irónicos porque sus surcos rezuman lirismo y sensibilidad. Inocencia y maestría. Es una obra viva y atemporal llena de momentos inolvidables y sabiduría musical que podría servir para ilustrar perfectamente la evolución del pop y el folk americano de los 60 de no ser porque su clasicismo y franqueza sonaba probablemente fuera de lugar en la década de Bowie, Marc Bolan, New York Dolls y Kraftwerk. Prueba de que el empuje de las olas y las modas acostumbran a enterrar en la arena o a dejar sepultadas en el mar joyas inapreciables como este disco intenso y sensual, poético, triste y al mismo tiempo, cargado de delicadas vibraciones alegres. Un testimonio sincero de un alma que evidencia que la mayoría de los mejores poetas del siglo XX fueron rockeros. Juglares que transformaron diversos estilos -como ocurre en No other con el soul, el country o el gospel- en un excitante canal de comunicación de sus emociones ideal tanto para abrir corazones como para hacer reflexionar sobre el paso del tiempo y la contradictoria naturaleza del ser humano. La herida eterna. Shalam

الحضارة لا تقمع البربرية. إنه يتقن ذلك.

La civilización no suprime la barbarie. La perfecciona.

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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