Corazonada

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Me refería ayer a la nostálgica y evocadora melodía interpretada por el saxofonista Tom Scott en el soundtrack de Taxi Driver. Y hoy quisiera aludir a otra con la que me parece que se encuentra internamente emparentada. En concreto, a la banda sonora realizada por Tom Waits entre 1980 y 1981 para el incomprendido clásico de Francis Ford Coppola, One from the heart. Termino de escuchar el saxo de Tom Scott y siento deseos a continuación de completarlo con los grabados por Gene Cipriano para el disco del bulldog de California. Sí. Es cierto que podría citar cualquier otra de las memorables obras compuestas por Tom Waits en los años setenta para establecer esta conexión. Pero encuentro ciertas reverberaciones entre estas dos que acabo de mencionar que me satisfacen y conmueven especialmente.

Quizás sea más el espíritu compartido, el parecido en la forma de enfrentar la realidad, que un aspecto musical concreto. Cierto ambiente indefinible que Waits sabe captar y también se encontraba en la película de Martin Scorsese, los clásicos de Michael Cimino El cazador y La puerta del cielo, las interpretaciones de Al Pacino, etc… Me refiero a la conciencia de estar despidiendo una etapa. Sí. Tempus fugit. El tiempo se escapa. Todos lo sabemos. Y es necesario aprovecharlo. Las generaciones pasan, se continúan sucediendo y nuestro destino está marcado. Pero en ciertas épocas y sociedades se siente más que en otras. Creo que este era el caso concreto de la Norteamérica de los años 70. En el aire se presentía el fin del comunismo y, por tanto, la instauración definitiva del capitalismo salvaje. Si bien este sistema económico y político había ido avanzando a pasos gigantescos tal vez para derrotar a su contrario soviético, no había llegado a las cotas extremas de frivolidad y cinismo que desarrollaría en décadas posteriores. Al menos, a nivel interno. Esto, y el que la sociedad norteamericana todavía era muy joven, provocó que restaran aún ciertos espacios de libertad, sin explorar, en este país. De hecho, la televisión todavía no había llegado a las cotas de perversión posterior, y ciertos efluvios de hippismo bien entendido permanecían en los extrarradios del sistema. Pero, en el fondo, se percibía que comenzaba a finalizar esta situación. Que ni Vietnam ni el Watergate habían sucedido porque sí. Ambos traumáticos hechos unidos al asesinato de John Lennon, parecían presagiar la llegada de un tiempo oscuro. Y los creadores, acaso intuyendo el torbellino que se venía, volvieron la vista hacia atrás (véase el caso de Bruce Springteen con esa triada perfecta de discos –Darknes on the edge of town, The river y Nebraska- realizada entre fines de los 70 y principios de los 80) como un gesto de añoranza y recuperación de la Norteamérica en que crecieron. El espíritu de los años en que eran niños, cuando todavía imperaba cierta inocencia, recuerdos del hambre tras el crack del 29, y escuchaban hablar a sus abuelos o padres de sus historias de migración, de los países y tierras europeas que dejaron para desembarcar en América, mientras se comenzaba a vivir la fiebre consumista de los cincuenta.

Creo que algo de todo lo expresado anteriormente, se puede rastrear en One from the heart. Una mirada hacia el pasado nostálgica realizada con el resabio, lucidez y conciencia del inminente advenimiento la nueva era. En cierto modo, esos saxos acaramelados y suaves, esos teclados de ensueño, la voz de Cristal Gale en este disco remiten a un tiempo que no volverá. La forma en que, por ejemplo, se encuentran interpretados temas como “Is there any way out of this dream” o “Picking up after you”, no creo que deje lugar a dudas. Y, por otra parte, si bien la aportación de Waits completa en muchos casos esas melodías intemporales, alude, en otros casos, (como, por ejemplo, en “Instrumental Montage. The Tango/Circus Girl”) a la incertidumbre ante el nuevo horizonte que viene. Siendo, por tanto, esta obra, un retrato de dos caras que, aun aspirando a ser intemporal, refleja muy bien la pulsión de una época. En mi opinión, mucho más que otros discos que se consideran esenciales para comprenderla. Y por ello, es una banda sonora que aprecio muchísimo. Porque alude a un pasado fantasma y que se desvanece. Es una despedida a un país y un mundo que todavía era humano. Un epílogo perfecto a tres décadas de cultura pop sobre el que se entreteje amenazante un futuro avasallador. Y, en definitiva, un caramelo de jazz clásico y arrebatador que llevo muy dentro de mi corazón.

No me gustaría, en cualquier caso, dejar sin mencionar uno de los temas incluidos en esta banda sonora, que más amo de la carrera de Tom Waits. Bueno. No sólo de la carrera de este monstruo sonoro sino de toda la historia del pop y el rock. Me refiero a “Broken Bicycles”. Una canción en la que este guerrero del rock transmite de una forma sencilla y con muy escasos elementos, una desesperanza brutal; esa melancolía infinita sentida por tantos adolescentes cuando se acaba el amor o finaliza un verano. Me recuerdo conmovido más de un septiembre en mi casa de La Manga contemplando las playas desiertas, consciente de que se había acabado el estío mientras escuchaba esta canción y hacía memoria de algunos besos, unas inolvidables noches de borrachera o simplemente el cariño y apoyo de algunos de mis amigos. Con lágrimas en los ojos porque la próxima vez que volviera allí, tendría un año más y sería un poco menos inocente.

Existe algo cruel y terrible (acaso bello también) en el fin de cualquier verano. Cuando cerramos la casa, ponemos un plástico a la bicicleta y no podemos charlar con las personas con las que hasta hace unas semanas buceábamos en el fondo del mar. Y Tom Waits supo capturarlo perfectamente. Con una voz rugosa y sensible a la vez, semejante a la brisa y el huracán, que logra transmitir como acaso nadie lo haya hecho hasta ahora, las sensaciones encontradas que sentimos al despedirnos de un paisaje que una vez fue nuestro y ya nunca y jamás lo volverá a ser sino en la memoria. Shalam

 كُنْ ذكورا إذا كُنْت كذوبا

 Incluso los monos se caen de los árboles

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Regateo.

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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