Opeth: comunión negra

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No sé si Opeth se decidirán a grabar algún día un disco para una película de terror imaginaria o real. Pero deberían hacerlo porque estoy convencido de que sus aullidos sonoros, sus diabólicos correcalles progresivos, se ensamblarían perfectamente con ciertas imágenes. Por ejemplo, las de una película rodada en blanco y negro. Un claustrofóbico film inspirado leve, libremente en “El pozo y el péndulo” de Edgar Allan Poe que imagino de la siguiente manera: abriéndose con la imagen de una muchacha rubia corriendo por un furioso e impenetrable bosque lleno de alargados árboles cuyas ramas se bifurcan sin cesar enredándose entre sí formando madrigueras de búhos, anacondas y vampiros en los que la cámara se detiene durante varios segundos. La joven se vuelve de tanto en tanto para mirar atrás y reposar mientras se escuchan ladridos, voces distorsionadas o lejanas que nos conducen a una frontera opresiva en la que resuenan sugestivamente los acordes a veces frenéticos y otras calmados de las sinfonías, óperas sinfónicas de Opeth.  Y a partir de aquí, entiendo que la película pudiera desarrollarse de dos formas: o bien como un claustrofóbico relato de una huida infinita, una inagotable cacería en la que no veríamos en ningún momento a los perseguidores que finalizaría de manera abierta (sin cazadores ni cazados) o bien con la captura de la presa que es llevada a un páramo donde será sacrificada junto a otras jóvenes vestales en honor a un dios oscuro. Y mientras la expiación y ofrenda tiene lugar, contemplamos en picado y contrapicado, horizontal y verticalmente, de todas las formas posibles, primeros planos de brujos con cuernos de jabalíes incrustados, sacristanes con máscara de ciervo, perro u oso y elfos que hacen girar cascabeles y ruedas de fuego mientras decenas de jardineros abren el vientre de cerdos y cabras que miran con gesto de horror y asustados a la cámara.

Todo, sí, bastante previsible y tópico si no fuera por la música del grupo sueco que contribuye a la creación de un ambiente denso y abigarrado y a que las imágenes sobresalgan, sean expuestas como si formaran parte de un proyecto artístico y la realidad al mismo tiempo. Una mezcla de snuff movie y documental con visos históricos ideal para ser proyectado en una sala de cine o teatro o en una oscura habitación cubierta por un negro velo en un museo de arte contemporáneo. O mejor aún, en una casa perdida en la montaña o en un piso vacío en medio de la ciudad. En una habitación en la que una mecedora se mueve constantemente impulsada por el viento donde hay decenas de trajes similares a los de los cazadores desperdigados por el suelo y los muebles.

Aunque perfectamente puedo también concebir la música de Opeth ilustrando cualquiera de las nocturnas películas del Gallio, muchas de esas errantes, extravagantes obras de Andrzej Zulawski o las más desquiciadas de Roman Polanski. Sobre todo, si nos referimos a su última etapa. La que va desde la aparición de Blackwaterpark (2001) hasta el reciente Pale communion (2014)Pues su música se encuentra a mitad de un camino donde se cruzan las esquizofrénicas, ingeniosas gamberradas de Andrzej Korzynski, los histriónicos latidos de los Goblin más salvajes, los rugidos titánicos y esforzados de Black Sabbath y el sinfonismo más deliciosamente abigarrado. Y con esos condimentos, (de los que su vertiente deathmetalcomo ha demostrado el paso del tiempo no era más que una fachada para tomar posiciones y comenzar a despegar; un muro desde el que poder posicionarse para disparar) resulta difícil no regodearse en todo tipo de secuencias cruentas y esquivas a las que Opeth podrían servir de acompañamiento. Desde escenas en las que varios caballos pelean a muerte y muerden y devoran sus orejas y nariz o piernas hasta otras desarrolladas en los tiempos de la Inquisición,  o en una América recién descubierta donde caballeros ingleses aniquilan con fuego comunas indígenas hasta historias de hombres retorcidos, perdidos en su propia psique que vagan perdidos, poseídos por espíritus que vampirizan su alma debido a los actos cometidos en sus vidas pasadas. Aunque, si continuamos por estos senderos, ¿cómo no vincular asimismo sus elásticos cánticos fúnebres a las portadas de varios de sus discos como la violenta y onírica de Heritage; ese bendito tapiz que une los lienzos de El Bosco y el arte gótico más refulgente con el más oscuro surrealismo a lo Dalí?

De hecho, cuando observé la portada de Heritage me quedé sorprendido porque retrataba perfectamente el mundo que intento describir en Los puercos. El castillo que aparece ardiendo al fondo es muy similar al que aparece en Ruido y El jardinero y desde luego que el árbol del que penden las cabezas de los músicos me ha inspirado para colocar en la novela en la que actualmente trabajo (no tanto, eso sí, como quisiera) otro del que cuelgan los bustos descuartizados de grandes artistas y escritores. Una advertencia de lo que puede (y va a ocurrirle) a quienes se les ocurra traspasar un límite, luchar a muerte por construir una obra profunda que ilumine a la humanidad dentro de la oscuridad que se cierne sobre un mundo cada vez más áspero y cruento que no por casualidad entiendo que retratan perfectamente estos vikingos alucinados, diabólicos enviados del Mesías en cuyas melodías se siente y percibe no ya la consabida decadencia occidental sino más bien las fosas que se comienzan a abrir conforme la enorme catedral cae lentamente al suelo. Al foso de las bestias. Y a medida que su anunciado derrumbamiento se produce, las masas gritan sin aliento desesperadas y los chillidos de las rejas de metal distorsionan el ambiente, los hermosos buitres merodean los cielos nublados ansiosos por picotear indistintamente en la carroña de los inocentes y los perversos. Esos diabólicos seres, aliados tal vez de Jehová o algún otro dios impuro, que comandan desde la sombra la humanidad, fustigan con el látigo a los hijos de Caín, a los esclavizados y temerosos por enfrentarse a su poder y realizan misas negras en honor al dinero y el viejo señor de las pasiones (que cumple todos los deseos) mientras un amplio eclipse se cierne sobre la conciencia del ser humano o, rememorando la memorable, subyugante Melancholia de Lars Von Trier, un planeta perdido vuela furioso por los cielos destinado a estrellarse con el nuestro.

Opeth es una banda desquiciada. Horrorizada. Un arsenal de armas esperando disparar al cielo negro, atravesar las nubes y acabar con los ángeles falsos. El primer grupo (desde los tiempos del grunge) cercano al heavy metal cuyas obras de arte (sí, para mí no son discos sino auténticas obras de arte) me satisfacen plenamente. Puedo escuchar más de diez veces seguidas y seguir encontrando espacio, intersticios en mi cerebro a través de los que compenetrarme con ellos. Fluir en sus caóticos torbellinos con tintes macabros que evocan viejos rituales medievales donde jóvenes doncellas eran desvirgadas ante una multitud enfebrecida manejada con mano de hierro por condes y duques. Opeth, sí, son el mal. Pero el mal puro y sin contaminar que es necesario para que los seres humanos no se destruyan. Ese mal que se rebela contra los cielos y el creador, es un signo de lucidez y vitalidad y prende fuego a la conciencia. Al corazón. Opeth no están hechos para escuchar de día. Sus acordes son muros que se elevan contra el sol. Nos conducen por los pasadizos de castillos de los que debemos escapar. Y nos acompañan hasta el final del túnel. Dejándonos listos, preparados para entablar la batalla. Decidir si agarramos las lanzas y nos atrevemos a exterminar de una vez a los jardineros o continuaremos atravesando hasta el fin de nuestros días los bosques perseguidos por incansables cazadores cuyos perros ansían nuestra sangre. Shalam

لِكُلّ شمْس مغْرِب

Antes de entrar a un lugar, fíjate por dónde se puede salir

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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