Orquesta intergaláctica

2

La ELO era un grupo elástico. Era primaveral, sí, pero también un tanto veraniego y otoñal. Era la viva imagen de la fantasía. Hasta el punto de que sus componentes fueron capaces de transitar por ámbitos distintos pero complementarios: la música clásica y la disco. Las maravillosas incursiones rítmicas y discotequeras de la ELO son una consecuencia de su amor por el sonido filarmónico. Las orquestaciones perfectas. Los prodigios que se podían lograr con un estudio de grabación adecuado.

En los discos clásicos de la ELO de hecho los instrumentos de cuerda (violines y chelo) tenían, en cierto sentido, una función similar a la que posteriormente tendrían los sintetizadores. De manera intuitiva, Jeff Lynne nos enseñó la conexión existente entre Beethoven y Giorgio Modorer. Cada uno a su manera manipulaba el sonido totalitariamente. Lograba apresar al oyente en su campo de concentración rítmico. Creaban un espacio autónomo donde dirigían la experiencia musical en uno u otro sentido, según sus intereses y ambiciones, como titánicos dioses.

La ELO eran un gran carrousel pop. Tenían canciones de rock clásicas, baladas dulzonas e irresistibles y melodías FM. En sus orígenes, tenían un deje hippie bastante acusado y en su etapa final de los 80, un toque AOR muy marcado. Balance of power es un disco ideal, por ejemplo, para escuchar en un descapotable y que podría pinchar perfectamente en una doble sesión junto a cualquiera de otro grupo con el que, en determinados momentos de su trayectoria, podría emparentar a la ELO: Boston. Más allá de que, como digo, la banda de Lynne era mucho más expansiva que la de Tom Scholz. Ya que, asimismo, transitaron (siempre con cierta levedad; ajustando las particularidades de cada estilo a sus concepciones musicales) los caminos del prog, el funk y el musical hasta casi desembocar en el kitsch, como en ciertos momentos de su contribución a la banda sonora de Xanadú.

En cualquier caso, en cada una de sus manifestaciones y metamorfosis siempre dieron suma importancia al sonido. Lynne quería divertirse emulando (o más bien homenajeando) a los Beatles. Pero su talento no era el de un mero imitador y pronto, transitó su propio camino. Es de sobras conocido que en 1969 pudo hacerse con un magnetófono de bobina en estéreo Bang & Olufsen con el que aprendió a ser un productor. Comenzó a experimentar con distintas capas instrumentales mientras envolvía el sonido, intentando, sin perder espontaneidad, hacer compacta cualquier composición. Insuflar aire y densidad a los arreglos de cada canción. Conduciendo al rock a una nueva dimensión. Algo que pronto pudo demostrar. (Ahí está el fulminante «10538 Overture» con el que se abre el primer disco de la ELO). Logrando que las producciones de la banda que formó junto a Roy Wood y Bev Bevan tuvieran un sello especial.

Les costó, eso sí, encontrar la fórmula adecuada para desarrollarse. Sus tres primeros LPs están llenos de buenas ideas e intenciones pero, a pesar de ser sumamente disfrutables, aún son un poco inmaduros. Son lienzos con aristas que pulir. Los instrumentos de cuerda aún luchan en ocasiones con las guitarras para encontrar su hueco. Pero a partir de Eldorado enlazaron una serie de sobresalientes obras entre las que destacaría el soberbio Face the music. Una batalla intergaláctica con la historia de la música orquestal que logra perfeccionar el reino de la canción pop.

Pinchar un disco de la ELO era como entrar a una habitación llena de luces multicolores. Caminar por el arco iris. Sus sofisticadas producciones ponían de manifiesto la importancia que los ingenieros de sonido habían alcanzado en el rock. Bebían tanto de los avances de Phil Spector y George Martin como de los magos que se encontraban tras los discos de soul y los surgidos durante la efervescencia de la música disco. Pero no eran artificiales. Tenían un toque real muy marcado. Alegre y festivo pero también auténtico. Porque, de una u otra manera, Lynne era un hijo de la época rock. Se había educado con Dylan y Presley. Y sabía lo importante que era lograr aterrizar sus viajes melódicos. Que tocasen el estómago antes de recorrer los cielos.

Cuando escucho muchos de los discos de la ELO tengo la sensación de estar introduciéndome en un cine donde proyectan una película de dibujos animados. Ir de viaje con otros niños a la mansión de Willy Wonka. En este caso, eso sí, un parque de atracciones repleto de caramelos y pocos peligros.

La música de la ELO es una excursión por esa utopía que, en determinados momentos, fue el pop. Un mundo repleto de canciones juveniles por el que el tiempo no transcurre. Es un póster reluciente con aspiraciones de eternidad. Un concepto y sensación que supo condensar perfectamente John Kosh (el creador de la mágica portada de Abbey Road) con esa especie de platillo volante parecido a un jukebox (y al clásico juego electrónico Simon) que se convirtió en el mágico logo del grupo. Apareció por primera vez en la portada de A new world record y alcanzaría su máxima capacidad expresiva en la que abría Discovery. Una mágica instantánea con aires orientales que nos emplaza en los mundos de Las 1001 noches y nos hace rememorar la famosa historia de Aladino y su lámpara maravillosa. Una idea muy sugestiva que conecta perfectamente con lo que muchos melómanos hemos sentido en determinadas etapas de la vida: que abrir un disco, poseerlo, tener la posibilidad de escucharlo era un inmenso regalo. Una forma de cumplir deseos irrealizables y de viajar a cientos de mundos. En definitiva, el presente más preciado de un geniecillo árabe.

Si tuviera que rescatar una sola portada del grupo sería, sin dudas, la recién citada. Aunque, desde luego, la de Eldorado no anda muy lejos. Y, en gran medida, pone de relieve lo que, durante un tiempo, representaron sus discos así como el legado que han dejado. Puesto que la fotografía -un claro homenaje a El mago de OZ– es un chute de fantasía. Una invitación a seguir el camino de las baldosas amarillas y hacer de la escucha del disco y nuestra experiencia en la tierra un viaje. Algo, sí, muy psicodélico y hippie pero que, en esta ocasión, debido a las referencias al libro de Lyman Frank Baum tiene otras connotaciones. Un toque onírico y surrealista que, posteriormente, bandas como Flaming Lips recuperarían en algunos de sus discos de homenaje a una época en la que el mayor pecado de un artista era no atreverse a experimentar. Caminar por territorios desconocidos. Shalam 

إذا كنت تخشى الخسارة ، فأنت لا تستحق الفوز

Si tienes miedo a perder, no mereces ganar

COMPARTE.

Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen:….de la mandolina electrica lo que mas me gusta es la zona de la balconada, el cuarto cuadrante…..
    2ºimagen:….de uno en uno vayan pasando al festin africano……..
    3ºimagen:…gran mezcla sinfonica entre «abba» y «supertramp», un producto para conseguir una economia boyante……..bastante «benidorm»…….
    4ºimagen:……»el ladron de bagdad»..g.coppini….https://www.youtube.com/watch?v=_In1X_47KoM…estos picaros velos……..jajajjjj…….
    5ºimagen:…..si,si,…oz….si,si,..losas en el suelo……https://www.youtube.com/watch?v=Zi_XLOBDo_Y….billie jean..

    • Alejandro Hermosilla on

      1? ¿Es un disco de Boston, un platillo volante, un juego Simon? ¡No! Es un disco de la ELO. 2) La comuna. 3) Puro Supertramp esa foto. Sí. También muy Benidorm. Sensación de alegría y plenitud. Todavía no ha llegado el momento de tocar en Las Vegas. 4) Exacto. Ladrón de bagdag. Pasolini hubiera rechazado esta portada. Demasiado esteticista. El hubiera puesto algo más real. De pueblo. 5) Cierto. El momento 2:34 es puro Mago de Oz. Michael Jackson siempre viviendo dentro de una película.

Deja un comentario