Osos de Arabia

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No resulta extraño ni tan siquiera peculiar que Noah Lennox (Panda Bear) samplee un arabesco de Claude Debussy -el número 1- en su último disco Panda Bear meets the Grim Reaper. Como tampoco lo son las alusiones al libro Las 1001 noches de algunas de sus creaciones. Al fin y al cabo, su música es similar a una tela árabe. O a un turbante. Es una compleja reverberación de sonidos que penetra en los oídos como las exuberantes luces de las mezquitas o palacios que dieron gloria al Islam. O a un caleidoscopio donde mujeres con velos caminando por solitarias playas se confunden con las imágenes de habitaciones de niños pijo de Occidente llenas de juguetes y el cuerpo de nocturnas modelos de salón recién salidas de un film de David Lynch.

Los discos de Panda Bear son la  demostración de que la psicodelia californiana, los experimentos histriónicos, vibrantes y salvajes de The Beach Boys, para muchos norteamericanos significaron una forma de establecer lazos con el resto del mundo. Intentar construir una alfombra voladora que atravesara palacios invisibles hasta coser el ombligo de dios a su tierra. Forjar los trazos de una ruta de la seda musical en la que en vez de comerciar o traficar con especias o telas, las transacciones se hicieran con sonidos y los camellos, transportaran instrumentos. Componer pieza a pieza un tocadiscos rodeado por un sin fin de murmullos expandiéndose como cánticos de sirenas consumistas a través de los océanos del universo.  O casi también como rezos suplicando la aceptación por parte del resto de países, de aquellos europeos que se habían hecho con el control de la tierra habitada durante siglos por cientos de tribus indígenas.

La psicodelia fue un desquicie. Las envolventes composiciones de Panda Bear lo prueban. Una muestra de psicosis. O permiten reflexionar acerca de ello. Un ladrido imaginario surgido del choque entre la necesidad de viajar a otros mundos y la imposibilidad material de hacerlo. Porque son capaces de expandirse por diversos canales. Una súplica consumista. Demostrando que los artistas de pop no eran únicamente gente que oía voces. Un lamento del dinero por el uso abusivo que se hacía de él. Eran la voz. Los gritos de un espíritu necesitado de admiración y reverencias que se encontraba incapacitado para dar un pedazo de su carne a alguien, y recurría  a las drogas y las teorías libertarias para intentar componer un alucinado lienzo donde todas las razas de seres humanos pudieran convivir en paz. LSD en expansión. Un grito de auxilio formulado por un grupo de jóvenes asustados del infierno que se estaba construyendo a su alrededor. La sensación de aislamiento y soledad que venía. Esa llamarada industrial, nuclear que varios genios locos pretendían disolver con cánticos soleados que horneados por las drogas, el calor, agua y arena de las playas y unas cuantas películas de ciencia ficción, se transformaban en algo parecido a los rezos de una comuna esquizoide. Histérica y extrema. Un libro de Pynchon. Un convento de rebeldes enamorados de la idea del amor, incapaces de conjugar un frente de batalla para imponer la paz -los besos y orgasmos gratis para todos- con armas de fuego. Metralletas de odio capaces de destruir el imperialismo entre conjuros de gurús políticos y chamanes artísticos clamando por la muerte del arte. Y del yo y de la familia. O de todo lo que se pusiera por delante. Un caos que únicamente encontraba resuello, arrullo en esas melodías planchadas por la inocencia y la esperanza que entre tanta incongruencia y contradicciones, se escuchaban de tanto en tanto. Llevando la paz a los corazones de los humanos que las recibían como si fueran monedas de cien dolares o una descarga eléctrica que los convirtiera en superhéroes: Clark Kent, Peter Parker, Daredevil o Flash. David Foster Wallace absolutamente desquiciado antes de nacer.

En fin, de alguna forma, más o menos contenida y consciente, los discos de Panda Bear aluden a esos hechos. Aquella situación experimentada varias décadas atrás. El último resquicio de luz previo al cierre de la jaula. Son una reflexión sobre lo que musicalmente se hizo bien y lo que no, durante la era del amor. Además de sobre el componente político y lúdico del rock. Su aspecto festivo y colorido. Pero también una incursión por las sombras tras las que los rayos del arco iris se ocultan. El olvido de Persia y el odio al árabe. Son una especie de tela de araña en la que se van hilando futuro y pasado para componer la silueta de una llave que rompa de nuevo las rocas de la caverna. Una flauta de cálidos sonidos que fusiona Irak y California, convocando a los seres humanos ante la luz. El instante en que Scherezade corta el cuello al sultán y se pone a bailar sobre sus restos entre gritos de júbilo de súbditos contentos ante su nueva reina y los relinchos de satisfacción de los caballos deseosos de recorrer los montes en busca de nuevas aventuras tras varios años hacinados en establos. Shalam

                      اِحْذَرْ عَدُوَّكَ مَرَّةً واحْذَرْ صَدِيقَكَ أَلْفَ مَرَّةٍ

                     Un arma es un enemigo para su dueño

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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