Ozzy

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No hay demasiados músicos de rock vivos (ni muertos) tan grandes como Ozzy Osbourne. Aunque, en su caso, no me parece exactamente ajustado definirlo como músico. Pues más bien, sería un exorcista. Un viejo chivo empeñado en perseguir a las cabras al anochecer. Entre gritos de mujeres violadas y niños encerrados en sótanos incendiados. La mirada de viejas brujas y la locura de vagabundos que ya han perdido la facultad de hablar. De hecho, Ozzy más que a un cantante, se parece a un reverendo loco. Un alucinado párroco que va de casa en casa vendiendo libros negros y no biblias. Lo que ha contribuido -además de sus alocadas incursiones en el género reality– a forjar de él, una imagen caricaturesca que si bien puede ayudar a percibir alguna de las facetas de este entrañable personaje, no permite en absoluto llegar a conocerlo bien.  Y mucho menos a su música. O a su vieja garganta dorada y afilada, casi risueña, capaz de transformar una amable oda al amor en un responso diabólico y crear paranoicas atmósferas y opresivos ambientes, como si fuera un instrumento más. Una flauta endemoniada con el poder de alcanzar un agudo tras otro sin romperse, además de transmitir sensibilidad e inquietud, miedo y dolor, risa y horror, la cual podría pertenecer a un teleñeco, a un loco castrado o a un adolescente poseído por el espíritu de su hermana muerta. Una voz realmente imposible de comprender si no se empatiza con ella. Se la escucha y se le da pie a que se introduzca en nuestros oídos como si fuera una tarta de frutas (tal vez envenenada).

Lo que hizo Ozzy en Black Sabbath ya es historia. De la más grande y oscura. Y no sé si merece recordarla de tan actual que la encuentro. Inventar un género (o la rama de un género). Hacer de cada disco una misa negra, un pedazo de plástico situado en un vórtice más allá del tiempo del que emergían serpientes y gárgolas. Transformar la música en un diabólico ritual que lo mismo parecía honrar a Charlie Manson y sus seguidores, los viejos tratados de Aleister Crowley o a señores vestidos de negro encerrados en su mansión durante años, intentando descifrar antiguos libros de conjuros y hechizos. Gran parte de las canciones de Black Sabbath parecían haber sido grabadas en castillos. En enormes mansiones donde el sonido de cada instrumento reverberaba intensa, profundamente, como el repiqueteo de campanas en una catedral gótica. Y en ellos, Ozzy era tanto víctima como demonio. A veces, su voz semejaba la de una muchacha embarazada debido al semen expulsado por la guitarra de Tony Iommi, otras, un murciélago herido o un estudiante desquiciado, un adolescente castrado por su novia tras múltiples infidelidades, y en ocasiones, no parecía la de un ser humano. Se asemejaba a la de un fauno, un animal herido perseguido por los ángeles a través de los tiempos que, antes de expirar, aún tuviera la oportunidad de gritar, modular unas palabras procedentes de un caliente rincón de los reinos de Mefisto. Un pícaro ángel travieso que, tras ser condenado al infierno, se las hubiera apañado para encontrar ninfas y doncellas que lo acariciasen y complacieran sexualmente. Encontrar un refugio entre las llamas donde volver a  hacer travesuras.

En cualquier caso, los albums en solitario de Ozzy no desmerecían este legado. Me cuesta encontrar discos en el mundo del heavy metal con la fuerza, emoción e intensidad, sí, con la enorme magia que hay condensada en los cuatro primeros que grabó (Blizzard of Oz, Diary of Madman, Bark at the moon y The ultimate sin) y en bastantes de los surcos de los siguiente cuatro que vinieron (No rest for the wicked, No more tears, Ozzmosis y Down to earth). En ellos, desde luego demostró que su contribución a la leyenda Black Sabbath no fue casual sino absolutamente determinante. Y consiguió sacar sus canciones de las almenas, torreones y salas secretas del castillo, a los jardines. Los poblados cercanos. Convertir las opresivas y asfixiantes melodías de Black Sabbath, esas odas extraídas del cerebro de un misterioso conde pervertido, en orgiásticos frescos rockeros bailados por cocineras y criados y animales salvajes. Convertir el cetro de un barón en un falo abierto que chupaban las clases populares en bacanales sin fin.El séptimo sello en La hora del lobo. Transformando sugerentes lienzos medievales en violentos arcones en los que se hallaban grabados calcomanías de El Bosco y esos instrospectivos retratos de un mundo oculto realizados por diabólicos hombres en los sótanos de los monasterios, en cuadros de Brueguel el viejo. Banquetes rabelesianos repletos de bestias desnudas, magos excitados, brujas abiertas de piernas esperando introducir en su vagina la sangre de toros bravos, leprosos ladrando a la luz de la luna y esquizofŕenicos recién salidos de la cámara de tortura de un manicomio.  Una inmensa jauría humana repleta de muñecas rotas, que ni la muerte del gran Randy Rhoads, el adiós de Jake E. Lee, o la sobreexposición a la que condujo a los músicos la MTV, restándoles gran parte de su misterio, intriga y magnetismo, consiguió opacar.

Ozzy Osbourne es uno de esos escasos personajes que han conseguido conjuntar su esquizoide figura con su angustiante y a la vez, extrañamente reconfortante música. Una bomba tras otra en medio de una ciudad repleta de iglesias consagradas a dioses que han ido quemándose a medida que este alocado muñeco de vudú se ha despellejado piel y venas en canciones que parecen crucifijos puestos del revés, gallos degollados y exorcismos. Pero exorcismos no para extraer el demonio del cuerpo de alguna joven y matarlo, sino para dejarlo libre y suelto. Permitir que se introduzca en las camas de adolescentes y lobos esperando la llegada de la luna llena. El tiempo en que los niños caen directos al pozo que les señala el flautista de Hamelin, las ancianas fornican como jóvenes doncellas y la virginidad se convierte en un mero recuerdo, pretérita nostalgia, que de tanto a tanto, a alguna joven le hace derramar ciertas lágrimas. De sangre. Shalam

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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