Paddy Mcaloon

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Paddy McAloon fue la voz. Al menos la voz de quienes alcanzamos la adolescencia en los años 80. Y también, el perfeccionismo y la sensibilidad extremas. La contemporaneidad cool. La eterna búsqueda de la belleza. Y, sobre todo, la música. Su Julieta. La muchacha de rostro intemporal a la que dedicó una de sus más sentidas y sinceras odas: “Music is a princess”. El verdadero y probablemente único y más auténtico amor de su vida. Sí. Porque bastaba uno solo de sus suspiros y entonaciones, para entender que sus poros y venas se encontraban llenos de acordes y melodías, hermosas letras, sintonías coloridas, esplendorosas partituras, suaves ritmos de batería o mágicos acordes de guitarra. Sinfonías pop que eran una mezcla pluscuamperfecta de romanticismo, clasicismo orquestal a lo Burt Bucharach teñido de tímidos toques decadentistas, azucarada sofisticación, swing y preciosismo. Pura belleza poética y musical. Aunque, con el tiempo y a medida que sus problemas de salud lo obligaron a recluirse en soledad, cambiando su atractivo y seductor look juvenil por el de un heremita con aires hippies, también descubrimos que Paddy McAloon era sobre todo, la fe y la persistencia. Un sueño infinito. La rudeza y obcecación de un cantautor capaz de conectar el espíritu de los antiguos poetas románticos -Lord Byron, John keats- con el de los primeros folkies, ofreciendo canciones que miraban frontalmente a un pasado utópico donde The Beatles merendaban en la misma mesa que Steely Dan, The Byrds o Chicago. Odas perfumadas y bien condimentadas en donde su corazón desnudo se dejaba envolver por letras que miraban de refilón a Dylan y la épica amorosa pop, hasta convertirse en pura literatura. Poemas radiantes e instantáneos que iluminaban el lugar donde nos encontrábamos, hacían más confortables los momentos amargos y sobre todo, transmitían paz y esperanza. La sabiduría del que entiende que, más allá de las circunstancias, los novios y novias, guerras y fraudes, llantos y carcajadas, la música siempre estará allí. Esperándonos para transportarnos a la eternidad que era en el fondo el único tema del que se ocupaban las canciones de Prefab Sprout. La eternidad. Sí. El mágico ciclo que hace rodar las estrellas, el sol y el amor, y que, aun con diferencias, se repetirá hasta el fin de los tiempos mientras un hombre y una mujer continúen vivos.

De Paddy McAloon hay que hablar en pasado porque es una leyenda viva. Un hombre que, en su juventud, casi enloqueció en su búsqueda de componer la canción perfecta. Un roble gigantesco que siempre da sombra. Tanto es así, que estoy convencido de que cada vez que alguien pronuncia su nombre o escucha uno de sus discos, el mundo se hace más habitable. Es un lugar más bello. Un parque donde no hay lugar para la malicia y la corrupción. Y todos entendemos cuál es nuestro lugar y misión en la vida. Una muestra de que, finalmente, la música, sí amansa a las fieras. O al menos las equilibra. Como él realizó en canciones que siempre tenían la dosis ideal de experimentación y clasicismo y donde la tecnología no desentonaba en absoluto entre voces que parecían proceder de bosques encantados, ser entonadas por duendes o adolescentes de irresistible frescura.

Steve Mcqueen, Jordan: the comeback, The Gunman And Other Stories, Andromeda Heights, la lista de discos y canciones sobresalientes o al menos notables que compuso e interpretó junto a su hermano Martin, la risueña Wendi Smith y Neil Conti, es extensa. Tanto que ningún recopilatorio, podría ofrecer una perspectiva adecuada de una discografía, por otro lado, no demasiado prolífica. Algo lógico porque Paddy cuidaba meticulosamente cada uno de los pasos que daba (sólo hay que sumergirse por unos días en ese inmenso e intenso delirio amoroso, esa especie de musical pop que es tanto un homenaje como un desafío a George Gershwin, Cole Porter o Frank Sinatra entre otros, llamado Andromeda Heights, para comprobarlo) y además, debido a su rutilante talento y su necesidad de explorar nuevos territorios, se tuvo que enfrentar más de una vez a la industria musical para la que terminó convirtiéndose en un apestado. Un disidente, un rebelde que con su actitud, mostraba claramente que en absoluto las tiernas melodías que componía, tenían que ver con el acomodo, la sumisión a una fórmula y reglas o la necesidad de éxito, sino con una necesidad interior. La inquietud obsesiva por transformar la vida en poesía y la lírica en amor a través de canciones que volaban, se desplazaban con énfasis hacia cónclaves tiernos y mágicos, desde donde Paddy McAloon levantaba la voz, como un director de orquesta, dispuesto a llenar de belleza, la más pura y auténtica belleza posible, el mundo.

Paddy McAloon nunca fue un artista del ruido. Un tornado destructor o un acorazado metálico. Al contrario, él siempre trabajó para la música. El ruiseñor. Los enamorados y el cántico de los pájaros. Convirtiéndose casi en un apestado dentro de un mundo atrapado por los extremos. La radiofórmula y el hardcore. Don Johnson y Marilyn Manson. Un hecho que, en cualquier caso, define la medida y estatura del personaje. Un outsider. Un navegante condenado a fletar velas siempre a contracorriente. Encontrarse a menudo en riesgo de extinción. Como si fuera un juglar o un poeta medieval acostumbrado a recitar versos sobre los profundos labios y ojos de las mujeres, el brillo de las estrellas en el firmamento, los ideales caballerescos, las logias secretas del ajedrez o el romance eterno entre el rey Arturo y Ginebra, aparecido de repente en una celebración swinger, un centro comercial o una película zombie. Espacios donde se encontraría, como sucede actualmente, fuera de lugar y probablemente pasaría desapercibido, por más que su incalculable talento y magia, continuasen intactos. Por más que su bandera ondea y continuará ondeando orgullosa y libre, con suma distinción, en lo más alto del castillo del pop, o más bien de la MÚSICA CON MAYÚSCULAS del pasado siglo. Shalam

وعاد بِخُفّيْ حُنيْن

Quien cede el paso, ensancha el camino

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Regateo.

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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