Passion

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Passion es uno de esos pocos discos que honran la existencia. Un auténtico milagro musical nacido para ilustrar una de las historias más poderosas narradas jamás: la de Cristo. Y, en este caso concreto, las dudas que tuvo (o pudo haber tenido) antes de afrontar su destino.

Peter Gabriel venía de darse un baño de masas. Con So había conquistado a público de todas las extracciones. Había pasado de ser un artista fronterizo y radical a transformarse en un abanderado del humanismo pop. Por lo que nadie esperaba la nueva aventura en la que se embarcó. Una obra muy poco previsible en la que exploraba los sonidos del África negra y los combinaba con la música religiosa de manera sumamente creativa y arriesgada. Esto es; centrándose más en la atmósfera y los desarrollos instrumentales aleatorios que en las melodías. Tanto es así que si el disco en vez de estar grabado por instrumentos reales, hubiera sido realizado digitalmente utilizando sintetizadores y ensuciando un poco el sonido, estoy seguro de que sería considerado un icono de la vanguardia musical. Un calificativo que en cualquier caso se queda corto para describir el inmenso amor que este inquietante y reparador lienzo desprende gracias a su mezcla de suntuosidad y frescura y de vitalidad y elegancia. La fascinante manera en la que logra evocar una lejana época cuya tradición musical se ve actualizada gracias al libre discurrir de una música que empequeñece la mayoría de los adjetivos que intentan calificarla. De hecho, el disco no es ni un icono religioso ni del mestizaje. No es sacro ni africano. No es ni antiguo ni moderno. Ni un oratorio ni un ritual. Me atrevería a subrayar que es eterno. Nace de las profundidades de la tierra y capta tanto las pasiones oscuras y deseos que pudo tener Cristo como el espíritu de Galilea, demostrando que la experimentación puede ser a veces un bálsamo. Una conversación espiritual con el creador y los aspectos desconocidos de la existencia. Un vitral maravilloso, reflejo de múltiples anhelos y rezos, que es mucho, muchísimo más que una banda sonora.

No hay forma mayor de honrar a Cristo que internarse en su mensaje. Transformar en símbolo lo que la iglesia ha convertido en dogma. Sus parábolas son en el fondo lecciones vitales que requieren ser interpretadas para mostrar su profunda verdad. Nikos Kazntzakis lo logró en su fascinante novela, al humanizar su figura y acercarla al común de los mortales. Y también lo consiguió Peter Gabriel con esta extraña y sutil mezcla de J. S. Bach, sitares y tambores africanos por la que sobrevuelan constantemente teclados parecidos a iluminaciones o revelaciones que son un bella metáfora tanto de la osadía de Cristo como de la aventura humana. Y junto a las esplendorosas apariciones de Youssou N’Dour convierten a Passion en un libro musical con tintes sagrados. Una obra que probablemente hubiera seducido al mismísimo Andrei Tarkovski, a la que me aproximo de tanto en tanto con sumo respeto porque es una de esas escasas fuentes musicales que, al momento de comenzar a escucharla e introducir mis dedos en el agua que contiene, me recuerda que somos amor. Y que lo somos gracias y a pesar de nuestras imperfecciones. Shalam

الاِنْسان عدو ما يجْهل

Cuanto más vacíos son los cántaros, más ruido hacen

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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