Paul’s Boutique

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Prácticamente nadie esperaba en 1989 un disco del cariz de Paul’s Boutique. Ni siquiera los fans de Beastie Boys. El grupo neoyorquino era una batidora de hip hop y rock adolescente. Una enorme gamberrada de la que se esperaba que repitiera una y otra vez los chistes que le habían llevado a la fama. Su primer LP, License to ill, había sido una bomba de relojería sumamente divertida. Un puñetazo en la cara de la cultura popular. El encuentro entre el trash metal y el break dance en medio de una tienda de Adidas. Una salvajada que celebraba la diversión onanista y la juerga a través de un lenguaje musical sumamente original que reinventaba totalmente los ritmos callejeros. Una creación directa, espontánea e inmediata que combinaba hardcore y electro con una naturalidad pasmosa, había reventado los charts de medio mundo y llevado a la fama a tres insolentes muchachos a quienes se valoraba casi más por los escándalos que constantemente llevaban a cabo que por el excelente disco que habían compuesto. Un debut que para mí tiene casi idéntica trascendencia que el rabioso retoño parido por los Sex Pistols años antes. Ese enorme eructo llamado Never Mind the bollocks que continúa estremeciendo a quienes penetran en sus surcos.

Lo cierto es que, aunque a día de hoy suena extraño, a finales de los 80, Mike D, M.C.A. y Ad Rock eran considerados un trío de jóvenes descarados y descerebrados que habían ampliado los límites del rock y el rap más por las leyes del loco azar que por su propio talento. De hecho, muchos críticos pensaban que los inmensos méritos de License to ill había que concedérselos a su productor, el megalómano, intenso y misterioso Rick Rubin, y no a ellos. Afirmación que sus apariciones públicas desmentían. Pues no era posible que alguien fuera capaz de corroer los cánones musicales con tal naturalidad sin gozar de un talento rítmico inusual o de una inteligencia al menos corrosiva. Algo que ponía de manifiesto el extraordinario sentido del humor que la banda demostraba en sus videos y conciertos, el cual podría haberles permitido salir airosos de haber protagonizado cualquiera de los sketch de Saturday nigth live o haber participado en un show de variedades. En cualquier caso, Beastie Boys eran gamberros, jóvenes y contundentes, capaces de hacer rockear a medio mundo, pero aún estaba por ver si eran genios o flor de un solo día. Uno de esos grupos que no son capaces de superar su primera obra y van progresivamente apagando su mecha bajo la sombra de esa referencia creativa.

Paul’s Boutique acabó con el debate lentamente. El disco fue un fracaso de ventas, pasó un tanto desapercibido y fue bastante incomprendido en su momento pero el tiempo lo ha puesto en su lugar. El de las obras maestras. Básicamente, porque Beastie Boys llevaron el hip hop a otra dimensión. Crearon una obra inagotable que crecía a cada escucha. Un océano sonoro lleno de canciones que parecían flotar en el aire. Un disco de rap compuesto con los patrones del be bop. Un conjunto de líneas de sonido que fluían sin descanso entre las que de tanto en tanto aparecía un hit single o una melodía arrolladora. Una obra muy cercana en sus conceptos a una jam session. Una alucinación callejera. Un disco que, gracias a la producción de los Dust Brothers, casi que se inventó el solito buena parte de la música disco de los 90 y se encuentra detrás de obras de la magnitud del Endtroducing de Dj Shadow y buena parte del acid jazz y la música de baile atmosférica. No sé realmente cómo explicar Paul’s Boutique a quien no lo ha escuchado porque es mágico. Es hip hop digno de haber sido compuesto por Prince o Miles Davis. Tanto una improvisación como un cuelgue de ácido. Una obra negra y sofisticada pero, a su vez, barrial y gamberra. Una locura mental que con razón ha sido denominada en alguna ocasión el Sgt. Pepper´s del hip hop. Una creación verdaderamente sorprendente porque a pesar de que mis palabras pueden inducir a pensar en que estamos ante una obra abstracta y muy cerebral, en realidad está llena de espontaneidad y en ningún momento, Beastie Boys dejaron de lado la improvisación, la locura y la fiesta. Al contrario, el hedonismo se encuentra presente en casi todas las canciones de un disco que sin embargo, es capaz de trascenderlo. Llevarlo a cumbres que no se encontraban presentes (y tampoco se vislumbraban) en License de tal forma que Paul’s Boutique puede ser leído perfectamente como la crónica de una época. Un documental sonoro que resume todas las exploraciones e indagaciones que se estaban haciendo con el hip hop y la cultura dance de finales de los 80. Y también, como una síntesis de la cultura de club de Los Ángeles. Ciudad donde fue grabado el disco entre inmensas fiestas, experimentaciones con drogas e improvisados conciertos a altas horas de la madrugada en piscinas, lujosas habitaciones o tiendas de discos sin hora de cierre.

Paul’s Boutique es también conocido como el disco de los samplers. Algo lógico porque el disco está lleno (o más bien, infectado) de ellos. Son tantos de hecho que resulta imposible (y casi innecesario) catalogarlos. Sobre todo, porque en ningún caso, entorpecen la línea central. Un hecho que también contribuye a colocarlo en la cima de la vanguardia y la creatividad. Pues si bien, antes de Paul’s Boutique algunos músicos experimentales habían utilizado el sampler, nadie hasta entonces los había usado con tal maestría dentro del terreno de la música popular. Nadie se había apoyado en ellos durante tanto tiempo para componer rimas pegadizas, nuevos textos y canciones populares que amplificaban el significado de las originales al máximo. De hecho, a pesar de la importancia y la cantidad de los samplers allí incluidos, los temas de Beastie Boys conseguían defenderse por sí mismos y en gran medida, contribuyeron a expandir las canciones. Transformarlas en vibrantes pedazos de cultura popular viva y ardiente. Odas que recogían el pulso de las calles y olían tanto a camisetas sucias y baqueros rotos como a pintura de labios femenina. Contribuyendo a convertir Paul’s Boutique en la más efervescente tienda de sonidos urbanos de su época. Un disco infinito lleno de “groove” ideal tanto para bailar como para escuchar en medio de un cuelgue de marihuana que tiene además la virtud de que parece haber haber sido grabado ayer mismo. De hecho, creo que es más moderno y actual que la mayoría de las creaciones contemporáneas. Pues posee una frescura e ingenio que lo hacen eterno y consiguen que no le venga grande, el calificativo de Las 1001 noches del rap. Shalam

إِذَا كَانَ الْكَلاَمُ مِنْ فِضَّةٍ يَكُونُ الصَّمْتُ مِنْ ذَهَبٍ

Nada pesa tanto como un corazón fatigado

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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