Perro

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Keith Richards es un perro callejero. Un músico que, a pesar de su fama, no ha perdido su aspecto de zíngaro desorientado, pícaro artista, vagabundo e inquieto bluesman. Se parece a uno de esos piojosos canes de orejas gachas que no cesan de ladrar, molestar y corretear salvajes por las calles y, aun así, se ganan nuestra confianza y cariño. Su último disco, Crosseyed heart, -¿quién lo diría?- es una maravilla. O mejor, un pedazo de canciones entrañables y atemporales que lo mismo podrían haber aparecido en Black and Blue o Let it bleed, que no haber sido grabadas nunca. De hecho, al escucharlas, se diría que están siendo ensayadas en ese momento. Interpretadas en tugurios llenos de chulos, prostitutas y músicos que más que disfrutar al tocar, respiran, aun les hierve la sangre dentro del cuerpo, porque pueden hacerlo. La guitarra por ejemplo parece una extensión de los brazos de Richards. Y de su ser. Lo que un cuchillo para un pirata o una pistola para un gangster. El hígado o los pulmones. Canta (o entona versos podridos) con tanta naturalidad, que parece que ha crecido con estas melodías. Le han acompañado desde la infancia en giras no por ciudades y megalópolis sino por pueblos y villorrios ingleses o americanos, como viejos relatos y blues con los que dormir a los niños. Atmósferas que lo mismo podrían haber sido creadas en un garito del New Orleans de los 50 que tras una fiesta hippie. Una prueba de que el rock si es de verdad y auténtico es más asesino que el punk. Y también más duradero. Una botella de vino abierta que, con los años, va ganando en sabor. Cimentando el color.

Keith Richards tiene la virtud de hacernos creer que el rock nació para que él existiera, para que él lo cantara. Y no al revés. De hacernos pensar que no es que haya hecho un pacto con el diablo, sino que él mismo es el diablo. A través de él, aún respira la leyenda del odio y el desprecio que lo vio nacer. El sexo, el alcohol y mucho tabaco. Demasiado tabaco. Sus canciones son tierra. Carne. Sobadas. Sexo sucio. Una invitación a olvidarse del presente. Atravesar una selva. Cazar no por lujuria sino para sobrevivir. Basta escucharlo, para sentir que se está en casa. Que lo que venga después de él, no serán más que meras variaciones de una de sus composiciones. Uno de esos pasionales guiños parecidos a garfios, patas de palo o escupitajos a las buenas maneras. Entrañables loas a la vida que en unos minutos son capaces de tumbar a quienes piensan que el rock ha muerto. Trayendo de vuelta a Robert Johnson o Muddy Waters. El agua del Misisipi. Cuando, en realidad, no tiene edad. Vive en las esquinas, entre las faldas de las brujas, las ratas, los deseos de destrozar una habitación, y pegar un puñetazo a la ley. Es una explosión de hormonas alargada en el tiempo, capaz de hacerle cosquillas a la muerte. Emocionar. Destrozar con un solo acorde, un traje cerrado.

Keith Richards vive en el limbo. Pero en este mundo. Es posible imaginarlo, recorriendo una granja con los pies descalzos, para entregarle su primera guitarra, a uno de aquellos esclavos que entonaron en América los blues inaugurales. Pasando horas y horas delante de su instrumento, para encontrar el acorde adecuado. Y disfrutando de una jam session en el sofisticado bar de una ciudad moderna. No importa. Contento o airado, satisfecho o enojado, en el cielo o el infierno, siempre parece de una pieza. Haber traspasado esa línea que separa el bien y el mal, pudiendo reírse por tanto de la vida. Y la muerte. Consiguiendo por ejemplo componer un disco que es un trozo del vientre del rock and roll, con la soltura con que aún es capaz de pegar un trago a una botella de bourbon. Shalam

كُنْ ذكورا إذا كُنْت كذوبا

Aquel cuya sonrisa le desfigura, es malo

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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