Perro

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Keith Richards es un perro callejero. Un músico que, a pesar de su fama, no ha perdido su aspecto de zíngaro desorientado, pícaro artista, vagabundo e inquieto bluesman. Se parece a uno de esos piojosos canes de orejas gachas que no cesan de ladrar, molestar y corretear salvajes por las calles y, aun así, se ganan nuestra confianza y cariño. Su último disco, Crosseyed heart, -¿quién lo diría?- es una maravilla. O mejor dicho, un pedazo de canciones entrañables y atemporales que lo mismo podrían haber aparecido en Black and Blue o Let it bleed que no haber sido grabadas nunca. De hecho, al escucharlas, se diría que están siendo ensayadas en ese momento. Interpretadas en tugurios llenos de chulos, prostitutas y músicos a los que les hierve la sangre dentro del cuerpo. La guitarra, por ejemplo, parece una extensión de los brazos de Richards. De su ser. Lo que un cuchillo sería para un pirata o una pistola para un gangster. El hígado o los pulmones. Pero además, Richards canta (o entona versos podridos) con tanta naturalidad, que parece que ha crecido con estas melodías. Le han acompañado desde la infancia en giras por pueblos y villorrios ingleses o americanos porque las interpreta como si fueran viejos relatos con los que dormir a los niños. Con sabiduría y crueldad. Con instinto canalla. Demostrando que el rock si es de verdad y auténtico es más asesino que el punk. Y también más duradero. Una botella de vino abierta que, con los años, va ganando en sabor. Cimentando el color

Keith Richards posee la virtud de hacernos creer que el rock nació para que él entonara muchas de sus composiciones (y no al revés); de hacernos pensar que no es que haya hecho un pacto con el diablo sino que él mismo es el diablo. Uno mira a Richards, y comprueba que en su rostro aún respira la leyenda del odio y el desprecio que vio nacer al blues porque sus canciones son tierra, carne, sexo sucio y tabaco. Una invitación a olvidarse del presente. Cazar no por lujuria sino para sobrevivir.

Me basta escuchar un riff de guitarra de Keith para sentir que estoy en casa. Porque cualquiera de sus composiciones está llena de pasionales guiños parecidos a garfios, patas de palo y escupitajos a las buenas maneras. La mayoría de ellas son entrañables loas a la vida que en unos minutos son capaces de tumbar a quienes piensan que el rock ha muerto. Traen de vuelta consigo a Robert Johnson, Muddy Waters y el agua del Misisipi. Son una manifestación de que su espíritu vive en las esquinas, entre las faldas de las brujas y las ratas, y aún es capaz de destrozar con un solo acorde, un traje cerrado.

Keith Richards vive en el limbo, pero en este mundo. Por lo que es posible imaginarlo recorriendo una granja con los pies descalzos para entregarle su primera guitarra a uno de aquellos esclavos que entonaron los blues inaugurales en América. Pasando horas y horas delante de su instrumento para encontrar el acorde adecuado. Y disfrutando de una jam session en el sofisticado bar de una ciudad moderna. No importa. Contento o airado, satisfecho o enojado, en el cielo o el infierno, siempre parece de una pieza. Haber traspasado esa línea que separa el bien y el mal, pudiendo reírse por tanto de la vida y de la muerte. Algo que es precisamente lo que ha hecho componiendo un disco que parece extraído del mismo vientre del rock and roll, con idéntica soltura con la que aún es capaz de pegar un trago a una botella de bourbon. Shalam

كُنْ ذكورا إذا كُنْت كذوبا

Aquel cuya sonrisa le desfigura, es malo

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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