Pescado ácido

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Neither Fish nor Flesh (A Soundtrack of Love, Faith, Hope & Destruction) es el disco blanco de Terence Trent D’arby. Una maravilla experimental y psicodélica que nadie esperaba, teniendo en cuenta que la aparición en 1987 de Introducing The Hardline According fue una bomba. Terence Trent D’arby secó de calificativos a los críticos musicales, rompió los charts, conquistó corazones y audiencias e inquietó el reinado en el mundo del pop de Michael Jackson y Prince. Introducing era un disco perfecto. Uno de esos en que prácticamente cada tema es un single y la comercialidad y el riesgo conviven con desenfadada armonía. Terence era un músico con alma. Una actualización sumamente meritoria de Sam Cooke, Otis Redding y Marvin Gaye que no sólo componía sus propias canciones sino que tocaba, como los genios, un sin fin de instrumentos con soltura diabólica. Puso a bailar a miles de quinceañeras enamoradas con su apolínea figura. Hizo avanzar un pasito al soul mezclándolo con ritmos caribeños y FM con asombrosa naturalidad. Y demostró poseer una personalidad aplastante, arrolladora que lo hizo merecedor de todas las atenciones de su comunidad. Durante una buena temporada, de hecho, se lo consideró un apóstol de la raza negra. Un ídolo de la danza en el que parecía encontrarse el futuro de la música del diablo, el gospel y los barrios, capaz de rememorar algunos de los más legendarios episodios protagonizados por James Brown o Cassius Clay. Por más que Terence no tenía desde luego la dimensión universal de este último. Sus explosivas declaraciones tenían más que ver con su juventud e inmadurez que con un verdadero conocimiento y posicionamiento político y social y sus reivindicaciones de paz y amor con sus creencias personales. Aunque, desde luego, era un músico genial. Un artista osado y atrevido hasta la demencia como demostraría en su inquietante, espectacular segundo disco, Neither Fish nor Flesh (A Soundtrack of Love, Faith, Hope & Destruction).

Neither Fish nor Flesh era una grabación sumamente juguetona. Sin perder el ritmo y la melodía, las líneas centrales de su sonido, Terence se ponía el disfraz de flautista de Hamelin y se adentraba en su territorio de las maravillas particular. Experimentando con los acordes y la producción de cada una de las canciones, como si fuera un artista circense. Neither no es pop psicodélico sino soul psicodélico. Funk caleidoscópico. Algo muy difícil de conseguir. Una piñata de hermosas canciones que lo mismo se dan un paseo por el Sgt Pepper’s de los Beatles que por el Around the world in a day de Prince. Se percibe que cuando lo grabó, Terence estaba calcinado y lleno de autoestima. Harto de la fama y los reportajes televisivos que lo presentaban como un artista superficial y absolutamente convencido de tener un talento superior. De hecho, recuerdo pocas aventuras artísticas semejantes protagonizadas por un músico popular después de haber conseguido un gran éxito. Sí es muy fácil citar discos decepcionantes y fallidos que siguieron a obras maestras pero no es el caso de Neither. Una sinfonía impresionantemente imaginativa y descarada. Rara y controvertida. Una excursión musical por momentos casi psicótica a las raíces de la música negra. Una broma ácida que se cerraba con las risas de un trasnochado Terence, divertido y presuntuoso tras convertir su disco en un palacio de música marítima y sensual y se abría con una sentida, descarnada oda espiritual a través de la que declaraba su fé ante los desoladores tiempos modernos. Terence hacía lo que deseaba en este disco. Alargaba melodías y las llenaba de vibrantes sonidos, introducía acordes descompuestos en medio de trenzadas odas de amor y casi que ejercía de chamán espritual de la música de su tiempo. Porque, en el fondo, Neither era un rezo. Una llamarada espiritual. Un rasguño en el centro de la caverna de la música negra. La misa experimental, intuitiva y abrasiva de un inquieto rebelde cuyo corazón ardía, se expandía y contraía al compás de los acordes más sensuales de la música del diablo.

Neither es un disco contradictorio. Hay amor y odio en su interior. Un artista despedazando su sonido y su alma en busca del conocimiento divino. Luchando por encontrarse con su verdadero rostro en medio de la frivolidad del mundo contemporáneo. Y por ello, es un disco inolvidable. Una cima creativa. La carrerilla que necesitaba Terence antes de saltar al vacío con el soberbio Symphony or Damm. Una de esas obras que justifican toda una vida y que, desde su aparición, no ha sido superada por este incomprendido genio que fue capaz de degustar durante unos años el sabor de las manzanas de la inmortalidad y se atrevió con descaro y arrojo y casi con locura, a marcar e imponer sus propias reglas en el mundo de la música. A hacer valer la creatividad por encima de la comercialidad, convirtiendo sus discos en una especie de jardín salvaje impresionista que remite tanto a Gauguin como a James Brown. Shalam

إنَّ الْهَدَيَا عَلَى قَدْرِ مُهْدِيهَا

Pocos hay viejos y dichosos

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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