Pollos revueltos

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The State we’re in es todo aquello que para mí debería ser el rock. De hecho, considero el primer disco de Dogs D’amour una de las encarnaciones más puras de su espíritu. Un trallazo de sangre y rabia que huele a alcohol y drogas, inconformismo por todos los costados. Un bólido salvaje que lo mismo mira a Stooges y al punk, le da un repaso al garage, que se detiene a charlar con el glam y se toma una copa, homenajeando los viejos discos de New York Dolls o Slade. La producción sin matices, una tralla de balazos, desde luego, le favorece. Las canciones parecen haber sido grabadas en una chatarrería o una fábrica de muñecas rotas. En los subterráneos de un Londres por el que aún caminara suelto Jack el destripador o una inmunda taberna de Norteamérica. Los músicos se encuentran excitados. Desesperados y alegres, soltando bilis, náusea existencial por los cuatros costados, como si de atreverse a dejar de tocar sus instrumentos, fueran a ser hervidos en una olla al vapor. Ametrallados por una fila de malditos burgueses, una sarta de estúpidos melómanos con discos de Mozart y libros de filosofía en sus manos.

Las guitarras de The State we’re in son cuchillos. Una bocanada intensa de vodka. Gargantas de arañas. Y el disco en su conjunto, aceite. Una vena abierta. Un pedazo de plástico que mancha. Hace sudar. Corroe las paredes de las habitaciones. Provoca ganas de follar. Humedece vaginas y relaja corazones duros. Destensa el músculo de la sexualidad. Porque el disco de Tyla y sus compinches, es una puñetera piscina lisérgica donde lo mismo se bañan demonios, faunos encadenados que obsesivas groupies. Un orgía de rabia realmente entrañable con las puertas abiertas tanto a vagabundos, prostitutas y golfos desencantados como a muchachos asalvajados o viajeros necesitados de olvidarse de las enseñanzas del Buda por una noche. Una fiesta embrutecida y alocada que nadie sabe cómo terminará. Cuántos vómitos habrá que limpiar a la mañana siguiente y cuántas personas habrá que retirar del hospital por indigestión alcohólica. O pura y llanamente, haber sufrido una embolia debido a un atracón sexual y culinario. Haber disfrutado varias veces de este trozo de carne cruda que empaquetaron hace ya tres décadas estos mastines. Perros rabiosos que mordían la pierna del rock cada vez que salían a un escenario a vomitar canciones que son tripas de búfalo, lenguas de lagarto y rabos de gato muerto. Un delirio musical y artístico que invoca el nombre de Johny Thunders, el blues, el sleazy, tantos músicos calcinados por la droga y la memoria maldita de unos cuantos diablos, destrozando cementerios. Descerrajando Almas. Creando malestar en el espíritu de aquellos hombres que ansíen paz y ganas de incendiar la ciudad a los que, sumisos, se dejan doblegar por las mentiras de monarcas y cónsules.

 

Lo mejor, en cualquier caso, de esta rebanada de sangre es que, a pesar de su inmediatez, los trallazos de adrenalina que provoca y los estados de euforia instantánea que produce, permite rememorar el pasado. Es capaz de crear una atmósfera putrefacta y malévola que lo dota de una dimensión atemporal. Se ofrece a escucharlo, como si fuera la banda sonora de un aquelarre, eso que bailan las brujas cuando se excitan y dejan que los zorros laman sus senos en los bosques, o una oda eterna al alcohol. A todos esos borrachos y perdedores que, mirándolos desde la onda precisa, son en realidad la sal de la tierra. La manera a través de la que dios goza de nuestra estancia en la tierra sin necesidad para ello, de tener que masturbarse con los ángeles. Shalam

 ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

 Desconfía del hombre que presume de honesto

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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