Psychocandy

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The Jesus and Mary Chain son uno de esos grupos de un solo disco. No importa que a lo largo de los años grabaran varios realmente interesantes porque su obra en su conjunto remite a su primera grabación: Psychocandy. Toda su trayectoria alude a su electrizante debut. Es un loop, un sampler extendido en el tiempo de las coordenadas allí mostradas. Un muro de sonido distorsionado y rabioso lleno de canciones parecidas a vidrios rotos y espasmos. Flashes de luz. Psychocandy era una locura. Los años previos a su salida, los hermanos Reid habían hecho todo tipo de gamberradas escénicas. Transformando cada uno de sus conciertos en una performance artística que homenajeaba al ruido y huía de las típicas poses rockeras. Sus apariciones en público solían durar menos de 30 minutos y cada vez que hablaban con un periodista, de su boca emergían bombas más que palabras. Declaraciones incendiosas que sonaban a soflamas políticas de la era nihilista. Jesus and Mary Chain eran renovadores y a la vez, asesinos del blues. Los Ronettes del caos. Un grupo tan intenso y directo como los Ramones y tan experimental como un compositor dodecafónico. Un conjunto abstracto, ambicioso y escurridizo formado por varios jóvenes osados y cínicos que sabían que habían compuesto una obra –Psychocandy– que dialogaba con el futuro. Era sumamente contemporánea pero, sobre todo, visionaria. Un disco con la firma de Rimbaud que parecía proceder de otros siglos y prácticamente, se inventó el solito el noise y el shoegaze. Y todavía hoy suena actual. Tan irritantemente moderno como cuando surgió.

Jesus and Mary Chain hizo algo realmente difícil: convirtió el pop en vanguardia, sus conciertos en happenings y el rock en un movimiento pictórico. De hecho, sus canciones no parecían exactamente canciones sino lienzos abstractos. Sueños húmedos tenidos por Jackson Pollock o willem de kooning a mitad de componer cualquiera de sus obras. Jesus and Mary Chain transformaron los temas de su primer disco en baúles en los que la melodía no tenía demasiada importancia y los huecos dejados por la ausencia de un estribillo claro eran llenados por montañas de vibraciones. En Psychocandy las distorsiones eran paisaje y contenido musical. Las guitarras eran parte de la voz del cantante. Gritaban, se quejaban y eran exprimidas al máximo. Los efectos no eran una parte más de la canción sino su argumento. Y las texturas y ambientes siniestros y enrarecidos el componente esencial para disfrutar de la música. Psychocandy es un disco delirante. Una excursión psicótica. Cocaína hecha música. Una escalofriante inmersión en la sociedad neoliberal. Ese mundo dominado por la pantalla de una televisión que había cambiado la necesidad de libertad por la de seguridad, el océano y la selva por las discotecas y el LSD por unas cuantas rayas de speed en el asiento trasero de un coche. Psychocandy era un disco mudo. Un disco vicioso. Un disco que se bailaba con la mente y no con los pies. Pura paranoia convertida en ritmo. El sonido ideal para describir a una sociedad aislada. Esas ciudades modernas llenas de calles vacías.

Psychocandy es una de esas obras condenadas a ser eternamente jóvenes. Nunca envejece. Parece haber sido grabada ayer. En su día, su impacto en la juventud occidental fue grande. Pues, en gran medida, su papel fue clave para el surgimiento y popularización del indie. La mitad de la trayectoria de Los planetas procede de cualquiera de los riffs de Psychocandy y gran parte de la actitud insolente de este y otros grupos  se encuentra inspirada en el comportamiento escénico e iconográfico de los hermanos Reid.  Los componentes esenciales de un conjunto musical que, sin quererlo, nació como marca artística. Emblema publicitario del nihilismo. Mezcló diseño, rebeldía y locura con suma naturalidad. Y construyó códigos de comportamiento juveniles. Su idea, en cualquier caso, no era tanto reinventar la música pop sino destruirla. Enterrarla. Pues al fin y al cabo, eran unos Beach Boys que, en vez de sortear olas, navegaban entre montañas de trueno y ruido. Eran jinetes apocalípticos que se sentían cómodos en el abismo. Hedonistas neuróticos. Soldados musicales que, durante un tiempo, dispararon sin cesar a todo lo que oliera a acomodo y normalidad. Y transformaron el dolor y el pánico en droga musical y el infierno mental en obra de arte. Shalam

اِحْذَرْ عَدُوَّكَ مَرَّةً واحْذَرْ صَدِيقَكَ أَلْفَ مَرَّةٍ 

Preferible es el pecado a la hipocresía

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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