Purple

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Purple es, sin dudas, el mejor disco de Stone Temple Pilots. Una obra compacta que combina armónicamente sensibilidad y dureza pero, sobre todo, destaca por su suciedad. Sí. Sé que Purple es por momentos elegante. Una sofisticada y sensible montaña rockera con clase. Pero hay algo que arrastra hacia abajo, el foso y el barro, a las canciones en todo momento. Las llena de polvo. De mugre y sordidez. Una característica que distingue a esta obra de otras parecidas del grunge y el rock alternativo donde la soledad, el dolor o la rabia no estaban tan a ras del suelo. No olían tanto a desesperanzado estertor. Aunque sí es justo decir que Dirt de Alice in Chains bordeaba también el piso. Incluso se internaba en pozos más profundos y angustiosos, fruto en parte de las adicciones y depresión de Layne Stanley.

Purple posiblemente no llegue tan lejos como Dirt. De hecho, hay temas jocosos, finos y sensibles en él. Melodías que inspiran cierta alegría o esperanza. Excursiones psicodélicas, rock correoso e incluso ragtime. Pero posiblemente esto se deba a que, cuando se grabó, si bien Scott Weiland ya comenzaba a tener serios problemas con las drogas, todavía no se había convertido en una sombra espiritual. Aunque ya comenzaba a vislumbrarse su posterior autodestrucción. Todo tipo de dramas e inseguridades personales que contaminaban el sonido de una banda destinada a convivir con la decadencia y los abismos e hilvanar canciones que son la viva imagen de la impotencia vital. De la destrucción personal.

A principios de los años 90, yo al menos tenía muy clara mi visión de cada uno de los depresivos héroes grunge. Chris Cornell parecía un aventurero marino. Alguien preparado para enfrentarse a bisontes y ballenas en los Árticos. Layne Stanley transmitía desesperación. Su voz era un agujero negro. Kurt Cobain rebosaba angustia. Era demasiado sensible para comandar un movimiento. Y Scott Weiland parecía un hombre herido. Estar lleno de culpa. Tanta que desprendía impotencia. O al menos esa esa era mi impresión: que Scott nunca estuvo a gusto consigo mismo y no llegó a experimentar satisfacción total con sus prestaciones artísticas. Siempre sentía que se había quedado a dos pasos de donde podía realmente llegar debido a su talento e inquietudes.

En Purple no obstante, creo que se quedó más cerca que nunca. La banda que lideraba espiritualmente dio dos pasos al frente. Core había sido un álbum notable. Disfrutable. Pero excesivamente monolítico. Como debut era excelente. Un depresivo salto existencialista que apuntaba a disco generacional. A resaca y desgaste emocional. La producción de Brendan O’Brien contribuyó a situarlo en el mismo centro del grunge, pero también en parte a encasillar a la banda. Puesto que no había en él demasiados matices. Core es rock militar. Un disparo a media noche al que le siguen otros tantos y unos cuantos aullidos de animales. Pero no aparecen allí muchos más personajes ni sombras inquietantes.

Core era un niño recién nacido berreando. Un niño, eso sí, sano y fuerte. Orgulloso. Pero todavía por desarrollar. Algo que la banda logró en Purple. Un salto al vacío en el que demostraba una madurez inédita. Haber crecido.

En realidad, Purple era una obra enorme que bordeaba peligrosamente varias orillas sin encallar en ninguna de ellas. Mérito, por supuesto, que hay que atribuir al enorme trabajo de Brendan O’Brien. Capaz de extraer de las hirientes guitarras un sonido comercial que no desentonaría en un anuncio de tejanos (lo que ayudó a sus ventas millonarias) pero que, al mismo tiempo, va mucho más allá. Bordea los límites del rock. Crea espirales continuas y remolinos, un clima árido, una atmósfera malsana que da lugar a un disco seco y duro pero flotante. Un homenaje, por así decir, tanto a la marihuana como a la heroína. Y, sobre todo, al desamor. Gracias, sobre todo, a la enorme sensibilidad con la que Scott Weiland canta. Quien no parecía estar posando o interpretando el papel de rockero como en algún que otro tema de Core sino experimentar interiormente todo aquello que emergía de su garganta.

En cierto modo, Purple continúa vigente porque, a pesar de la contundencia de su base rítmica, es casi una confesión íntima. Una obra redentora. Pero también recoge perfectamente la marca y sello musical de una época a base de gemidos y lamentos vitales de un Scott que comenzaba a exorcizar sus demonios. Transformaba el estudio de grabación en confesionario y los conciertos en rituales tormentosos. Muy lejos tanto de la épica como del rock machacón. Lo que convierte su escucha en una experiencia.

Sí, sé que para muchos, Purple debe ser un disco plagado de tópicos. Sin sorpresas. Pero creo que esto se debe a que no lo han escuchado lo suficiente. Purple no es la típica obra que se despacha en varios minutos. Hay que darle tiempo (días, semanas, meses, no importa) a que se desarrolle y crezca. A que vaya removiendo nuestros sentimientos. De hecho, llegados a un límite, se convierte en una droga que pervierte nuestro cerebro y ánimo. Obligándonos a experimentar la realidad bajo su confuso y bestial ritmo insolidario. En otras palabras, igual de difícil es acceder a Purple como salir de su influjo. Porque es un colección de incendiarias y absorbentes composiciones que reflejan perfectamente la victoria de la decadencia y la depresión sobre el tedio y también la batalla librada entre la desesperación y el aburrimiento. El odio y el conformismo. ¡Muy brillante y original por cierto su portada! Shalam

غالبًا ما تأتي أعظم النعم من يد الجنون

Las mayores bendiciones suelen venir de la mano de la locura

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Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen:..regalame un pony……..
    2ºimagen:…..hombre del jersey comodo pistacho estas en la portada del «dirty mind» de prince-1980….
    3ºimagen:….oferente de otra «melancolia»- lars von trier-2011…..
    4ºimagen:….solo se me ocurre: https://www.youtube.com/watch?v=_lJqBsrShys….iggy pop….ehhhh

  2. Alejandro Hermosilla on

    1) Ensoñación kitsch y alucinación a partir de la visión de un pequeño grabado de jarrón chino. 2) ¿Cómo hacer para distinguirnos de los demás sin tampoco parecer demasiado diferentes? 3) El sueño de una adolescente norteamericana tras ver La bruja de Blair en tv y acopiarse a donuts. 4) Genial el traje de chaqueta de Iggy y que su camisa sea su piel desnuda.

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