Ramones

0

Ramones y Motorhead son bandas hermanas. Ambas eran nostálgicas. Lemmy estaba fascinado por el rock de los 50. La instantaneidad de aquellos primeros clásicos de Gene Vincent, Bill Haley, Buddy Holly, Carl Perkins o Elvis Presley. Y se propuso reeditar en sus discos la simplicidad y contundencia que emergía de las obras de los viejos pioneros. Pero eso sí, según el lenguaje de los 70. Con guitarras atronadoras que marcaban claramente que los tiempos habían cambiado y era necesario que el rock se codease con el ruido y fuera lo más veloz posible para ser efectivo. Lograr la misma reacción orgásmica en la audiencia que habían obtenido sus primeros profetas. Una intención que resume lo que fue el punk: un estilo que, en cierto modo, era una mezcla de nostalgia y realidad. Básicamente, porque muchos de los grupos punks deseaban recuperar la simplicidad del rock. Miraban atrás, intentando evocar los tiempos en que las canciones no duraban más de tres minutos y provocaban un efecto inmediato y fulminante en la audiencia. Pero también eran conscientes de que era imposible volver a esa primera Arcadia pop. Por lo que mezclaron desencanto y contundencia, escepticismo y rabia de una manera tan visceral que aún provoca espasmos.

Ramones fueron, sin duda, uno de los brazos armados del punk. Cualquiera de sus recopilatorios es un efervescente. Una píldora llena de melodías avasalladorass que de no ser interpretadas con fiereza y desgana podrían perfectamente sonar en los guateques y saraos de los años 50 y 60. Si en el caso de Motorhead, son los primeros rockers a quienes veo detrás de su monumental discografía. Con Ramones, pienso más bien en grupos corales tipo Supremes o Ronettes y muchos de los ídolos adolescentes de los 50 y 60. La edad dorada del pop. Sé que la mayoría de integrantes de Ramones eran prácticamente delincuentes antes de formar la banda. Gamberros de barrio que lo mismo se metían en una pelea que robaban un supermercado o abrían una papelina con ansiedad. Y, obviamente, conozco la influencia que ejercieron The Stooges en su concepción de la música. Sobre todo, en su actitud descarada y desenfadada. Dispuesta a todo. Pero no puedo evitar observar detrás de su descaro suicida y la encantadora simplicidad de sus canciones, un deseo de regresar a la mencionada época gloriosa del pop. De hecho, creo que son un producto del desencanto. De la frustración por no haber podido protagonizar aquellos tiempos en que cualquier jovencito con cierto talento musical tenía  la posibilidad de ser adorado por una inmensa nación que, tras la Segunda Guerra Mundial, transmitía gigantescos sueños de esplendor y belleza que fueron cortados de raíz a medida que se desarrollaba la Guerra del Vietnam. Un traumático acontecimiento social que ayuda a comprender la rabia y violencia que había en esas canciones de Los Ramones que de haber sido interpretadas con cierto edulcoramiento, podrían haberse convertido en exitosas nanas juveniles. Himnos surf y pop para todos los públicos.

Los Ramones fueron un grupo retro mucho antes de la moda retro. Los artistas progresivos deseaban expandir el sonido pero los Ramones deseaban rememorarlo. O al menos, regresar en sus propios términos y lenguaje a un momento concreto de la historia de la música. Añoraban un paraíso perdido. Pero por supuesto, eran muy conscientes de la caída en el tiempo. De hecho, vestían con vaqueros rotos y chupas de cuero como si fueran delincuentes. Caín. Oponiéndose conscientemente a la imagen angelical de aquellos grupos de los 50 y 60 cuyo éxito ambicionaban. Añoraban haber vivido. Prueba de ellos es que, tras grabar una maravillosa versión del “Needles and pins” de The Searchers, en cuanto tuvieron la oportunidad no dudaron en unirse a Phil Spector. Una colaboración que muchos de sus seguidores consideraron contra natura pero que yo encuentro totalmente lógica. ¿Cómo no iban a desear trabajar con uno de los creadores del sonido de los 60 y el más wagneriano de los productores del pop? Otra cosa es que para cuando esto se produjo, Spector ya andaba más fuera de este mundo que en este. Los años habían agriado aún más su carácter dictatorial y sus desencantos y tiras y aflojas con la industria musical en vez de reformarlo, lo habían terminado por viciar. Acrecentando su ego solitario. Y lógicamente, la grabación de End of the century (1979) acabó como el rosario de la aurora. Con Spector amenazándoles con una pistola a seguir sus órdenes, la banda absolutamente extenuada de repetir una y otra vez y una y otra vez los mismos acordes para apuntalar no se sabe qué detalles de sus canciones y con la sospecha de que sin decirles nada, el mítico productor había hecho tocar a otros músicos en muchas de las pistas. Una locura que sin embargo desembocó en un magnifico disco. Una obra donde la banda neoyorquina se permitió salir un poquito de su zona de confort. Berreó menos de lo habitual, incluyó leves acordes orquestales y rememoró el mítico Wall of sound spectoriano. Homenajeando sin vergüenza el pasado del rock con un puñado de himnos adolescentes ideales para bailar en una fiesta de graduación o una despedida universitaria entre el “Dancing in the streets” de Martha & Vandellas o el “Leader of the pack” de The Shangri-las. Bandas, repito, a las que se hubieran parecido Ramones de no haber nacido en los sucios y feroces 70. Entre montañas de heroínas, pastillas de LSD y la crisis del petroleo.

No obstante, el que Ramones no pudieran alcanzar el éxito masivo ansiado hasta su desaparición no sólo se debe al cambio de época. De hecho, más bien lo achaco a su carácter peligroso. Porque Ramones no eran únicamente adrenalina. Un hueso de jamón de jabugo rockero. Un encuentro marciano entre el pop orquestal y los eruptos de un adolescente. Un cómic de la Marvel y una sintonía de televisión. Eran también el peligro. Un grupo antisistema. Había que ser un inconsciente o un loco peligroso para dar conciertos de menos de media hora en plena dictadura del rock progresivo. Vestir como un cualquiera en medio de la era glam. Dedicarse a la música y aparentar que te traía al pairo lo que pensaran de ti como músico esos críticos y locutores de los que podía depender el éxito de un disco. Sacrificar el ego artístico en beneficio de las canciones. Y simplificar al máximo y, por tanto, restar trascendencia a tu propio trabajo.

Yo tuve la oportunidad de verlos en concierto una sola vez (Murcia, Sala Snoopy, 1990) y nunca olvidaré la experiencia. Sin avisar comenzaron a tocar e inmediatamente una masa de gente cayó sobre mí. Desde el suelo vi la mitad del primer tema y para cuando sonó el grito de Hey! Oh! Let’s go! estaba sobre los hombros de un amigo mientras varios muchachos me tiraban de la camiseta y escupían. Lo restante, obviamente, fue un torbellino del que no recuerdo más que la constante sensación de peligro. Llegué a creer incluso que estaba en una guerra y estaba siendo ametrallado. Porque Ramones no interpretaban canciones sino que disparaban a su público. Lanzaban bombas, cohetes que explotaban en medio de nosotros dejándonos inconscientes y aturdidos como si estuviéramos, repito, en medio de una batalla o una vertiginosa atracción de feria. Lo cierto es que aquel concierto no duró ni 50 minutos. Se habían vendido más entradas de las permitidas, mucha gente se quedó fuera del recinto y como protesta, quemaron uno o dos vehículos fuera de la discoteca. Y ante el riesgo de una catástrofe, aquel fusilamiento se suspendió abruptamente. Aunque tal vez no fuera así sino que simplemente, Ramones eran tan intensos que no tenía sentido que tocaran más de 30 o 40 minutos y el incendio no afectó en nada a sus planes. Simplemente, los ratificó. Colaboró con ellos. ¿Quién lo sabe? Yo aún me mareo recordando aquella noche.

Lo cierto es que semanas antes de aquel estallido, había estado escuchado pacientemente todos sus discos. Haciendo sesiones continuas para aprenderme todas y cada una de las canciones y a la hora de la verdad, lo único que fui capaz de reconocer fue el clásico grito que ya he dejado transcrito: “Hey! Oh! Let’s go!” y el de “Gabba Gabba Hey”. Unas cuantas sílabas con las que Ramones sintetizaron lo que es el rock. Le devolvieron su esencia primitiva y cavernícola. De hecho, Ramones tenían algo de trogloditas. Parecía que habían detenido el tiempo. No envejecían, lucían siempre el mismo aspecto y, al igual que Motorhead, grababan siempre maravillosos discos idénticos a los anteriores. No es casualidad por ello que la banda de Lemmy  registrara en su incendiario 1916, la canción que mejor sintetiza lo que fueron los Ramones. Una monolítica y speedica oda explosiva que en tan sólo un minuto y medio deja claro todo lo que hay que saber de los Ramones. Resume años de carrera a la perfección. Básicamente, porque Ramones eran dos o tres riffs de guitarra y unas cuantas letras casi incomprensibles sobre amor y odio. Son el rock llevado a su más alto grado de sencillez y esencia. Algo que los convirtió en carne de grupos de fans. Un grupo adorado por millares de adolescentes que hicieron de la chupa de cuero que por lo general, lucían en sus discos y conciertos un fetiche de una potencia simbólica espectacular. Una especie de crucifijo vuelto del revés contra los padres, profesores y todo lo que olía a régimen establecido. Un grito de ira lanzado al viento que aún hoy resuena en el tiempo. Shalam

الأَفْعَالُ أَبْلَغُ مِنَ الأَقْوَالِ

El viento endereza el árbol después de haberlo inclinado

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

Deja un deseo