Raphael

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Rafael es el niño de oro del pop español. Un cantante con vocación de torero. Con deseos de salir a hombros y con dos orejas y el rabo en la mano al final de cada una de sus faenas. Uno de los más intensos conciertos que he visto en mi vida fue suyo. Tres horas en las que se reinventó a sí mismo y a su cancionero con una soltura, fuerza y desparpajo a la altura únicamente de los más grandes. Pues parecía haber nacido directamente en el escenario y, desde luego, no notaba la presión del público. Al contrario, se sentía estimulado por los aplausos y se desplazaba por las tablas con suma tranquilidad. Como si estuviera haciendo la compra o paseándose por su habitación. Demostrando que el Rafael artista es mucho más grande que ese personaje histriónico y exagerado tan parecido a un dibujo animado con el que solemos identificarlo. Algo, por otra parte, lógico teniendo en cuenta que el niño de Linares es alguien ajeno al desaliento, enamorado de su mito y que ama reírse de sí mismo. Una personalidad ideal, por tanto, para la caricatura, el trazo grueso, la parodia y el humor. La retórica del exceso. Al final de la noche, por ejemplo, en la que lo vi actuar, llegué a creer que los cánticos pop que entonaba eran, en realidad, salmos divinos y que los muñequitos de Walt Disney eran capaces de atravesar el otro lado del espejo y encarnarse en una persona. Porque lo que hizo Rafael en aquel show fue un sueño imaginario. Una novela musical de alta altura que me hizo respetarlo para siempre sin dejar por ello de preguntarme si era alguien real.

En realidad, Rafael no hace conciertos. Hace performances. Su mera aparición ya es sinónimo de espectáculo. Estoy seguro de que podría salir al escenario, arrodillarse y dejar a los músicos tocar durante varios minutos, y la mayor parte del público lo ovacionaría. Porque hace tiempo que Rafael no necesita cantar ni hacer discos. Hace demasiados años que salió del plano normal de la realidad para convertirse en una foto, una postal, un icono que sólo necesita presentarse y reír para triunfar. Arrastrar sonrisas, críticas y halagos de los que se dedican a los mitos. A esos seres que, en algún momento de su vida, rompieron el marcador y no lo han vuelto a arreglar ni falta que hace.

No obstante, es de justicia reconocer que, además de su “aura”, Rafael tiene un arma artística muy potente: su voz. Una voz fuerte y potente, una roca aérea, que consigue llenar los espacios por los que sobrevuela gracias a una técnica sumamente personal. Es, pienso, gracias a esa voz que Rafael ha conseguido llevar a la excelencia temas que no pasaban del notable o que ha logrado dotar de personalidad, fuerza y arrojo a pasajeras melodías de verbena a las que el mejor calificativo que se les podía dar era el de agradables. Rafael no es un monstruo de la trascendencia. No sé si ha logrado inmortalizar canciones pero sí que, repito, ha conseguido dotar de magnetismo a la gran mayoría que ha interpretado. Logrando convertirlas en himnos de cabaret de las últimas décadas del franquismo y de las primeras de la alocada Transición. Muchos de los grandes éxitos de Rafael, de hecho, sin su voz no habrían merecido la menor atención pero debido a la fuerza que les imprime, han terminado transformándose en clásicos instantáneamente reconocibles. Gavilanes pop cuyos cánticos son ideales para escuchar en restaurantes y bares de la costa, en los momentos más alocados de cualquier boda o en medio de las imágenes de cualquier film de Vicente Aranda o Carlos Saura. Pues su voz tiene ese “algo” indefinible que rapta corazones y es capaz de aportar humor y serenidad incluso a los momentos más trágicos. Es tan sensible como viril y dramática y tiene ciertos toques adolescentes que la hacen irresistible. Un maremoto emotivo. Un vendaval sentimental.

Rafael ha sido, sin dudas, un monstruo escénico. Uno de los mayores del pop español. Un cantante capaz de implicar sus pies, rodillas, riñones y esófago en cada una de sus interpretaciones. De hecho, creo que es más actor que cantante. Alguien que vive las canciones. Las transforma. Las respira. Las siente y las tritura. Convierte cada historia en una parte de sí mismo y la entona como si le acabara de ocurrir hace unos minutos. En realidad, si Rafael hubiera nacido en Francia, pelearía por un puesto alto en el Olimpo de la chanson. Tendría un público exquisito, culto y divertido. Pero en España, le ha tocado ser demasiadas veces un símbolo de la caspa. De hecho, pareciera que sólo le gusta a las señoras y señores pasados de vuelta. Que su música es pasto fácil de parejas desnortadas que matan sus horas muertas dando un trago de tanto en tanto a un whisky. Pero no nos engañemos. Rafael no es cualquiera. Es un artista acostumbrado a mirar de frente el ridículo y torearlo. Un señor capaz de convertir el escenario en un maremoto de pasiones y hacer el silencio en cualquier bar donde suene su voz. Es un terremoto. Un escándalo artístico. Alguien que ha hecho de cada uno de sus conciertos una obra de teatro y hace tiempo que da igual lo que diga o haga. Pues ha conseguido con un solo gesto hacerse comprender y con un solo murmullo hacer sentir a miles de personas lo que es el amor. Shalam

أَنَا أَمِيرٌ وَأَنْتَ أَمِيرٌ فَمَنْ يَسُوقُ الْحَمِيرَ

La libertad sin sabiduría es el mayor de todos los males

 

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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