Regiones estelares

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Hace días que no escribo como habitualmente lo hago en avería. Básicamente por un motivo: porque estaba terminando los capítulos finales de Ruido y no podía ni deseaba distraerme más de lo debido. Realmente todavía tengo que revisar la novela varias veces y decidir si acorto su contenido, pero el trabajo duro y fuerte en esencia ya se encuentra hecho. Ruido ya tiene un final. Mejor o peor pero lo tiene. Y ahora, si todo continúa como hasta ahora, me centraré en Los puercos en diciembre. Hay muchísimos temas que me gustaría comentar y casi que no hacerlo, podría ser, en cierto modo, frívolo. Pero avería no nació como un blog de actualidad. No es difícil saber qué pienso respecto a las muertes de los estudiantes mexicanos en Ayotzinapa o el avance progresivo del NWO y el estado paupérrimo de la política española. En la medida de lo posible, me ocuparé de estos y otros temas en próximas entradas. Pero ahora necesito desengrasar. Soltar rabia y fantasía a través de algunos discos que he estado escuchando últimamente, entre los que destaca el salvaje y suntuoso Stellar regions de John Coltrane. Una obra que aunque fue grabada cinco meses antes de su muerte, no vio la luz hasta 1995. Cuando Alice, la esposa del príncipe nubio, la encontró por casualidad y la dio a conocer al mundo.

En fin. Como casi todos los discos que grabó este hijo, esclavo y señor del ritmo, Stellar regions es un álbum realmente espectacular. Un pasaje a las estrellas a través de un saxo ebrio que ruge como los animales de la selva cuando salen de caza. Una conversación entre una pantera negra herida de muerte y los astros del firmamento que atraviesa el espacio y clava sus uñas en el cielo. Aquí hay golpes de mazo, arañazos, rugidos, vibraciones, puro free-jazz desbordante y desbordado. Y también hay sarpullidos, locura sin freno, hipnóticas intuiciones y ritmos tribales que se fusionan sin control con clarividentes visiones del comos y la música contemporánea. El saxo de Coltrane sobrevuela el horizonte como un pájaro herido y hastiado. Un buitre empeñado en comer carne, saborear la sangre de un oyente al que no se le concede tregua, es llevado en volandas a través de esta furtiva exploración de la música afroamericana y golpeado sin misericordia. Porque cada tema es como un puñetazo, un zarpazo en la boca del monstruo realizado por un compositor que fue musicalmente lo más parecido a lo que Muhammad Ali simbolizó en el boxeo. Y más que un músico, se asemejaba a un luchador. Un hombre sudoroso que afrontaba cada nota como si fuera la última y quisiera y tal vez únicamente pudiera morir y vivir interpretando una melodía. Realizar uno de los fraseos con los que envolvía el sonido destrozándolo en un sinfín de partículas que inundaban el aire cuando su música era interpretada.

Desde luego que Stellar Regions, no desentona junto a A love supreme. Al contrario, se diría que lo complementa perfectamente. Recoge el tremendo amor expresado y reverenciado por el inquieto músico en su mítico disco y lo expande aún más. Lo contrae y despliega hacia nuevos confines. Lugares remotos, perdidos de la conciencia del ser humano a quienes pareciera que van dedicados cada uno de estos temas. Míticos espacios que pudieran o no existir con los que Coltrane dialoga con una familiaridad, tranquilidad y sinceridad espectaculares. Casi como si presintiera que su muerte estaba próxima y quisiera comenzar a conversar con los astros, espíritus y espectros del más allá antes de dejar este mundo que no lo merecía y al que casi me atrevo a afirmar que no pertenecía. Porque Coltrane era un extratarrestre musical. Un ser que hablaba un lenguaje muy diferente al de sus hermanos al que acaso únicamente alienígenas del carácter de Sun Ra, Clarice Lispector, Charlie Parker o Miles Davis pudieron entender. Un animal que hablaba mejor con el saxo que con las palabras, las cuales se transformaban en sus labios en cuchillos, sílabas rodantes de extraño significado que destrozaban el corazón dándole golpes y más golpes de aliento. Provocaban la misma conmoción que una catarata o una riada, un paisaje repleto de esfinges, colores, enigmas y animales salvajes a quienes nadie deseara controlar. Ni probablemente por mucho que lo intentara, pudiera. Puesto que la música de Coltrane tiene la agilidad de las jirafas, la fuerza de los leones, la consistencia de los rinocerontes y la libertad  e imprevisibilidad de los centauros. Es el arte animal y libre hecho realidad. La mezcla perfecta entre los trotes de los caballos y las circunvalaciones de las cebras. La carrera sin fin de un antílope que cuando se arroja por un precipicio sigue y continúa, contra todo pronóstico, caminando por los aires. Es, fue y será en esencia puro deseo incontrolable dinamitando el planeta tierra para componer una inenarrable sinfonía de sonidos, vibraciones, coros, maullidos, ecos y rugidos.

Lo cierto es que si algún escritor ha dejado huella en Ruido, ese es Thomas Bernhard. Un artista que tenía claro que la mayoría del arte de su tiempo y el pasado era aniquilador. Afirmación que sólo unos pocos artistas podrían atreverse negar o poner en duda. Entre ellos, por supuesto John Coltrane. De hecho, si por algo destaca su arte, esa eclosión de furia, improvisación y rigor indefinible, es por ser pura medicina vital. Una rodaja que corta el aire y quita el aliento, parecida al rugido de un tigre o una exploración a través de una jungla en la que la lluvia, la tormenta y el barro, nos obligan a levantarnos y correr y estar más alerta que nunca. A regenerarnos y revivir en contacto con la maleza y las fuerzas y potencias de la naturaleza. Y por ello, cada vez que uno escucha un disco de Coltrane, en cada ocasión en que se abre el cofre del tesoro y se riega de monedas la sala, se diría que es un geniecillo, un efrit, un monstruo de una potencia avasalladora que no tiene miedo a nada ni a nadie quien nos habla. Casi que uno puede ver a la Virgen María siendo fecundada por hombres de distintas razas y credos, a Friedrich Nietzsche bailando encima de una colina junto a varios monos y por supuesto que intuir y comprender el porqué del sentido de la vida. Pues nos encontramos ante una música que es pura fuerza de la naturaleza en movimiento. Gigantesco baño oceánico realizado por un anti-neurótico capaz con sólo soplar su saxofón de regar de savia los árboles descuartizados y las ilusiones perdidas. Una píldora reconstituyente que recomendaría escuchar a cualquier pareja en crisis pues, más allá del LSD y otros alucinógenos, la meditación o ciertas terapias sanadoras, es la puerta al infinito más directa que conozco. Creo que es lo más parecido a un espermatozoide que, tras un dificultoso camino y cientos de pruebas, se encontrara al fin cerca del óvulo que fecundará. Shalam

وعاد بِخُفّيْ حُنيْن

Los monos son demasiado buenos para que el hombre pueda descender de ellos

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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