Réquiem

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Hay decenas de réquiems famosos en la historia de la música. El primero que me impresionó fue el op. 48 de Gabriel Fauré. Una pieza de arte arrulladora que el compositor francés se vio obligado a defender tras ser acusado por ciertos detractores de la dulzura con que se atrevió a musicalizar un momento tan solemne como el de la muerte que sabiamente, entendía no tanto como ocaso sino como tránsito hacia otra realidad. Ocupa igualmente un lugar especial en mi memoria emocional el de Giorgio Ligetti. Un agujero negro cósmico realmente inquietante que hacía temblar el alma. Y resulta difícil, asimismo, no mencionar el luminoso de Mozart repleto de pasajes esperanzadores. Pero hoy quisiera hacer referencia a uno absolutamente soberbio que le dedicara Zbigniew Preisner a su querido amigo Krzysztof Kiewlowski a finales del pasado siglo. No tengo muchas palabras para expresar lo que esta composición transmite. Y no lo voy a hacer. Hay momentos en que el silencio es la mejor opción. O al menos, la más inteligente y, sobre todo, respetuosa. Tan sólo quisiera dejar aquí constancia de mi absoluta reverencia a esta bella sinfonía, (ese vuelo de pájaro que asciende hasta los cielos para a continuación descender a los infiernos más profundos y renacer hacia el infinito), que es tanto un canto apasionado a la plenitud del alma humana como un sentido y nostálgico adiós a su desaparición de este plano de la existencia.

Me parece necesario además reivindicar este disco porque, como todo réquiem, tiene unas propiedades terapeúticas nada desdeñables. De hecho, creo que no existe una composición musical más liberadora. En la época de la sumisión absoluta y el miedo, basta escuchar con atención este hermoso cántico a la muerte para sentirnos reconfortados y plenos. Comprender que nuestra existencia tiene un sentido trascendental por encima de las cotidianas tribulaciones que a todos nos aquejan. Pues únicamente echando un vistazo al más allá, a las almas de quienes se van y a ese misterio en el que, antes o después, penetraremos -la muerte- es que podemos enaltecer esta vida. Engrandecernos como seres humanos sin debilitarnos por los problemas y vicisitudes que podamos pasar o la opinión de los demás que si nos asusta es porque estúpidamente (los) o (nos) consideramos inmortales. Idea que todo réquiem destierra de nuestro cerebro haciéndonos entender que sólo tenemos un tiempo breve para realizarnos. Y debemos por tanto, hacer todo aquello para lo que fuimos destinados si queremos morir en paz o al menos con cierta calidez y, sí, lucidez. Al fin y al cabo, no sólo se merece la vida. También la muerte. Y probablemente cada uno de nosotros acabemos teniendo la que buscamos y ansíamos. Shalam

القافِلة تسير والكِلاب تنْبح

La peor prisión es un corazón cerrado

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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